17 abril, 2024

Primicias de la política, empresariales y de la farandula

Reformas de la educación superior para el desempleo de los jóvenes

Enrique Batista

Por Enrique E. Batista J., Ph. D. (foto)
https://paideianueva.blogspot.com/
Si algunas de las metas sociales de la educación son la de promover la calidad de vida de todos, de mejorar las posibilidades de desempeño personal y social y formar para un trabajo digno y estable, las universidades, agravadas por la reciente crisis sanitaria mundial, por la automatización de muchas profesiones y por la sustitución o cambio sustancial de muchas de estas, han tocado fondo: Están formando jóvenes para el desempleo y la indignidad.

¿Reformar las leyes de educación superior o transformar la educación superior? Esa es la pregunta, diría el conocido dramaturgo inglés. O la gran oportunidad perdida por la ceguera frente a hechos tozudos que afectan la vida presente y futura de los jóvenes, de la sociedad y de sus sistemas productivos en general. Los diccionarios etimológicos nos dicen que reformar es «regresar a», «darle forma a algo»; el prefijo «re», connota «hacia atrás», mientras que transformar es cambiar de forma, desencajar, innovar, evolucionar, transmutar. (https://rb.gy/a6lxi).

La insistencia en reformar las leyes de educación superior es un esfuerzo vacuo y fútil, hacia atrás. Futileza que se asienta sobre el bien explicado y reconocido hecho de la extrema resistencia a la innovación en educación, a la vez que las normas legales, especialmente en el campo educativo, siempre están a la saga de los avances científicos, culturales y tecnológicos. Para algunos, reformar es retocar, asumir que la educación superior sólo requiere algunos cambios, con frecuencia cosméticos, pero olvidan el hecho fundamental de que el futuro de la sociedad y de los sistemas productivos está en jóvenes bien formados para el trabajo gratificante, para ser ciudadanos y llevar una vida personal y profesional próspera, digna y productiva.  Este foco se pierde en las propuestas de reforma a la educación superior, porque se asume que a los jóvenes le sigue cabiendo la idea de que con el título se les abrirán, con pensamiento mágico, y más con el deseo, las puertas para el éxito personal y social.

El hecho cierto es que se impulsan cambios hacia atrás y se congela la concepción misma de la educación superior, la que, como se ha resaltado en muchas publicaciones recientes, representa un modelo que no funciona para las realidades económicas, políticas, sociales, culturales y tampoco para las necesidades de los diversos sectores productivos en el mundo. Se insiste en las propuestas de re – formas en el desconocimiento de que la educación superior, como institución social, requiere transformación e innovación y el abandono y ruptura con el viejo modelo.

Es iluso pensar que, con reformas que tocan, modifican o agregan artículos a las ya muy inadecuadas leyes, las universidades se convertirán en instituciones sociales consonantes con las realidades del siglo XXI. Más bien, son esfuerzos, nada productivos, para congelarlas en el tiempo, criogenizarlas, para ver si décadas, o aun siglos después, ya descongeladas, siguen vivas a pesar de que hayan perdido su valor social y pertinencia frente a las exigencias que la sociedad misma les impone.  Se ha sostenido con reiterada evidencia e insistencia, entre ellas las que expresan los jóvenes con sus distintas formas de manifestación, que el modelo de educación superior se transforma o las universidades se extinguirán para ser sustituidas por otras opciones educativas socialmente más adecuadas.

El modelo de universidades en el mundo acrecienta a grandes pasos sus posibilidades de fracaso para cumplir las renovadas exigencias que se les hacen a ellas desde fuera. Un modelo transformador concibe una formación de seres recorridos de humanidad, éticos y amante de la democracia, con conocimientos y habilidades en los campos de las ciencias, el arte, la cultura y las tecnologías. No es cierta la mencionada ilusión de los títulos como garantes inmediatos de desempeño profesional exitoso, con ingresos altos y estabilidad laboral por siempre.  Así se les ha presentado a los jóvenes la ilusión del título universitario, salvador de desigualdades, promotor del ascenso social y asegurador de un futuro personal, profesional, familiar y económico próspero. Es explicable por qué los jóvenes se indagan a sí mismos: ¿Para qué ir a la universidad? Es la tragedia, para ellos, de la ilusión perdida, en muchos casos agravada por costos de matrícula en extremo altos y préstamos educativos impagables.

Alrededor del mundo se ha señalado que los graduados universitarios «sufren el peor mercado de trabajo en años», con menos vacantes abiertas, salarios mucho más bajos, lo que ha estado acompañado por las severas afectaciones en sus conocimientos y habilidades resultantes de los negativos efectos que sobre ellas se dieron con la crisis del coronavirus. En el Reino Unido, el número de vacantes para egresados es 40% menor que en 2018. Se comprueba que los nuevos egresados no tienen el mismo nivel de formación que aquellos anteriores a la pandemia y que muchos jóvenes graduados universitarios han cesado en sus esfuerzos de conseguir trabajo en el campo para el que supuestamente fueron formados. A la vez, el número de personas entre 18 y 24 años con impedimentos de salud para trabajar se ha duplicado en la última década. Es decir, hay un problema de salud mental entre los jóvenes asociado con la frustración que les genera la ilusa formación y el mundo de dichas que se les ofreció con la adquisición de un título universitario. (https://rb.gy/71yyf).
China, un país con una tasa de desempleo de jóvenes hasta los 24 años de 24.4%, graduará en un año 12 millones en las universidades, en un mercado laboral que no les ofrece trabajo acorde con la formación recibida. Se acrecienta la frustración de ellos y de sus familiares que, tras inversión de gran cantidad de tiempo y de dinero, encuentran que el diploma universitario ya no tiene el valor esperado, lo cual los lleva también a continuar en dependencia de sus padres y a posponer casi que de manera indefinida cualquiera ocupación, decisión de marital o a adquirir una residencia. (https://shorturl.at/cAGSZhttps://shorturl.at/mzQW3).

 En Estados Unidos, los jóvenes graduados universitarios enfrentan un mercado laboral más difícil, con un desempleo de aquellos entre 22 y 27 años que tienen un título de pregrado más alto que el promedio de las personas en el país. (https://shorturl.at/kLO69). La tasa de cobertura bruta en el mundo ha crecido, pero, como anota el profesor Rafael Orduz «ofrecer más y más cupos en las universidades no tiene sentido si no mejoran sustancialmente las oportunidades de empleo.  El drama de los graduandos de la educación superior está en el enorme desempleo. Los esfuerzos de las familias y los estudiantes se estrellan contra la realidad: un título en Colombia no garantiza empleo. De todos los colombianos que componen la fuerza de trabajo (24,7 millones), el 27 % son aquellos que han alcanzado graduarse de la educación superior». Se pregunta este autor si es mejor Uber para los graduados universitarios sin empleo. (https://rb.gy/izqng).

Para muchos desempeños en variados campos ocupacionales de la actual revolución industrial, las denominadas «reformas» a la educación superior carecen de consideración sobre el impacto de las tecnologías disruptivas sobre los trabajos, los requerimientos específicos de fuerza laboral, la obsolescencia de diversos campos profesionales, la eliminación de trabajos actuales y la aparición de nuevos,  en un mundo en donde se sabe que las personas cambiarán muchas veces de frente de trabajo durante su vida laboral y que mucha de las ocupaciones que encontrarán los estudiantes universitarios actuales, en el corto plazo, todavía no existen. Entonces, está el hecho muy visible de que los egresados universitarios esculcan hoy puestos de trabajo con credenciales académicas que no se acompañan con lo requerido en el mundo laboral, situación que podría ser sustancialmente más grave con prontitud impensada. A tal situación, se agrega que ellos hoy compiten, y lo harán con mayor intensidad en el futuro, con aquellos que obtienen una formación más pertinente, más corta, más barata y más adecuada a los requerimientos del mundo laboral, quienes, a la vez, logran mayores ingresos salariales (https://rb.gy/ry1tv).

En el caso de la propuesta conocida en el segundo semestre de 2023 para reformar la ley de la educación superior en Colombia, esta se ha caracterizado en el Observatorio de la Universidad Colombiana   como una que  genera: «Más preocupaciones y dudas que certezas y avances; … se quedó en un simple remiendo … con muchos asuntos que se presentan más como un listado de acciones a realizar en un futuro, sin indicadores, objetivos precisos ni concreciones que permitan ser realmente medidas y orientadoras para el sistema, y sin claridad si serán o no determinantes en los procesos de inspección, calidad y fomento de la educación superior». (https://rb.gy/8426f).
Más que los débiles brochazos de retoque a disposiciones legales sobre la educación superior, lo que se requiere en todo el mundo es un modelo de universidad que permita alcanzar los altos fines sociales de paz, convivencia ciudadana y con la naturaleza, solidaridad, progreso colectivo y vivir en un país democrático en donde los jóvenes tengan oportunidades ciertas de desarrollar todos sus potenciales para el bien de sí mismo y también para el bien común.

Es necesario dejar atrás lo que ya está probado que no funciona y que más bien hace daño. Esa no es la función de una institución social como lo es la universidad. Muchos deben abandonar la obsesión infecunda, ya probada como muy inútil (el «hacia atrás», mencionado arriba), que cada vez más lo será, de perseguir los vanos e improductivos rankings y, en paralelo, lograr que la denominada acreditación de alta calidad no esté acreditando el pasado y condenando a los jóvenes al desempleo y a la frustración propia frente a sí mismos y al conjunto social global.

Se precisan opciones que impacten positivamente la vida de los jóvenes, que hoy, en desesperación y frustración frente a lo que le ofrece la sociedad, llevan al incremento de las tasas de suicidio y al abandono del propósito de construir un futuro promisorio para ellos y para todos. (https://shorturl.at/tAEH5https://shorturl.at/pDEIJ). 

A los jóvenes no se les forma para el desempleo, la indigencia, la informalidad laboral y mucho menos para la indignidad.