23 enero, 2026

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Últimas palabras con Felipe Ossa

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Carlos Gustavo Alvarez

Por Carlos Gustavo Álvarez 

Hace pocos meses vi por última vez a Felipe Ossa. Entró a la zona de comidas en el primer piso de Unicentro, acompañado de personas que asimilé como su familia. Se sentó a una mesa a la que no acudí a saludarlo, empecinado como soy en la creencia que esos espacios son de respeto absoluto y uno no debe asomarse a ellos con su atuendo de reptil.

El 22 de agosto del 2023 había recibido su último mensaje. “Estoy un poco retirado de la librería –-me escribió a las 1:50 p.m.– Tengo problemas de salud que requieren de todo mi tiempo”. Era su respuesta a un recado que yo le había enviado seis días antes, con el corazón en la mano. “Apreciado Felipe: sentí una gran emoción esta mañana cuando me entregaron el libro con su firma y la carta que me dejó con él. El libro que está en sus manos, «El viaje en que se supo casi todo», se lo dediqué con admiración y cariño. Es mi forma de decirle «Gracias» por todo lo que ha hecho por los libros, la librería, los lectores, los editores y nosotros los autores, pero, sobre todo, porque ha sido un gran ser humano para todos. Gracias, Felipe”.

Al comenzar el mes de julio de 2023, y cuando los acontecimientos de mi novela “El viaje en que se supo casi todo” estaban a punto de cerrar su andadura luego de una escritura febril, había encontrado su libro “Leer para vivir: memorias de un librero”. Editorial Planeta lo había publicado en 2006, con una dedicatoria tripartita: a un claustro, la Librería Nacional; a tres maestros: Luis E. Ossa (su padre, librero, bibliófilo), J. M. Ordóñez (fundador de la Librería Nacional) y Bernardo Ramírez, su gran amigo; “y a mi esposa, Claudia, quien mientras yo escribía, ponía en orden los libros de mi biblioteca”.

Todo lo que diga ahora sobre la impresión que me causó el libro de Felipe hace justamente un año, es sombra de ese esplendor, pero sigue siendo brillo. Yo conocía a Felipe Ossa de tanto ir cuando era joven a la Librería Nacional del centro –-en el mismo edificio donde en un despacho de abogados oficiaba el poeta Darío Jaramillo Agudelo, que allí me regaló “Tratado de Retórica” y me animó a seguir mi camino de escritor– y de encontrarlo, luego, en la sucursal de Unicentro, recinto icónico del libro en Bogotá. Salía del minúsculo aposento que ocupa la oficina de administración de la librería en el centro comercial y no tenía descanso de tanto hablar con clientes, autores, amigos, las personas que giran como satélites curiosos y apasionados alrededor del Universo del libro.

Yo no era su amigo. No, en el sentido que compartiéramos recodos de convivencia o de tertulia siquiera, confianzas de la vida, esas cosas. No tengo fotos con él. Era sencillamente un escritor que lo admiraba. Y admirar a alguien es una forma de ser su amigo. Hablábamos. Alguna vez tomábamos un café. Solamente que, al terminar de leer su libro, el 4 de agosto de 2023, con las páginas subrayadas y cargadas de anotaciones, tenía la certeza que, de alguna forma, nos habíamos asomado a una misma ventana para ver la vida. Y una mirada común es también una arista de la amistad.

De repente, lo vi dirigirse hacia la zona de servicios. Llevaba una chaqueta oscura y unos pantalones grises. Estaba muy delgado. Imposible no advertir el fantasma de un quebranto. Lo acompañé unos pasos. “Me estoy recuperando”, me dijo, con un aliento entusiasta y visible y supérstite en medio de la congestión. Le agradecí de nuevo el apoyo que la Librería Nacional, él, Amanda, me habían brindado en la distribución de “El viaje en que se supo casi todo”. Nos despedimos.

Su libro es el punto de encuentro de su experiencia con la de quienes hemos tenido desde muy jóvenes a la lectura como lazarillo, como lámpara, como razón de vivir, como aliento. Tan suficiente y posesiva, tan enriquecedor el oficio de leer –en forma de cómics, que Felipe degustó y exploró con sapiencia o de todo tipo de libros–, que el colegio quedó en un plano remoto, que la suma de los libros nos tituló como autodidactas profesionales. Los maestros provenían del mundo entero, de todas las épocas. “La pasión del saber me salvó de la mediocridad sin luz”, escribe Felipe.

Tomados de la mano de una curiosidad avasalladora e inagotable, como tiene que ser, leer y leer, diarios de lectura, relecturas. O como reseñaba Felipe acerca de los clásicos Jackson, “así que, por disciplina, por propia imposición, los leía completos, volviendo sobre las páginas que no entendía y recurriendo al diccionario para aclarar significados o conceptos”. Tal cual.

También a él, como nos pasa a todos los lectores voraces cuando hemos descubierto el magnetismo de las historias en la adolescencia, se le escapaban indómitas las aves de la comprensión plena. “Tal vez muchas de esas lecturas no las asimilé –escribe Felipe Ossa–. Posiblemente faltó un maestro que me ayudara a comprender mejor ciertos textos. Pero esta intimidad con las grandes obras, con las ideas cumbres de la humanidad, con todo lo creado por el hombre, abrió mi mente y me mostró horizontes”.

Le dejé el libro, su libro, para que, por favor, me regalara un autógrafo. Le dediqué “El viaje en que se supo casi todo” con unas palabras que danzaban vestidas de orgullo: “Para Felipe Ossa, por su epopeya de Gran Librero: yo también Leí para Vivir”. Y entre los epígrafes incrusté unas palabras de su libro, dirigidas a destacar cómo su padre lo animó a leer historietas, “como un paso inicial para libros más serios”. Tal cual.

Y le pedí que me regalara el honor de prologarme el libro.

Pasaron unos días. Me avisaron que Felipe me había dejado el libro en Unicentro. Cuando me lo entregaron, lo abrí ansioso buscando su presencia solar. “Gracias por leerme y por sus palabras de admiración y aprecio –así estaba signado en su caligrafía simétrica, con algunos trazos mínimos ilegibles–. Me siento muy honrado. Gracias, también, por su amistad y aprecio. Cordialmente. Felipe Ossa”.

El lunes 22 de julio de 2024, mi amigo Germán Manga, que es un lector voraz y benditamente acuciante, me escribió por WhatsApp un mensaje que me ensombreció como un eclipse: “Murió Felipe Ossa”. Las 6:36 de la mañana. Era el Gran Librero del país, sesenta años al frente de la Librería Nacional, a la que ingresó de 18 años, haciendo de ella un gran epicentro de la lectura. Transitó por la vida pasando las páginas durante ocho décadas. Era bogotano, pero creció en Buga, Valle del Cauca, de donde era su familia paterna.

De la entraña de su libro que me había autografiado, se deslizó una hoja que desdoblé con asombro. Leí:

“Estimado amigo: le dejo el libro firmado. En cuanto a su manuscrito, le prometo leerlo. No sé, no me siento capacitado para escribirle un prólogo. La verdad, no soy un escritor, ni un crítico literario. Simplemente un librero, entre otras cosas, ya retirado. Vengo muy poco a la librería, pues estoy jubilado. Leeré su libro y le avisaré si realizo esa tarea. Gracias por tenerme en cuenta”.

Sin noticias suyas, es decir, verlo, saber algo de él, le escribí el 9 de julio de 2024. Quería contarle sobre el comentario que acerca de “El viaje en que se supo casi todo” había escrito José Miguel Alzate, en El Tiempo. Volví a agradecerle desde mi corazón, extrañado de su ausencia, devoto por su ayuda, por su existencia. Tal vez no leyó el mensaje. No me respondió.

¿Qué más puedo decir? Qué más pueden decir los miles, los millones de colombianos que recibieron sus palabras personales o por la radio o digitales, hablándonos de libros, animándonos a escribir. Y a leer.

Leer para vivir.

Gracias, Felipe.

Gracias, Amigo.

Gracias, Maestro.