El Jodario: La señora Obama @eljodario #JuanPaz

 

Por Gustavo Alvarez Gardeazábal (foto)

Cuando uno termina de leer el libro de memorias de la esposa de Barack Obama cree haber entendido cómo pudo llegar a la presidencia de los Estados Unidos el afrodescendiente de un maestro de Kenia. Pero si se devuelve en su lectura y arma de nuevo el tinglado de todos los elementos que ella va narrando con extrema facilidad y alegría, uno hasta puede malpensar que alguien debe haberle ayudado a Michelle Obama a escribirlo. Pero hay tantos detalles tan humanos, tan observados solamente por la abogada inteligente que se cría en un barrio afro de Chicago, que tiene una tía que da clases de música en el primer piso de la casa que comparte con su padre, (un lector semiparapléjico de medidores de servicios públicos que nunca pierde el sentido de las proporciones). Son tantos iguales que rápidamente se corrige esa impresión malévola y se acepta con inmensa satisfacción que vamos leyendo un texto surgido desde dentro del cerebro y el corazón de una mujer dispuesta a establecer sus límites y a buscar quien los comparta con la misma alegría conque los traza a lo largo de una vida repleta de mínimas necesidades.

Leer a la señora Obama es entender la capacidad abrumadora de su marido para en solo 4 años  de actuar como senador en Washington pasar a ser presidente de los Estados Unidos. Pero, también, es poder entrar a las minucias de esos aparatajes burocráticos de Chicago donde él y ella se encuentran ejerciendo cada quien a su manera su profesión de abogados exitosos y de pareja calculadora. Es un libro pegajoso por lo entusiasmante, incitador por el vértigo narrativo que va adquiriendo cual si fuera una novela del siglo 19 y recomendable para tantas mujeres blancas y afros que dejan tontamente pasar las oportunidades de apoyar a los maridos en su batalla por encontrar el éxito.

CAMBIANDO CALZONCILLOS

La semana pasada los miles de canarios que todavía se crían en jaulas caseras en Cali y resto del rosario de ciudades vallecaucanas vieron frustrada su dieta habitual. No sé cuántos kilos de ramas de mostaza con las que se acostumbraron hace cientos de años a crecer y reproducirse en cautiverio, no llegaron a los mercados. El enésimo bloqueo de las carreteras del Cauca por las organizaciones indígenas y campesinas impidió que ese producto del campo, como otros muchos más, fueran puestos en venta en Cavasa y en las galerías y supermercados vallecaucanos.

Por los canarios no protestamos sino los que hemos conservado esa costumbre ancestral de los abuelos. Pero sobre los miles de toneladas de otros alimentos que no llegaron desde Nariño y desde el Cauca, nadie responde ni protesta Y no lo hacen porque en un departamento como el Cauca donde existen más de 100 mil minifundios de indígenas y mestizos y otros 90 mil de campesinos de distinta ascendencia tribal, hubo un traumatismo social hace 35 años que eliminó de la representatividad regional a la clase dirigente de abolengos. Lo dice Fernando Dorado un estudioso a quien no le paran bolas en Popayán por izquierdoso, pero que ha definido perfectamente lo que está pasando en el Cauca desde hace 3 décadas. El ascenso vertiginoso del reconocimiento a la semblanza indígena, la consolidación de la agricultura del minifundio y la ralentización de la plata del narcotráfico ni la entienden ni la entenderán en Popayán o en Bogotá. Mucho menos en Cali, ciudad dependiente de la producción agrícola y humana del Cauca y que minimiza el eterno problema de los bloqueos a la carretera Panamericana pidiendo que a todos los traten como si todavía rigieran las normas de una colonia española y que, de promesa a incumplimiento, pasen con la facilidad de quien cambia de calzoncillos.

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