Torcido símbolo

 

Por Carlos Alberto Ospina M. (foto)

Es costumbre caer en la generalización y sospechar de todos, en lugar de diferenciar, la persona sucia o rastrera, de los demás que integran el ejercicio profesional. En el periodismo algunos crecen como la mala hierba no para esparcir la defensa de los derechos humanos, la justicia social y la igualdad, al contrario, actúan a semejanza de pandemia para ahondar el descontento y propagar la semilla de la mentira.

La moral no se alquila ni la ética desaparece en presencia de los hilos del poder desplegados por los conglomerados económicos que, pretenden imponer, la narrativa que manosea la realidad y maximiza las utilidades. A la par unos cuantos periodistas inventan historias unidireccionales, elaboran documentos apócrifos y afianzan empalizadas para sostener el estado de cosas adversas. La clase política y los hombres adinerados que consiguen medios de comunicación son una especie de herpes que infecta las manifestaciones culturales e impide la construcción del diálogo social.

Gracias a la universalidad e integración tecnológica los esquemas de manipulación, la sumisión vergonzante, la hipocresía, los lambones, los fingidos anunciadores y los vendedores ambulantes de noticias, cada vez más, permanecen expuestos al escrutinio instantáneo. La gente no come cuento, aunque echan a la mayoría en el mismo costal de descrédito. (Lea la columna).