Por Oscar Domínguez G.
Esos muchachos, Luis Domínguez Calle, 21 años, nacido en Santa Bárbara, hijo de Carlos y Amalita, y María Genoveva Giraldo Jiménez, de 20, hecha en Montebello, hija de Lubín y Ana Rosa, madrugaron más de lo acostumbrado hace 84 años, un día como hoy 16 de febrero de 1942.
A las poco románticas y heladas seis de la mañana montebellense, ambos de negro hasta los pies vestidos, entraban al hermoso templo parroquial de Montebello, construido por el mismo arquitecto belga, Agustín Goovaerts que nos regaló el edificio ajedrezado de la gobernación de Antioquia, reencarnado en Museo de Antioquia.
En la iglesia Luis y Geno (en la foto oficial del «martirmonio») convirtieron en matrimonio un amor que se les salía de la piel. No aguantaron más ese noviazgo siempre vigilado de reojo por Mamá Rosa, la suegra, que durante las visitas tejía interminable croché en su casa de la vereda El Bosque.
Les hacía estricta marcación a un metro diez centímetros de los novios que se decían con los ojos lo que no se podían comunicar con las palabras. Ni con las manos que llegaron huérfanas de caricias al matrimonio.
Él la enamoró con su pinta, sus detalles, su capacidad de trabajo, su integridad y unas poéticas cartas de amor escritas a mano con encabador y tinta negra, que incluían metáforas que ponían arrozuda la piel de la frágil novia.
Una de esas cartas – que conservamos- termina así: “Y sin más, recibe en la humilde queja de un suspiro, mi doliente corazón”.
La carta fue respuesta a un telegrama lacónico a morir: “Tu silencio no opónese recordarte”.
Ella, muy acatada por los muchachos de su edad, puso a caminar en las pestañas a su travieso don Juan, con su belleza, silencio, fragilidad, sensibilidad y coquetería que nunca han prescrito. O sea, gracias al telegrama, mi padre regresó y entre los dos se las apañaron para amasar nueve hijos, seis de los cuales seguimos en circulación con una que otra pategallina en los rostros.
Terminada la ceremonia religiosa en la que se casaron otras ocho parejas, en camión escalera, don Luis y doña Geno viajaron a luna de miel … a Santa Bárbara, a la casa de los padres del novio.
Mamá Rosa, que no daba su brazo a torcer, le empacó a la pareja a Aura, su hija mayor, mujer de José Antonio Villegas, viudo de profesión, como para que le diera los “primeros auxilios” a su virgen hermana, en caso de necesidad.
La tía Aura entendió que una luna de miel, por definición, se agota entre dos, y antes de caer la noche desertó dejando a su temblorosa hermanita en la soledad de Luis en compañía.
Conociendo apenas las vocales del sexo, la pareja se las ingenió para descubrir esa misma noche cómo iba el agua al molino.
La pareja, para decirlo en certeras palabras de mi madre, vivió el invierno, el verano, la primera y el otoño de toda relación.
Se lucieron como paisas de toda la cayana. En las casas de entonces se nacía liberal o conservador, católico o católico. Hicieron todo lo posible por inocularnos su credo católico. Solo nos dejaban la opción de escoger equipo de fútbol.
Nos levantaron a punta de catecismo del padre Astete y de esa segunda trinidad bendita que cantó GGG, Gregorio Gutiérrez González, paisano de la abuela materna: frisoles, mazamorra, arepa.
Solo aprendieron a conjugar verbos como trabajar y ser honrados. Eso se daba silvestre. Venía en el árbol genealógico. Nadie sacaba pecho por ser íntegro. Se daba silvestre. No había que proclamarlo a los cuatro vientos.
Sacar vacaciones nunca figuró en su agenda vital. La lúdica era una palabra desconocida. Sus padres, nuestros abuelos, pertenecieron a una generación que no conoció el mar ni el televisor a color.
Tampoco se había inventado el estrés. Hacer algo que no fuera camellar, camellar y camellar, era una bobada.
Dudo de que mi padre haya tenido tiempo de haber ido alguna vez a cine o al Estadio. Con mi madre recuerdo haber ido una vez al Teatro Alameda, de Medellín: Lloramos a moco tendido viendo “Marcelino, pan y vino”.
En la educación que nos dieron, el viejo encarnó el pulso firme. Ella, la mano siempre tendida a sus polluelos. A espaldas del severo marido que solo quería que estudiáramos y estudiáramos, ella alcahuetiaba los noviazgos de las pipiolas que gracias a ellas no se quedaron para desvestir santos de palo en Semana Santa.
Con su quinto elemental, repetido porque en la escuela no había más cursos, ella batutiaba las tusas existenciales de todos. Los dos fueron siempre generosos a morir con todo el mundo, el centro de toda parranda o corrida de catre.
Nos levantaron dentro de la mayor y mejor austeridad, esa en la que no falta ni sobra nada. Y nos enseñaron a compartir y a no meter nunca la mano en un bolsillo que no fuera el nuestro. Que sigan disfrutando su eternidad…


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