29 septiembre, 2020

Primicias de la política, empresariales y de la farándula

“…No lo vamos a entregar…”

Por José Alvear Sanín Acaba de reiterar el doctor Álvaro Uribe Vélez: “el país no se lo vamos a entregar a la izquierda extrema”. La anterior es una declaración de la mayor importancia en un país que ya se acostumbró a la entrega del Estado. Falta entonces, entregar el país…

Por eso, la determinación del expresidente de seguir luchando no constituye una declaración banal ni rutinaria. Toda su vida política ha respondido al deber de preservar la democracia y el estado de derecho. Estamos en presencia de un líder, el único que tenemos, dispuesto a proseguir en la línea de su destino. Esta es una llamada imperiosa dentro de un combate a la vez ideológico y fáctico, que viene suspendido por parte del gobierno y la clase política, mientras los enemigos de la democracia y de la sociedad no descansan: Unos organizan paros, manifestaciones y mingas; otros inhiben la acción legislativa; otros se hacen recibir para presentar centenares de peticiones imposibles,  otros dictan fallos prevaricadores; otros escriben infundios que resuenan por redes y emisoras; otros indoctrinan desde el kínder hasta los postgrados; otros desinforman a los extranjeros; y así, ad nauseam.

En la política, la transacción y la componenda predominan. En sí, eso no era alarmante cuando los actores —liberales y conservadores— discrepaban en los detalles pero estaban unidos por los principios inalterables de la civilización política, plasmados más en el sentimiento colectivo que en la propia Carta; pero ahora, transigir y componer es imposible, porque entre las ideas democráticas y el marxismo-leninismo no existen, ni pueden existir, consensos.

Mientras una primera y comodona parte cree posible coexistir civilizadamente con la otra, la segunda, en cambio, solo se conformará con el aplastamiento de la primera.

Pues bien, la tragedia colombiana es que, aun a corto plazo, no es posible preservar la democracia si el gobierno tiene que permanecer sometido por una supraconstitución, adoptada contra la voluntad popular para asegurar el predominio de un grupúsculo que apenas consigue, si mucho, 50.000 votos en un país de 48 millones…

Si no se desgarra esa camisa de fuerza, la única gobernabilidad posible será la del gobierno de transición, es decir, caer en la tentación que ronda la administración Duque desde su comienzo.

Por tanto, hay que celebrar con máxima cautela la posible llegada del gabinete de Cambio Radical y el Partido de la U. Si esa nueva alineación entra para fortalecer las fuerzas democráticas, ninguna noticia sería mejor; pero como ninguna de esas clientelas ha desmentido su compromiso visceral con el tal Acuerdo Final, existe el riesgo de que en vez de fortalecer, vayan a minar la administración, conduciéndola por la senda fatal de “la transición”, la entrega total.

Nunca una “buena administración” ha sido inconveniente, pero ahora lo que Colombia reclama es gobierno. ¿Será posible pasar de gestor a líder?

La administración actual es buena, pero ¿qué sentido tendría mejorar el país, si a la vuelta de 30 meses se le acabase de entregar a la extrema izquierda?

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¿Cómo encaja dentro de la economía naranja una “bebida funcional con ganoderma y otros extractos de frutas del Pacífico”,  de uso ancestral, para el tratamiento de cáncer de seno, cérvix y cerebro, producida por el Laboratorio Selvacéutica, de Quibdó, de propiedad de la doctora Mabel Torres, ministra de Ciencia, Tecnología e Innovación de la República de Colombia?