15 julio, 2024

Primicias de la política, empresariales y de la farandula

¿Y qué nombre le pondremos?

Carlos Gustavo Alvarez

Por Carlos Gustavo Álvarez 

Como los Reyes, el hombre solo quería tener un hijo. Un heredero. Un descendiente. Un primogénito. No necesariamente unigénito, pero sí un vástago primerizo. Un retoño. Un varoncito. 

Era un italiano de apellido Rapetti que vivía en Paraguay. Y estaba en la búsqueda, expectante de fructificar con la ayuda de la obstetricia el embarazo primigenio de su mujer. Resultó ser una niña. Para que no quedara duda de su propósito, la bautizó “Esperanza”. Y siguió en la persistencia de recibir un muchachito. Pero la segunda criatura nació mujer. No desistió. Y lo dejó manifiesto en el nombre que le puso: “Siga y Avanti”, cuyo significado ecuménico no era otro que “Seguiremos insistiendo”. 

La barriguita de la señora se englobó por tercera vez. Para recibir otra chiquilla. Rapetti padre no dudó en recordar su meta, con una designación onomástica que desafiaba el imprevisto: la llamó “Paciencia contra el destino”. Las dos nenitas postreras eran inconfundibles, concursantes ganadoras absolutas, si se hubieran presentado en un programa que hizo Jorge Barón llamado “El sin tocayo”: “Siga y Avanti” y “Paciencia contra el destino”. Ahí van las dos pegaditas. 

Hasta que nació varón. Y el nombre que le aplicó el señor Rapetti solo pudo significar la esperanza de haber seguido insistiendo y teniendo paciencia contra el destino que le había negado al muchachito. Lo llamó: “¡Por Fin Bienvenido Carajo!”. Rapetti, por supuesto, y fuera de concurso en el programa de marras. 

La historia la cuenta el publicista paraguayo José Daniel Nasta, en su libro “Nombres raros. Historias reales de cómo se llama la gente”. Y es una de las fuentes múltiples y ciertas, como la Registraduría Nacional de Colombia y los registros nacionales de personas de varios países, que sirven al colombiano José Roberto Cadavid Mendoza para tejer el interés en su libro “¿Y qué nombre le pondremos?”. 

José Roberto me lo acaba de enviar a raíz de la nota que escribí el 29 de mayo y a la que bauticé, valga la figura sacramental, “¿Cómo dice que se llama?”. Hacía alusión a los raros y estrambóticos nombres con los que algunos padres de familia designan a sus hijos, animados por razones tan diversas como vesánicas, y que Rosita y José Roberto (hijos del inolvidable “Argos”, seudónimo filial del gran Roberto Cadavid Misas) utilizaron en la pila bautismal de su primer libro, que lleva el mismo nombre con el que registré civilmente el artículo mentado. 

Esa afición familiar del padre, transmitida y prácticamente delegada a sus hijos, no estaba exenta de tentaciones. La primera, y más riesgosa de todas, era reclutar nombres inventados, como hacemos de vez en cuando ciertos fabuladores confabulados en la ilusión de las sonrisas. Los filtros se extremaron y las fuentes no pueden ser más rigurosas, escanciadas en los organismos nacionales encargados de registrar tanta creatividad parental. 

Había otra trampa: la del facilismo. Hubiera podido, simple y rampantemente, desgranar un listado alfabético en páginas copiosas. Tal la abundancia de nombres que, apercibidos como raros, resultan patológicamente comunes. El libro hubiera resultado un tributo al tedio. José Roberto lo dividió en 17 capítulos, correspondientes éstos a las variantes en las que se puede agrupar la multitud de nombres ya no sé ni cómo llamarlos. Los padres bautizan a sus hijos, entre muchos otros, de acuerdo con vectores climáticos (“Belisario Guerra Toro del Arco Iris” y “Crepúsculo matutino para la honra y gloria del Brasil”), referentes al vestuario (“Mario Tanga”, en Brasil, y una chica y/o chico llamade “Sostén”, en El Salvador) y un aparte para los “Inclasificables”, como “Lulivercisor” y “Mitridatescan”, en República Dominicana, y los colombianos “Bonieralequis” y “Mniegromuceno”. 

Me quedo corto, enumerando rarezas. El libro lo deja a uno con la boca abierta, al saber que alguien pudo destinar para toda la vida de su hijo o de su muchachita, un apelativo de la estirpe que distinguía a un donoso enemigo de Supermán: Mister Mxyzptlk. Tan complicado el nombre que “El hombre de acero” prefería vencerlo que llamarlo. 

Si el italiano Rapetti buscó y buscó y la multiplicación le dio tres niñas innombrables y un muchachito sin tocayo, en El Salvador un hombre se cortó la coleta. Después de siete proles, a la octava niña la sentenció con un juramento: “María Rosario Astaquí”. 

Recomiendo “¿Y qué nombre le pondremos?”, el segundo libro de José Roberto Cadavid Mendoza, con la ayuda de su hermana Rosita y de otros buscadores, no de gazapos, como su papá, sino de extrañas originalidades paternas, maternas o mancomunadas. Y solo puedo saludar su aparición con un “¡Por fin bienvenido, carajo!”.