3 marzo, 2024

Primicias de la política, empresariales y de la farandula

Pa’ que se acabe la vaina

Carlos Gustavo Alvarez

Por Carlos Gustavo Álvarez 

En 1963, una película norteamericana dirigida por Stanley Kramer anticipó la que muchos consideran la condición del mundo actual. Al título profético se llegaba fácilmente –a pesar de la fachada del protagonista, que no era otro que el galardonado Spencer Tracy–, atendiendo a la aparición de algunos conocidos actores cómicos y expertos en soliviantar la risa, como Jerry Lewis, Buster Keaton y Los Tres Chiflados. Y si simplemente pensamos que vivimos en un mundo que bien puede estar loco, el titular de la cinta no se iba por las ramas y sentenciaba: “El mundo está loco, loco, loco, loco”.  

Alguien contrarrestará esta visión de manicomio ecuménico con una expresión que los españoles manejan como muletilla y les aplican no solo a muchas frases, sino a casi todas las situaciones: “No pasa nada”. Esas tres palabras, como parte de la transfusión cultural de un mundo sin fronteras digitales, se usan ya en Colombia. Un país donde hasta hace unos años la gente “comía” por la noche y ahora “cena”, que es más elegante y mundano. 

En fin, entre la visión orática del orbe y que no pase nada, debe haber un término de equilibrio. Aunque el fiel se desastre e incline hacia el lado de la balanza que nos aboca, para algunos, a una suerte de Apocalipsis y para otros, a un porvenir escatológico que no parece estar muy lejano. 

El fin del mundo ha sucedido ya por lo menos dos veces recientes, digámoslo así. Cuando acaeció el año 1000 y cuando llegamos al 2000. No estuve en el primero o no lo recuerdo, pero sí en el segundo, cuando los pronósticos de un Milenio agobiado por el desastre digital auguraban un colapso informático totalmente opuesto en magnitud a la forma sincrética como lo bautizaron: Y2K. 

Mientras Néstor Zavarce cantaba por no sé cuántos años consecutivos la canción de Oswaldo Oropeza y faltaban otra vez cinco pa’ las doce y las campanas de la iglesia están sonando, los sistemas primarios se iban a malograr y con ellos las fuentes de energía, los datos bancarios acabarían esfumándose con nuestros saldos (mucha gente dejó las cuentas peladas el jueves 30 de diciembre de 1999) y el fragor del Vesubio iba a quedar registrado como una francachela de pirotecnia. 

Afortunadamente las secuelas no trascendieron a la desgracia y el buen Nostradamus pudo conservar intacto su vaticinio de fatalidad. Que no es otro que el referido a que el final, final, no va más, será en el año 3797. Cuarto Milenio en el que –me da pena confesarme y contar a quienes leen estas notas con tanto agrado y asaz fruición (je, je) — no vamos a estar. 

Aunque, eso sí, hay vientos de descalabro holista que soplan hoy de todas partes, con ganas de tumbarle al boticario francés devenido en adivino — y que pasó a la historia desde mediados del siglo XVI con sus 942 cuartetas poéticas y futuristas–, el bien ganado puesto de referente mediático del acabose. 

El cambio climático se volvió emergencia. Europa degradada y esterilizada por la burocracia de Bruselas se está preparando para la guerra contra Rusia. El presidente de USA y la industria militar tienen ganas, como es usual, de armar camorra en varias partes, además de Ucrania y Oriente Medio, y la vida interior de Estados Unidos se apena en el fraccionamiento y el regreso de Trump a celebrar la navidad en la Casa Blanca. No hay hombres, ni mujeres, persona, animal o cosa, sino como se perciban en un momento frugal. Los hijos no son de los padres sino del Estado. Al sistema financiero le va llegando la hora de otra burbuja causada por la maquinita de hacer dinero como si fuera billetes de Monopolio. Y la fontana de augurios nos riega todos los días con sus gotas de pandemia, hambruna, amenaza de control digital, agenda 2030, el meteorito de marras y las CBDC totalitarias, mientras Davos nos dice “No tendrás nada y serás feliz”. El maridaje entre Internet y las redes sociales ha parido un mundo fascinante y deplorable a la vez. 

(Afortunadamente, en Colombia, como en España, “no pasa nada”). 

¿Qué hacer? He escuchado decir a varias personas –desilusionadas, hastiadas, acorraladas, ¿o sensatas? — que lo mejor es que se acabe la vaina y comencemos de cero. Borrón y cuenta nueva. Volver al Génesis, pero a lo bien. Porque el mundo, como la película, está loco, loco, loco, loco. Irremediablemente. Y los chiflados ya son más de tres.