11 mayo, 2021

Primicias de la política, empresariales y de la farandula

La economía subterránea colombiana se expande como el coronavirus

Por Jorge Alberto Velásquez Peláez

Un día de ociosidad pandémica transitaba yo por la vía de Las Palmas en Medellín, y se me ocurrió contar carros de alta gama, en un trayecto muy corto, entre el restaurante Doña Rosa y el Alto: 100 en total; al día siguiente, todavía muy ocioso, repetí el inútil ejercicio, para un resultado de 85 vehículos. Y no he querido hacerlo en fines de semana por dos razones: primero, porque sería el colmo de mi ociosidad, y quizás ello me haría perder algo del poco respeto que todavía me tiene mi familia, y segundo, porque la congestión ocasionada por el arreglo de puentes en esa vía, sería peor que en un día normal, e insufrible; pero estoy convencido de que el número de carros de alto valor, sábados y domingos, podría ser el doble o más de lo que he registrado. Ahora bien, cuando llego al Alto y me dirijo hacia el aeropuerto, puedo ver, a partir de la Mansión de Maluma, el pesebre de estrato estratosférico que se viene construyendo desde hace algún tiempo sobre un maravilloso tapete verde, con hermosas “casitas”, e incluso caballos y vaquitas pastando perezosamente, todo ello integrándose en un espectacular e incomparable paisaje; obviamente ese es un pesebre también de gama alta, con los más pobres viviendo en casas de $4 mil millones aproximadamente, (podríamos llamarlos los del Sisben social de la región) pues otra buena parte de esa población de la gigantesca urbanización que se extiende más allá de Llanogrande, vive en casas más decentes, de valores que fácilmente pueden superar los $12 mil millones. De otra parte, debo aceptar que quizás no todos son propietarios de su vehículo o de su casa, y que quizás pagan, por el privilegio de pertenecer a tan distinguida comunidad, una cuota mensual por el vehículo Audi y un arriendo, algo así como $15 millones, que, dicho sea de paso, una joven pareja de médicos generales no podría pagar, pues entre los dos, según Computrabajo, reciben mensualmente $7 millones. 

Y esto es solo una porción de esa gigantesca demostración de riqueza de nuestra región paisa, y nuestra región es solo una porción de esa gigantesca demostración de riqueza de nuestro país. A un buen amigo que ocupa importante cargo financiero, le pregunté por la procedencia de tanto dinero, y me respondió que en Antioquia, provenía de las herencias que los viejos dejaron de fortunas logradas con las acciones de las empresas paisas, como Coltejer, Fabricato, Coltabaco, Simesa, etc., y que, además, como propietarios y ejecutivos de esas importantes compañías, lograron grandes capitales que hoy se observan en patrimonios de sus hijos y nietos. No supe si se burlaba de mí, o si alguien se había burlado de él diciéndole eso. Lo cierto es que estamos llenos de dinero, y que las consecuencias que muchos esperaban de la crisis de la pandemia no han sido como se vaticinaron en un comienzo, y que quienes han sufrido de verdad han sido las personas más necesitadas del país, las pequeñas empresas, los pequeños negocios, los independientes, y quienes actúan en la informalidad, que, dicho sea de paso, hace parte de nuestra economía subterránea. A pesar del primer aniversario de la pandemia, permanecen los restaurantes lujosos; los almacenes, casi todos, en casi todos los centros comerciales; la construcción no se detiene y se siguen vendiendo, como morcilla, los apartamentos en la Loma de Las Brujas de Envigado, para pobres, de $8 millones/m2. Al final, como dice una vieja canción, la vida sigue igual.  

Y es que tenemos dos tipos de economías: la visible, donde actúan quienes nada tienen que esconder, y la sumergida, en la cual, además de quienes actúan en la informalidad (según Anif, $310 billones en 2018), se destacan los negocios y transacciones de los traquetos (según mis cálculos un mínimo de $80 billones), de los corruptos ($50 billones según el excontralor Edgardo Maya), de los hampones normales y de los de cuello blanco (incalculable), de los contrabandistas (5.000 millones de dólares anuales según la Dian), de los mineros ilegales (1.200 millones de dólares anuales, solo en oro).  

Mi cifra del dinero del narcotráfico la sustento de la siguiente manera: Colombia produce el 70% de la cocaína en el mundo que se vende al por mayor por 25.000 dólares/kilo en los EE.UU., y 35.000 dólares/kilo en Europa; su costo de producción es de 2.500 dólares/kilo, que generan, eliminando algunos intermediarios no propios, un beneficio de 17.000 dólares/kilo, algo así como un total de 23.000 millones de dólares anuales, 80% del valor de las exportaciones totales, y legales, del país. Es un chorro de dinero que se esparce por todas partes, como el coronavirus, y que sin que nos demos cuenta de ello, nos contagia a todos, beneficiando a muchos.    

Es allí pues, en las profundidades de esa otra economía, donde se encuentra el gran dinero de Colombia, el que mueve a este país, el que no permite que una pandemia nos empobrezca. Y regresando a mi comentario inicial sobre la visible riqueza paisa, quiero enfatizar que de ninguna manera estoy diciendo que quien tiene un carro de alta gama sea traqueto, pero sí hay que aceptar que gracias a que nuestro país es informal, traqueto, corrupto, contrabandista e ilegal, esa persona puede lograr un ingreso que en otras condiciones no obtendría y que ahora le permite comprar ese vehículo, o la “casita” de 7 mil millones de pesos. Porque la economía sumergida se expande como el coronavirus. Me explico mejor: mañana ingresa un “chorro” de dólares por la exitosa venta de cocaína en cualquier lugar, esos dólares se convierten en pesos que de inmediato entran a formar parte de la corriente de circulación de dinero nacional, para comprar carros y casas, para montar un almacén en un centro comercial o para construir un centro comercial, para donarle recursos económicos a la campaña de un político sin exigirle la factura, y para pagar la factura que debe a alguien, un político; para subfacturar importaciones que se pagan con los dineros que aún permanecen en el exterior,  para montar un restaurante con un extraordinario sueldo para el chef, o para comprar, sin que importe mucho el precio, un lote de tierra en cualquier lugar para que todos los lugares cercanos adquieran un valor similar. ¿Quién guarda todo ese dinero convertido a pesos? No lo sé. ¿Cuánto de aquello que hace parte de la economía visible o legal proviene de fuentes que juegan en el límite con lo sumergido, con lo ilegal? No lo sé.  Nuestra economía visible cayó casi 7% el año anterior, y la industria siguió en picada disminuyendo su producción más de 30%, y el desempleo es superior al 15%, y las exportaciones están dejando de ser parte de la memoria colectiva nacional. En otras palabras, el país está muy mal, pero en general todo está muy bien, y lo mejor, el dinero se ve, pues segundo a segundo sale a flote después de estar sumergido, y el que sale es reemplazado por dinero fresco que se sumerge para que luego salga a respirar.  

Para terminar: el Observatorio Fiscal de la Universidad Javeriana ha alertado sobre la imposibilidad de saber cómo se han gastado 29,7 billones de pesos destinados a cubrir requerimientos por la pandemia. Ese dinero, que hizo parte de la economía visible…, ¿estará ahora sumergido?