Por Gonzalo Castellanos Valenzuela
Alfonso Castellanos fue un ícono de la televisión, que trasmitió la llegada del hombre a la Luna.
Igual que a otros personajes en la vida nacional, fue la violencia la que lo atrajo por obligación a lo que terminó haciendo. Era Alfonso Castellanos (AC), quien con unos 15 años llegó de Málaga, Santander, a la capital, todavía entre cenizas persistentes del Bogotazo del 9 de abril.
Eran tiempos difíciles y no se puede decir que sean mejores. Acá lo esperaban su hermano y parientes también desalojados por la inquina liberal y conservadora que se batía y continuó haciéndolo durante tantos años y tantas sangres. Casi de inmediato, por no decir al día siguiente de su desembarco en bus, empezó a trabajar en oficios de los diarios: linotipos, rotativas, toda la agitación apasionante, hipnótica, propia de cómo se hacían los periódicos.
Yo sé quién sabe lo que usted no sabe, ni más ni menos que un cierto Wikipedia que se daba en televisión y que las familias esperaban con apetito entre finales de 1970 y los ochenta, y Aquí entre nos acaso sean sus obras más conocidas, un patrimonio documental que merece rescate y declaratoria como bien de interés cultural nacional.
Aunque durante años no nos vimos, lo recuerdo fumando, hablando incansable, de corbatín, camisa blanca de pliegues y chaquetas aterciopeladas.
Pero ya antes AC se había hecho ícono de la televisión transmitiendo la llegada del hombre a la Luna (1969), una jornada a la que llamó “Del Hombre para el Hombre”; eso que siendo niños vimos asombrados junto a vecinos de barrio, una imagen definitiva del hombre aprendiendo a caminar como un crío sobre el piso lunar, cosa que nos permitió aspirar desde entonces a vuelos largos no sometidos. Sigue habiendo una cara oculta de esa Luna y es probable que Alfonso desde su muerte reciente sepa ya lo que no sabemos.
Dirigió noticieros de televisión, como el de Suramericana, aquel tan recordado por el tigre mueco en la cortinilla. Le dijo allí a Rojas Pinilla (ver en plataformas) que se percibía de él una incapacidad física y mental para dirigir el partido que acababa de fundar (la Anapo), forma siempre directa de su trabajo en periódicos, radio o televisión.
Aunque durante años no nos vimos, lo recuerdo fumando, hablando incansable, de corbatín, camisa blanca de pliegues y chaquetas aterciopeladas que me gustaban. Comimos helados, fuimos a cine junto con los primos. Alfonso Castellanos era mi tío, hermano de mi padre, Gonzalo, quien lo sobrevive, ambos en su momento periodistas de este diario en el que también buscando la cara oculta de la Luna durante un buen tiempo he escrito.
Pie de Foto: Gonzalo Castellanos (izquierda), quien en noviembre cumplió 98 años, en compañía de su hermano Alfonso, otro de los grandes del periodismo. (Foto del álbum familiar).


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