Risas de coctel

 

Por Oscar Domínguez G.          

Si un extraterrestre irrumpiera de sopetón en algún coctel concluiría que aquí no pasa nada a juzgar por las sonrisas de oreja a oreja de los asistentes.

Domingo ficticio, diciembre inventado, Disneylandia fugaz, paseo

de día entero, hoguera de vanidades. Todos son sinónimos de

esta vieja costumbre de la civilización llamada coctel.          

El coctel es un baño sauna o turco en traje de parada. Allí, un

prestigio masculino o femenino dura lo que dura un suspiro por la fulanita que nos castiga con su espléndido desdén.          

¿Qué tal grabar las dispersas y atropelladas conversaciones de

los cocteles y proyectarlas después en el desastre del guayabo? El

mundo sería una onza mejor.          

En el coctel todo el mundo habla al tiempo, nadie entiende, todos tienen la razón. Los une el cordón umbilical de la carcajada.          

Otro denominador común es que todos se celebran los chistes.

No sólo los del sagrado anfitrión que siempre tiene la razón. Si el

homenajeado de turno posee capacidad de nombramiento y remoción ni se

diga. Seguirá siendo el rey antes y después de la tenida etílica. El arribismo siempre estará a la orden del día.          

Como el anonimato no es el fuerte de los cocteleros, a la hora de

la foto todos se despelucan para mirar el pajarito.  O para decir

“whisky”, mágica palabra que parece que sólo estremece

aquellos músculos de la cara que hablan de la alegría. (El mundo anda mal porque la gente dice “whisky” para la foto, en vez de bebérselo, anotó alguien).          

Para sobrevivir a cualquier coctel un exdiplomático de carrera

daba este consejo: “En los cocteles, muévase”.          

Si se quedó sembrado en un rincón, se fregó con jota. Le tocará

hablar sólo, leer el directorio telefónico, charlar con el Ángel de

la Guarda si todavía está sobrio, o doblarle la propina al mesero

para que le mantenga ocupado el guargüero.          

Los másteres en “coctelología” rotan  con su sonrisa y su  espléndido ingenio. Y siempre con el vaso lleno. Claro, al llegar han deslizado una madrugadora propina en el bolsillo del mesero que queda vacunado para toda la noche.          

Como conocen a  todo el mundo, los profesionales del coctel halagan aquí, mienten allá, repiten el mismo chiste contra el gobierno y  hacen quedar mal a mengano preguntándole si todavía le hacen vale en el motel equis.          

Estos cínicos sin hígados que tienen patentada una forma

exquisita de agarrar el vaso, se despiden enviando

saludes a “tu mujer y a los niños”.          

Si el coctel es gobiernista, la conversación girará alrededor de

la  última encuesta favorable al César de turno. Los gobiernistas modelo 2019 hablarán de “Iván” y loarán al “presidente eterno” que les permitió regresar a la finca.

Pero llega el momento en que la pequeña farsa termina para todos.

Es cuando nos toca guardar la sonrisa de coctel y regresar al

inevitable anonimato de nuestra casita, donde no nos comen carreta

pues conocen nuestra vida doble de Jekyll y Mr. Hyde.          

Allí quedamos en la compañía  de nuestras minúsculas pequeñeces. Y víctimas de mayúsculo guayabo que invita a marcar el celular de los AAbstemios. O del médico de la prepagada…