25 febrero, 2021

El Salado hace 20 años ¿Se repetirá la masacre?

Por Guillermo Mejía Mejía

Entre el 16 y el 21 de febrero del año 2.000, un grupo de aproximadamente 400 paramilitares, enviados por Salvatore Mancuso y Jorge 40, perpetraron una de las masacres más tenebrosas de la historia de violencia de Colombia en el corregimiento El Salado, perteneciente al municipio de Carmen de Bolívar, ubicado a 18 kilómetros de la cabecera municipal.  

En el recorrido hacia el poblado fueron dejando muertos por el camino: campesinos que se desplazaban en burro, en motocicletas, a pie, eran detenidos y fusilados o muertos a machete. En total, entre los muertos en el camino y los asesinados en la cabecera del corregimiento, se contabilizaron 59 víctimas fatales de edades desde los 7 a los 80 años, hombres, mujeres y niños, violaciones, destrucción del comercio y de las viviendas, todo mientras los asesinos tocaban instrumentos musicales, bebían y consumían alimentos preparados por las mujeres a las que obligaron a cocinar mientras sus hijos y esposos caían muertos en la cancha de microfutbol del pueblo. 

La primera pregunta que cualquiera persona se hace es ¿y dónde estaba la fuerza pública? ¿Cómo es que durante 6 días 400 hombres equipados con armas modernas de largo alcance, apoyados con helicópteros artillados, actúan en las narices de uno de los batallones más grandes de la infantería de marina ubicado en Coveñas y de la policía situada en la cabecera del municipio de Carmen de Bolívar? 

La respuesta que dieron las fuerzas militares, infantería de marina y policía a la Procuraduría es que el día anterior, o sea el 15 de febrero, el exgobernador de Sucre, Miguel Nule Amín, reportó al Comando Bafín número 5, el robo de 400 cabezas de ganado, que pastaban en fincas situadas entre San Onofre y Tolú Viejo, por el 35 frente de las Farc. 

Cuatrocientos novillos movilizados a pie bloquean cualquier carretera o camino veredal o requieren de 40 camiones para su traslado. Algo que no puede pasar desapercibido para unas fuerzas armadas que sacaron la disculpa de estar buscando el ganado del exgobernador mientras los paramilitares asesinaban a 59 personas. 59 personas asesinadas por 400 novillos que nunca la Procuraduría ni la Fiscalía supieron si fueron encontrados o la cosa se quedó de ese tamaño.  

Los mismos 400 novillos sirvieron de disculpa a los paramilitares para que el 14 de octubre del mismo año 2.000, perpetraran otra masacre en un corregimiento conocido como Macayepo, también en jurisdicción del Carmen de Bolívar, donde masacraron a 15 campesinos y 246 familias fueron desplazadas de su territorio. Por esta masacre fueron condenados el exsenador Álvaro García Romero a 40 años de prisión y el exgobernador de Sucre, Miguel Nule Amín, a 28 y medio, el mismo de los 400 bovinos. 

De las investigaciones que se adelantaron posteriormente por la Fiscalía y por la Procuraduría, durante el proceso de desmovilización de los paramilitares, concretamente por la masacre de El Salado, solamente fue condenado disciplinariamente por omisión, un capitán de corbeta de nombre Héctor Pita Vásquez, adscrito al Bacim número 31. Este oficial, comandante de la Compañía Orca, fue posteriormente vinculado al proceso penal por complicidad en el delito de homicidio agravado y condenado a 13 años de prisión, sentencia ratificada por la Sala Penal de la Corte Suprema de Justicia. 

Las fuerzas armadas, en este caso policía e infantería de marina, no pudieron justificar su inacción porque ya se sabía de las amenazas que sobre el corregimiento se cernían. El 23 de diciembre de 1.999, un helicóptero lanzó volantes sobre el casco urbano de El Salado con amenazas en donde se advertía que esta sería la última navidad que pasarían en ese sitio. Pero a lo anterior se agrega que, el 19 de enero del 2.000, un mes antes de la masacre, en un sitio conocido como el Portón de Esteban, ubicado dentro de los 18 kilómetros que separan la cabecera de Carmen de Bolívar con El Salado, un grupo de paramilitares instaló un retén en las horas de la mañana y detuvo varios vehículos, bajaron a 15 personas de las cuales se llevaron 5 que luego aparecieron degolladas y con signos de tortura. 

Cuando existe una tan grave omisión de las fuerzas armadas de cualquier país frente a una masacre tan espantosa como la de este corregimiento, esta se puede originar en desconocimiento, en cobardía, en incapacidad o en complicidad. En este último caso eso fue lo que sucedió. Se probó hasta la saciedad que hubo complicidad de miembros de las fuerzas del orden con los paramilitares.  

Este hecho fue corroborado por el infante de marina Alfonso Enrique Benítez Espitia quien declaró que cuando la Compañía Orca se dirigía a El Salado se encontraron con los comandantes paramilitares conocidos como 07 y 09 a quienes el infante conocía como capitán del ejército retirado que prestó sus servicios en el batallón Vélez de Carepa, el primero, y como sargento retirado de la Infantería de Marina, el segundo. Estos comandantes se entrevistaron con el capitán Pita Vásquez y la conversación giró en torno a la falta de coordinación por falta de equipos de comunicación a los que se les había acabado la batería, que puso en peligro la operación pues estuvieron a punto de enfrentarse por desconocimiento previo de la movilización de la mencionada Compañía Orca. 

El 18 de enero de este año 2.021, la cadena Caracol de Colombia, en su edición de noticias de la mañana, puso al aire, en directo, la voz de varios habitantes de El Salado que nuevamente reciben amenazas de muerte de grupos ilegales por el mismo sistema de hace 20 años: volantes con casi las mismas frases anteriores a la matanza, solo que esta vez no fue vía aérea, desde helicóptero, sino por debajo de las puertas. También en este caso se denuncia la falta de suficiente fuerza pública que los proteja. 

Seguramente ante esta denuncia tan grave el Ministerio de Defensa ya corrió a llenar de militares y de policía el corregimiento pero la pregunta es ¿hasta cuándo?  

En estos días apareció en las redes sociales una declaración rendida ante la Notaría Tercera de Bogotá, por el exconsejero presidencial para la reconciliación, normalización y rehabilitación durante el gobierno del presidente Virgilio Barco, Carlos Ossa Escobar, en la que afirma que la Unión Patriótica fue exterminada por una alianza entre las fuerzas militares, el narcotráfico y grupos paramilitares.  

Esta denuncia fue clave para que el Consejo de Estado fallara a favor de ese grupo político y le devolviera la personería jurídica dentro de un proceso entablado contra el Consejo Nacional Electoral que se la había suprimido porque ese grupo político no se presentó a las elecciones de Congreso del 2.005.  

La declaración del finado Ossa Escobar, sirvió, además, para aclararle a la opinión pública que no fue el Presidente Barco quien orquestó la exterminación de la Unión Patriótica, como torpemente lo aseguró sin pruebas el periodista Alberto Donadío, sino los actores que él mencionó entre los cuales estaban miembros de las fuerzas armadas. De paso el doctor Ossa Escobar se refirió a una reunión que se realizó en el Ministerio de Gobierno a la que asistió el ministro de la Defensa de la época del presidente Barco y en la cual se trataría el tema de las muertes selectivas de los líderes de esa agrupación, ministro que en esa época era general de tres soles, y quien hizo un comentario que retrata de cuerpo entero la injerencia militar en esos asesinatos, y era que a ese paso tan lento no iban a acabar nunca. 

No puede ser que el Estado colombiano esté perdiendo su legitimidad por no ejercer control armado sobre todo su territorio. Como en El Salado, Macayepo y ahora el Bajo Cauca, nos encontramos ante un Estado fallido, incapaz de controlar el orden público. Puede haber una excelente disposición de presidentes, gobernadores y alcaldes, para reducir las muertes de los ciudadanos bajo su mando pero si los cuerpos armados ponen un freno de mano a sus acciones la situación se torna imposible. 

Cuando uno ve los majestuosos desfiles militares y de policía el 20 de julio de cada año que marchan con pazo de ganso, generales empenachados, repletos de medallas, con espadas relucientes y unos carros de combate sin una pisca de barro y aviones y helicópteros que pasan raudos sobre los palcos, se llena el pecho de orgullo y no faltan los suspiros de patriotismo frente a unas fuerzas armadas relucientes. 

Pero en el día a día, esas fuerzas armadas, en cualquier gobierno, están siendo copadas frente a la incapacidad, pero no quisiera decir como sucedió hace 20 años, complicidad de algunos de sus miembros que hace que cada día estemos lamentando una nueva masacre.

Medellín, 21 de enero de 2.021