Las estructuras no se desploman por accidente @Luis_Perez_G @EPMEstamosahi

 

Por Mauricio Restrepo Gutiérrez (foto)

mrestrepogutierrez@gmail.com

Al revisar los tropiezos  y la improvisación en la inversión de los recursos públicos y privados de varias obras en el país, durante los últimos años, nos preguntamos qué está pasando con el rigor técnico y jurídico que siempre ha caracterizado a la ingeniería colombiana.

Pareciera que los diseños estructurales, los sistemas constructivos, los modelos financieros y los plazos establecidos en los pliegos de condiciones de nuestras entidades estatales, y de algunas empresas constructoras particulares que antes eran un orgullo de todos, quedaron atrás.

Cuál es la razón por la cual hoy los ciudadanos y los organismos de control cuestionan la ejecución de tantos proyectos que no cumplieron con los estándares de calidad en sus materiales y con los adecuados procesos constructivos que brindan estabilidad y funcionalidad en la operación de los mismos.

No son pocas las obras de infraestructura en Colombia que, lamentablemente, han colapsado; dejando víctimas debajo de los escombros. Además, estructuras de gran envergadura se han convertido en elefantes blancos, haciendo honor a la ineficiencia, a la poca planeación y a la insuficiente inversión pública y privada en la financiación de los proyectos.

Observamos atónicos y con gran dolor, cómo algunos de esos proyectos tienen que ser demolidos y convertidos en escombros.  Ejemplos como el Edificio Space, el puente Chirajara, la Galería Auxiliar de Desviación de Hidroituango, al igual que el edificio Altos del Lago, en Rionegro ya implosionado, y el edificio Babilonia, en Itagüí, que se encuentra en cuidados intensivos a punto de colapsar, entre muchas más Obras que fueron diseñadas y construidas con serias deficiencias estructurales.

Los protocolos técnicos de la ingeniería  contemplan altos estándares de excelencia y de seguridad, como herramienta y política de su gestión, que evita la ocurrencia de estos hechos. Razón por la cual y por ética, no hay que inventar nuevas normas; es solo vigilar que se cumplan y que los ingenieros  irresponsables paguen ante la justicia, sus desaciertos. Esa perversa práctica de híper optimizar los cálculos estructurales para bajar costos, disminuyendo materiales o usando aceros de dudosa procedencia, ponen en riesgo vidas humanas, acaban con patrimonios y sueños, y dejan muy mal parada a la ingeniería colombiana.

 Por su parte, otros proyectos en el país se vuelven eternos y quedan en veremos, en demandas o en tribunales de arbitramento; precisamente por los vacíos jurídicos y las deficiencias en las especificaciones técnicas y ambientales que dejan las entidades encargadas de los procesos licitatorios al estructurar los diseños y la contratación de muchas obras.

Son muchos los ejemplos de obras fallidas en Colombia, que por fortuna no colapsaron, pero lamentablemente todas ponen su cuota de frustración. Por eso se espera que la improvisación, la falta de planeación, la negligencia que tuvieron sus constructores; al igual que los malos diseños, atrasos y sobrecostos que han sido el común denominador de muchas estructuras, no se sigan repitiendo en el país y que los nuevos proyectos estén lo suficientemente blindados para evitar a futuro más decepciones como las que se viven desde hace varios años.