28 noviembre, 2020

Primicias de la política, empresariales y de la farándula

Un buen día

Por Carlos Alberto Ospina M.

“Te quedaste cruzado de brazos no dijiste una palabra. Entonces, creí que no habías sentido mis caricias. ¿Sabes? Yo me entrego toda, como soy”.

La inquietud de Isabel señalaba al terreno insondable de las sensaciones en donde el silencio no desmerece solo busca la continuidad del sorpresivo regocijo. Ambos apartados y ansiosos por vivir cerca, en otro sentido, por romper la discreción.

Ella, juzgo impropio ese gesto de reserva; en verdad, Alberto, estaba a punto de caerse de gozo. Por eso, no sintió el disgusto que causa el que ponga de manifiesto su aparente sosería. Él, creía en la sinceridad de lo no dicho, simplemente, perdió el uso de razón entregado a la contemplación.

“Cuando siento algo por alguien me gusta tocar su cara, conocerlo más y meter mis dedos dentro de su pelo. Es un error mío, espero que la persona muestre una señal de aceptación”.

El día de fiesta llegó después de 9 años de coquetería y de amorío pasajero. Las distracciones mutuas, la falta de decisión y la duda, por parte de ella, a recibir el escarnio familiar aplazaron las demostraciones hasta más no poder.

El plácido camino de las insinuaciones esparcían una sustancia incolora y penetrante en cada fibra de la tez. El sonido elevado de la voz y la sonrisa impertinente llamaron la atención de Alberto que, gustaba de la ironía, para aproximarse.

“¡En su cumpleaños le hago, también, lo que quiera… de comer!”

“¡Ah! bueno que no se le olvide el encargo”, respondió Isabel, a la vez que echaba un vistazo en torno al salón social para verificar que nadie amargara el dulce de la naciente complicidad.

Algunas veces para llamar la atención, la joven mujer, irrumpía en cualquier escenario. Conminaba al hombre de mediana edad a que siguiera su recorrido sin importar los objetos o las personas que se atravesaban en el trayecto.  ¡Mírame y tócame! Parecía el credo de los amantes vaporosos. Alberto, expectante e incómodo. Isabel, con su vestido blanco transparente en contra de la inapetencia.  Los dos en pura tensión nerviosa y abiertos los pechos a la intimidad.

“Debo confiar en mí. No tengo por qué sentirme cohibida”, de tiempo en tiempo, Isabel, rebuscada excusas para no tener contacto y de esa manera, preparar la huida siempre que él intentaba aproximarse. La solapada táctica no lograba el abatimiento del apetito ni el desorden mental. Ellos, a fin de cuentas, en lo sustancial se encontraban de acuerdo y ardían en deseos de casi todo.

Alberto, apostó a la cordura de su modo de obrar y de pensar. “¿Cómo ha de partir sin tocar el borde de mi corazón? ¡Ir y venir lo prefiero aquí!”, reclamaba para sí.

Esa noche a principios de la pandemia sin la prohibición de uno con otro, entraron en un espacio invisible de ensueño que absorbió el miedo.  De repente, ella, desplegó sus tersas manos liberando sobre los labios de Alberto, el anhelado néctar de la piel contenida durante el lapso que ellos reprimieron.

Él no se quedó cruzado de brazos solo quería perpetuar aquel instante mágico e irrepetible, auténtico y sorprendente, singular e inesperado, el mismo que coloreó la boca a base de fragancias sublimes. Alberto, sabía que era eminente volver a abrir los ojos, un buen día.