19 junio, 2024

Primicias de la política, empresariales y de la farandula

Metiendo la cucharada 

Carlos Gustavo Alvarez

Por Carlos Gustavo Álvarez (foto)

Fue hasta hace relativamente poco tiempo que el ser humano dejó de comer con las manos. Quienes hacemos parte de lo que se denomina Occidente y nos consideramos el mero mero, aunque estemos en una vergonzosa decadencia, creemos poco en las diferencias culturales y sentenciamos que quienes no lleven la comida a la boca con los tres básicos utensilios de mesa o cubiertos –cuchara, cuchillo, tenedor–, son una especie de bárbaros, que ni siquiera se lavarán las manos para meterlas en el plato y pare de contar. 

Pero el mundo es a la vez policromía y crisol. Y descartar de tajo la opción de comer con las manos es desconocer una práctica que abarca al 44 por ciento de la humanidad. Y que permite que con verdadero gusto y fruición millones de personas en India, el sudeste asiático, África, Medio Oriente y Oceanía transporten la comida a la cavidad bucal con las extremidades. Ah, y varias personas metiendo las manos en el mismo plato… 

Cómo comer mejor y cómo han evolucionado los cubiertos es una historia fascinante. Valga la pena aclarar que se asegura que los llaman así, cubiertos, pero no pongo las manos en el fuego por la explicación, porque en el siglo XV, en donde había comida, es decir, en las mesas de los poderosos, tapaban con telas las viandas y los utensilios, para protegerlos del mosquerío y la mugre. El tiempo pasó y la costumbre quedó solo para los cubiertos, amparados después por la invención de la servilleta, que hoy los envuelve a la hora de pasar a manteles en muchos restaurantes. 

Como integrantes infaltables de la trilogía mencionada, es muy fácil suponer que el primero fue el cuchillo. Solo hay que imaginar al hombre de las cavernas, un poco más vestidito que la versión original puesta en el mundo, digamos, hace más o menos dos millones y medio de años, afilando palos y coleccionando pedazos de sílex, para tener con qué cargarse a un animal, cortarlo, pasarlo por el fuego y luego comérselo, ahí sí, con las mismísimas manos. 

Difícil figurar a nuestra antepasada Lucy degustando a su triops cancriformis semanal o a su pequeño lagarto quincenal sin la cuchara. Sí, porque en el principio fue la cuchara, no como la conocemos hoy en día para apurar la sopita, sino simplemente primitiva, recogedora, útil para que el alimento no se desparramara en el camino antes de llegar a la boca. Tres mil años antes de Cristo ya aparecen las cucharas por ahí –-en Mesopotamia, en Siria, en Egipto. Bien antiguos son también los ejemplares de cucharas de cerámica, en Cerdeña, y de hueso, en la China, en cuyos anales figurará, como todo, la invención de la cuchara. 

¿Por qué se llama cuchara? La etimología (Corominas, por supuesto) asegura que viene de “cuchar” (que es una antigua medida de granos y no el verbo de los cuchos) y este del latín cochleare. Se asegura que, a su vez, es un préstamo del griego, pero resulta que cochlea es caracol o concha de caracol. Ya con los romanos metidos en el asunto, pues hay que reconocer que ellos empleaban la cuchara y el cuchillo en sus olímpicas mesas. No todo el tiempo ni todos, claro está. Cuando era a comer era a comer y los banquetes eran sinónimo de desenfreno, exacerbados en las saturnales. Lo hacían hasta el hartazgo y para seguir se apoyaban en una acción que con el paso de los siglos sería la penosa bulimia.  

Ahora bien, si lo usaban, no era el cuchillo como lo conocemos hoy. Ese apareció hasta el siglo XVII, y su creación se atribuye al Cardenal Richelieu, que con toda su dignidad religiosa ocupó también el cargo de primer ministro de Francia, de 1624 a 1642. Cansado de que los comensales usaran las puntas afiladas como mondadientes y de que además clavaran en la mesa los mismos cuchillos que utilizaban para destazar a sus enemigos, propugnó por la forma redonda y el mango y así comenzó la evolución de esas bellezas que usamos en las mesas de hoy sin clavar nada y a nadie. 

El tenedor apareció el último en la escena. Cosa curiosa, por lo demás, pues ya era una leyenda el tridente, que utilizaban de forma no muy amigable esos gladiadores romanos de nombre “reciarios”, y el que llevaba Poseidón, el dios del mar en la mitología griega, arma y símbolo de orgullo de los pescadores. Para no hablar de Satanás, que tenía su propia fábrica de tridentes, representados variadamente en el arte religioso. 

Está escrito, y es una de las versiones, que llegó a Europa en el siglo XI procedente de Constantinopla, gracias a Teodora, hija de un emperador de Bizancio llamado Constantino, versión desmejorada, ocho siglos después, de El Grande, a quien tanto le debe la religión católica. A la innovadora Teodora, que era refinada y repelía la visión única de cucharas y cuchillos, la amonestó San Pedro Damián por querer poner sobre la mesa del comedor el instrumento del diablo. Vayamos a Francia, pero en el siglo XIV, para ver al tenedor ganando popularidad a pesar de ser considerado bastante cursi. Y es hasta el siglo XVIII cuando ya definitivamente se arma el trío y por lo menos por allá, a la gente dejaron de cogerla con las manos en la masa. 

Las personas que hemos pasado por el mundo de allá para acá, repetimos en pocos años ese proceso milenario de evolución en la forma de comer. Es el aprendizaje de unas instrucciones y de unas prácticas que no solo nos permiten comer con los cubiertos (que en las comidas de lujo se multiplican como premio de lotería y tienen las más diversas funciones), sino aplicar la urbanidad en el uso de artilugios como la servilleta, la relación con vasos y copas y la pertinencia a la hora de hablar y masticar y tener la boca cerrada, por supuesto. Algunos no lo logran y en la pérdida del curso someten a los circunstantes a verdaderos espectáculos revividos de siglos muy remotos, cuando la cuchara era de sílex. 

¿Comer con las manos? Se hace y resulta muy sabroso, a juzgar por la cantidad de gente que así procede. Y cómo no, con el cuscús (en Marruecos), el kurutob (en Tayikistán) y en la India, incluso en encopetadas ocasiones ceremoniales como las bodas. Faltan citas de otros municipios gastronómicos, en China y en Tailandia, en Malasia y Etiopía. Tal vez el lector pueda compartir alguna experiencia en sus recuerdos de viajes (no hay necesidad de que sea cómo cuando el querido amigo y periodista Héctor Mora se abocó a comer mico comenzando por la cabeza, en uno de sus míticos viajes). Basta reparar en la comida mexicana, donde tacos, quesadillas o fajitas no simpatizan ni con el tenedor ni con el cuchillo, pues no los necesitan. Y ni se diga de hamburguesas y perros calientes de cine, que logran verdaderos récords en los grados de apertura de la boca, para poder asimilar los tantos ingredientes y salsas que rebosan la preparación. O la pizza o el pollo asado. Solo hay necesidad de meterles el diente. 

Mi afecto más entrañable es por la cuchara, ama y señora en mis comidas domésticas. No concibo ni el arroz ni los huevos, por ejemplo, a punta de tenedor, y un calentao con cuchara está muy cerca de la ambrosía. 

La cuchara tiene un abuelo, que es el cucharón, y este se enorgullece de una nietecita, que es la cucharita. Y existe la cucharada, que yo he metido aquí en este texto, el que termino chupándome los dedos, que también es muy rico de vez en cuando.