El Jodario: Lo sacaron @eljodario

 

Por Gustavo Alvarez Gardeazábal

La madre abadesa logró por fin su cometido. Con su terquedad en usar la justicia como un instrumento político. Con su afán de favorecer a quienes habían manejado el convento provincial en que convirtieron promiscuamente a la ciudad de su antiguo comandante en jefe, precipitó con su cordón de San Francisco la renuncia del curioso y a veces hasta antipático alcalde. Lo acosó tanto suspendiéndolo sin formula de juicio y tan solo por sus discordantes procederes. Lo sancionó una y otra vez sin llenar los requisitos exigidos y lo humilló tan repetidas veces sin poderlo hacer aparecer ni siquiera como el responsable de las imprudencias de su hijo pizpireto, que finalmente el alcalde prefirió renunciar antes de notificarse de la nueva suspensión. Es decir, lo sacaron.

En esta oportunidad la madre abadesa consideró, en su sapiencia medioeval, que el burgomaestre había pecado participando en política porque había promocionado en redes un video donde le pedía a sus gobernados que no votaran por la misma caterva de ladronzuelos que él había derrotado en su momento, y  que como tal, debía cesar en sus funciones mientras se le investigaba tamaño delito. Probablemente era una intervención en el debate que se avecina si se considera ese acto dentro de la hipócrita manera de  juzgar a la verdad como mentira o viceversa, aunque no dijo ningún nombre de los integrantes de la tal caterva.

Con su renuncia, la satisfacción debe rellenar de vanidad el hábito de la priora, pero como a partir del momento en que se le acepte su renuncia el alcalde queda libre de salir a la calle a decirles en público a los amigos de la abadesa por qué no deben gobernar otra vez a su ciudad, lo que se ha abierto es la puerta de los sustos, no las del infierno que cree evitarle a la patria la madre superiora con su forma de entender la justicia.

LA BORDADORA DE CARTAGO

Acaba de morir en Cartago, la tierra de sus amores y sus pasiones, Lucy Murgueitio. Ya llegaba a los 90 años pero no había perdido ni el vigor de sus bordados ni la entereza de su liderazgo cívico. Se decía descendiente del alférez real don Sebastián de Marisancena, el constructor de la Casa del Virrey, y como tal cuidó de este museo hasta hacerlo reconocer una y otra vez por quienes escribían la historia o conservaban las joyas coloniales en Bogotá o en Cali o donde fuera. Tal vez por ello se apersonó de manera a veces dramática del Archivo Histórico de Cartago y lo volvió una institución respetada y valiosísima. Así mismo batalló porque Cartago tuviera obispo y el aeropuerto de Santana se reabriera y se lo ofrecieran a Pereira como solución. Para ello apenas si fue concejal alguna vez y presidente de la Academia de Historia. Pero no necesitaba posiciones, con su empuje y su irrefrenable amor por salvar a Cartago de las llamas violentas que a lo largo de 100 años de historia la han querido consumir, sacó avante sus propuestas  y tomó pacientemente la bandera de su pueblo para hacerla ondear con orgullo.

Pero ningún calificativo existe para medir lo que día a día, año tras año, hizo para convertir a su terruño en la capital mundial del bordado. Organizando a las mujeres bordadoras. Educando a los bordadores masculinos para que resultaran más diestros que las féminas. Llevando los Bordados de Cartago a ferias nacionales y extranjeras o bordando ella misma las bandas presidenciales, estructuró el reconocimiento de ese arte tan particular en muchísimos niveles.

No sé si la mortaja con que la llevaron al camposanto era uno de esos bordados que le enseñó a Colombia a enorgullecerse, pero quienes tuvimos el privilegio de recibir su apoyo y su consejo bordamos mentalmente y con filigrana de oro y plata el sentido homenaje de gratitud a tan singular mujer.

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