El Contraplano: Trece años sin el número uno

Por Orlando Cadavid Correa

Dos fechas cargadas de pesar guardamos en nuestro disco duro dedicado a la fiesta de los toros.

La primera, el 13 de enero de 2007, cuando se retiró para siempre de la radio el número uno de la narración taurina, Ramón Ospina Marulanda.

La otra, el 15 de octubre de 2011, el día de su muerte, en la clínica “Las Vegas”, de Medellín, rodeado de sus seres queridos. Entre los dos episodios hubo un espacio de cuatro años.

Cuando don Ramón resolvió cortarse la coleta y apagar para siempre el micrófono que lo hizo tan famoso, nosotros le propusimos que nos hiciera portadores de un texto de su puño y letra, que constituyera un inventario de su vida en los callejones. Aquí está:

“El 13 de enero de 2007 di por finalizado el ciclo más importante de mi vida en el marco de la incomparable Feria de Manizales.

Más de 60 años en la narración y el comentario taurino a través de las principales cadenas radiales, me permitieron realizar un apostolado taurino que llevo en el torrente sanguíneo desde que tengo uso de razón. Con las aventuras pueblerinas frente al ganado criollo, que da más fuerte con las patas que con los cuernos, atrás quedó el sueño de ser torero.

Aquellos años de maletilla junto a José Eslava (Pepe Cáceres), alternando en la añeja Plaza “El Soldado” del Batallón Ayacucho en las afueras de la capital caldense, fueron las primeras pinceladas de un grupo de aspirantes a subalternos y toreros de la talla de Rodrigo Arias, “El Monaguillo”, y César Rincón. Con el pasar del tiempo, se fundamentó  en mí la idea alocada de impulsar la afición a partir de un medio de divulgación. Fue así como surgió el primer espacio taurino en la historia de la radio colombiana con el único objetivo de servirle a la fiesta y no servirme de ésta.

Bajo las sombras, el rumor de la nieve perpetua y la garúa tempranera, comencé a tejer los hilos de este amor incondicional por la gente y la tierra manizalita. Ya daba los primeros pasos altruistas con la edición de revistas y periódicos taurinos en un país de tiras cómicas y bajos niveles de lectura. No obstante, gracias a la magia litográfica pude marcar un récord en ediciones y explorar el campo de la publicidad dirigida para posesionar, aún más, la “Feria que hizo Las Ferias en América”, Manizales, y las demás tradiciones de ese género en Bogotá, Cali, Medellín, Armenia, Bucaramanga y Pereira.

En la radio realicé un tour periodístico por Transmisora Caldas, Radio Manizales, La Voz del Ruiz, y La Voz de los Andes, periplo este que complementé con más de 50 años en Caracol, cadena que posicioné en el primer lugar nacional e internacional en cuanto a las narraciones taurinas se refiere.

La relación umbilical con Manizales me llevó a promocionar su pasodoble como el Himno Taurino de Colombia, el cual fue interpretado por primera vez en la Plaza Las Ventas de Madrid, España, en virtud de la partitura que le entregué al director de la banda del “Templo del toreo mundial”, quien lo hizo sonar el día de la épica faena de César Rincón al toro “Bastonito”.¡Dios es muy bueno y generoso conmigo!: el 13 de enero de 2007 propició el marco ideal para mi despedida en la última corrida de la 52ª  Feria de Manizales. El resultado final del festejo quedó en los anales de la historia y en la retina de los espectadores.  César Rincón,  Julián López, “El Juli”,  y Andrés de los Ríos salieron en hombros acompañados por el ganadero de la tierra, Miguel Gutiérrez. En otro extremo de la Plaza, con absoluta discreción, sin protagonismo de ninguna naturaleza, fui despedido en medio de ovaciones por centenares de aficionados que se bajaron de los tendidos para expresarme su sentimiento de aprecio con sonoros aplausos, firma de autógrafos y toma de fotografías que colmaron mi ajado rostro de lágrimas imperecederas y mi corazón de inmensa agitación.

¡No era para menos! Minutos antes recibí dos gestos inolvidables, uno de ellos, único en la historia del periodismo mundial: La cuadra de areneros y monosabios de la Monumental Plaza de Manizales se dirigió a mi palco de transmisión, después del rito del paseíllo que abrió el último festejo. Estos humildes hombres, esenciales para el espectáculo, se despojaron de sus gorras rojas, ¡tan puras como la sangre que fluye por las venas!, en señal de condescendencia hacia mí, y el encargado de pronunciar el discurso se contagió del llanto espontáneo y no pudo decirme con palabras lo que su alma me expresó con la contemplación, mientras me entregaba la réplica de la Catedral de Manizales, la cual reposa en un lugar privilegiado en mi sencilla residencia”.

La apostilla: De don Ramón se puede decir, como reza el añejo comercial de una firma de café, que “Superó todas las marcas”.