3 marzo, 2024

Primicias de la política, empresariales y de la farandula

“Adalides” irrazonables 

Claudia Posada

Por Claudia Posada 

Brotes de agresividad verbal (que no pocas veces llegan a la agresividad física) los estamos viendo a diario en distintas ciudades colombianas.  En las vías, por ejemplo, resultado de la indisciplina ciudadana que lleva a ir en contra de las normas de tránsito y movilidad, como resultado de cometer irregularidades que inciden en los demás, hay inultos y reacciones agresivas. Al interior de las familias ha crecido el irrespeto; en los colegios las faltas a la convivencia son alarmantes. En escenarios públicos, ahora se evidencian ejemplos de las teorías que enuncian, cómo, los individuos se transforman para seguir corrientes colectivas amparadas en el anonimato, así que en grupo los comportamientos quedan subordinados a condiciones que dejan de lado la conciencia moral, la consideración, y de alguna manera las características individuales racionales, para manifestarse como masa iracunda.   

Y lo peor, algunos de tales brotes no son analizados por sus generadores, en su inconveniencia intrínseca, sino desde la mirada complaciente hacia un fenómeno político-social de oposición “merecida” estimulando la polarización tan grave en nuestro país; uno de los más violentos del mundo. Estamos pasando de la agresividad en el lenguaje, a la violencia aterradora que va contra la tolerancia y convivencia pacífica, e incluso contra los derechos humanos. En la clase dirigente se producen juicios y acciones poco conciliadores; inclusive, más bien hay una tendencia muy peligrosa a criticar todos los intentos en busca de la paz, opacándolos con posturas partidistas, radicales, tergiversando objetivos, por ejemplo, en lo que respecta a los diálogos enmarcados en los acuerdos que se deben cumplir, tarea que obviamente no es nada fácil, pero sí obligatoria. 

Los mandatarios de turno tienen cuatro años para gobernar según sus propósitos, así que lograr en ese lapso adelantos significativos en materia de violencia guerrillera, apenas sí pudo hacerlo Juan Manuel Santos y eso porque gobernó ocho años; además, había toda la voluntad negociadora para abrir diálogos. Los grupos guerrilleros, en cambio, y desde siempre, no tienen ningún afán, para ellos no hay fecha perentoria; sus intereses van por otro camino, no hay muchas coincidencias en puntos negociables y mucho menos deseos genuinos que motiven el abandono de las armas. Sin embargo, es más conveniente para Colombia toda, continuar en ese propósito.  

Siendo este el panorama, es inaceptable ver pasar estadísticas año tras año, en las que suman víctimas, desplazamientos, asesinatos, enfrentamientos, dolor y sangre, sin que la sociedad colombiana, los ciudadanos del común, los medios de comunicación, la dirigencia y grupos de presión, no cerremos filas en torno al deseo profundo de buscar la pacificación, Paz Total, o cómo se le quiera llamar al los intentos de frenar el despeñadero colombiano, tal vez único en el mundo por enfrentamientos internos que por décadas  han comprometido la sociedad civil, el Ejercito y las guerrillas. Sin contar con otras violencias aterradoras de acciones infames por parte de otros grupos armados al margen de la ley. 

Desde afuera ven a Colombia con un potencial inmenso, con deseos de proponernos acercamientos comerciales y financieros, con buenos ojos para el turismo, y gran admiración por las bellezas que persisten a pesar de la poca educación ambiental que se ofrece y las malas prácticas que se permiten en contra del equilibrio ecológico. Sin embargo, si se tomara conciencia de que urge la cohesión entre sectores y liderazgos, empezaríamos a atajar el derrumbe. Pero infortunadamente, son poderosas las estrategias para impedir la credibilidad en los planes y programas que nos presentaron para mejorar regiones y comunidades, proyectos enmarcados en el gran propósito de equidad e igualdad de oportunidades, aplicados a distintos ámbitos del desarrollo colombiano.  

Bien podrían hacer toda la oposición necesaria como lo mandan los estatutos, pero lo inconcebible es hacerle oposición a un gobernante sin medir las consecuencias para el país. ¡Cómo es posible que no puedan separar características o circunstancias personales, criticables, de los planes en los que deberían participar todos aquellos que están en el deber de hacerlo a través de posiciones y acciones provechosas, no necesariamente complacientes si no es del caso, pero sí responsables! 

Todos los días vemos en las redes sociales y medios de comunicación, que, siguiendo delineamientos de sus jefes políticos, o de acuerdo con las directrices de los grupos de presión, en las esferas de poder y decisiones se ignoran las prioridades, se evidencia la insensatez que domina a la razón, y se adivinan las intenciones de los desatinados que se ocupan de crear incertidumbre. Los temores que alteran la serenidad necesaria en un país de tantos conflictos y tipos de violencias, se alimentan con sandeces. ¡Que irresponsabilidad la de los “adalides” irrazonables!