Algo va a suceder

Por Carlos Alberto Ospina M.

Ciertas expresiones de alerta o llamados de atención adquieren carácter de presagio: “Guarden la ropa que va a llover”, “En 5 minutos apaguen el arroz, porque se quema”, “No dejen la puerta abierta que se vuela el perro”, “Póngale cuidado al niño que se cae por los escalones”, “¡Ojo! Con esa papa caliente”; entre otras voces que parecen anunciar el futuro.

Durante la infancia muchos ignoramos la advertencia, desafiamos la ley de la gravedad y peor aún, desechamos el poder de la sagacidad. Los antecesores indicaban el peligro, daban la señal de alerta y ¡allá se las componga! cada quien si sale herido. La frase imperturbable que amordazaba el llanto, “Se lo dije”, unía el infortunio con la media papa cruda sobre el chichón del niño rebelde.

No se trataba de un juego de adivinanzas ni la puesta en escena de mecanismos de control, a simple vista, nuestros padres y abuelos reproducían la historia de sus experiencias inocentes. Ellos, también, se montaban al techo a coger el balón de fútbol y a destruir, con la torpe incursión malabarista, las tejas de barro. Más tarde algunos repetimos la hazaña poniendo la antena de aire o girándola, “¿Ahí se ve mejor?”, para sintonizar los dos o tres canales de televisión de la época.

Cuando la nostalgia agita el corazón, hoy día, de vez en cuando, recorro el barrio de mi niñez. Detengo el vehículo al otro lado de la casa y evoco instantes maravillosos. En tres décadas, igual cantidad de puertas del garaje, cambiaron mis padres. Los escasos cinco metros entre el borde de la calle y la vivienda semejaban la cancha del estadio Atanasio Girardot de Medellín. Los goles se celebraban, a voz en cuello, adentro y afuera. “Van a acabar con la puerta”, exclamaba mi papá; “Me van a matar de un susto”, replicaba mi mamá; “Voy ganando 5 a 3”, restregaba por las narices mi hermano mayor.

La pasión de ánimo desorientaba el tiro directo a la portería y la pelota iba a parar al entejado. “Mijo, cuidado quiebra las tejas”, “Tranquilo, gordo, yo pongo cuidado”, respondía agitado y sudoroso. Al dar el segundo paso, la pieza de fango traqueaba. En ese momento, juntaba los pedazos a un lado del caballete y lanzaba la esfera de plástico al jardín. De regreso, otra vez, el balón estaba en el techo. Siempre tuve la impresión que mis dos hermanos ejercían conmigo un matoneo despiadado. Al subir al tejado a rescatar la bola, dejábamos sin protección el hogar de mis padres.

En los nacientes aguaceros de abril u octubre el agua escurría en medio de las tablillas. Baldes, ollas y poncheras de aluminio cubrían el zaguán de la casa. “Culicagados, sigan tirando el balón al techo… se lo dije, miles veces, que iban a romper las tejas”, así nos regañaba mi madre a medida que mostraba la correa de cuero envuelta en su mano derecha. Merecíamos la reprimenda; no obstante, el rigor del tiempo, la inundación y el piso resbaladizo confabularon a nuestro favor. Primero se ocupaban de mover el televisor, el chifonier y los muebles de la sala que, castigar, a los irresponsables muchachos. Al final, la cantaleta corría por cuenta de mis cinco hermanas mayores y el gesto de desilusión de mi papá.

“¡Muchachos! Voy pa´ pueblo. No dejen mojar el cacao que va a llover”. El sexagenario hombre anunció la tormenta de aquella tarde soleada de agosto. Los incrédulos jóvenes dirigieron la vista al animal de carga, un toro cebú de 600 kilos de pesos, al mismo tiempo que el abuelo ponía la enjalma y sobre ésta varios bultos de maíz.

De las estribaciones de la Cordillera Central nace la quebrada La Muñoz que desemboca a la cuenca del Río Aurra que abastece al Municipio de San Jerónimo, ubicado al Occidente del departamento de Antioquia. A principios de la década de los ochenta, sumergirse en las aguas cristalinas garantizaba el roce suave de los peces, el brinco de los renacuajos y la diversión inofensiva. De repente, los vientos huracanados hicieron tambalear las ramas de los árboles y, la oscuridad, cogió de la mano a la lluvia. En vano, los tres jóvenes, corrieron a entrar los granos de cacao que, chorreaban agua, a manera de ver en el espejo sus lágrimas de angustia.

“¿Dejaron mojar el cacao?”, averiguó el abuelo materno. Los “pollos” emparamados movieron las cabezas de arriba abajo. El castigo significó dormir en la choza destinada a las herramientas, a acumular los objetos desbaratados y a los murciélagos. Antes de apagar la vela otro trueno quitó el sueño: “¡Les avisé y no me hicieron caso, desobedientes!”. A las 4 a.m. abrió la desvencijada puerta y mandó: “A orinar que hay que trabajar”.  El abuelo censuró el descuido, sancionó la falta cometida y puso a disposición el conocimiento y la intuición propia de los años. Él nos enseñó a ser eficaces y resolutivos.

Cuando la persona sabia dice que algo va a suceder, no se arrime a la candela, ni salga a tirar piedra que, lo descalabran.