Por Enrique E. Batista J., Ph. D.
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El peligro es inmanente a la misma condición de existir. De vivir en un mundo en donde la naturaleza misma es, y puede seguir siendo, adversa al bienestar de los humanos, ya sea por riesgos creados debidos a fenómenos naturales (ahora cada vez más crecientes), pero también por la amenaza que distintas formas de vida pueden representar para la seguridad de las personas.
Vivir, entonces, es un ejercicio consciente de esquivar los peligros; el vivir seguro es un requisito esencial que implica el desarrollo de distintos tipos de habilidades para que, con agudeza cognitiva y mental, se pueda entender la esencia de los peligros (en la misma naturaleza y en la sociedad), anticipar salidas exitosas y evitar ambientes y circunstancias en donde el peligro no sólo sea latente, sino real o inminente.
Cuidar la vida es, entonces, una habilidad construida y heredada por cada generación. El ser humano necesita ser bioseguro, alejarse de contextos y ambientes naturales y sociales tóxicos. El cuidado propio de la vida depende del conjunto de estrategias creadas, aprendidas y constantemente innovadas para permanecer vivos. De modo paradójico, la bioseguridad implica a la vez la defensa, a veces de modo cruento, de otros seres humanos. El conflicto bélico casi siempre ha sido el resultado de malos entendimientos que, con predecible consecuencia, han afectado la seguridad de los grupos humanos.
Existe, y persiste, la hipótesis de que los humanos estamos condenados a la guerra, a vivir con la inseguridad a manera de una impronta que nos caracteriza, a vivir inseguros; y ahora más con la abundancia de fenómenos naturales cada vez más perturbadores, la inminencia de una extinción masiva de todos los seres vivos debido, entre otros factores, al calentamiento global y al número creciente de conflictos bélicos con herramientas de guerra, incluidas las nucleares, que pueden estar al alcance de personas o de grupos que, por razones ideológicas contrarias al buen vivir, desarrollan el potencial de afectar la seguridad de todos.
El río y los mares, que pueden ser concebidos como lugares de relajación, gozo y paz mental, encierran, como todos sabemos, por factores antrópicos, peligros inminentes. Muchos seres humanos son, en sí mismos, una fuente de inseguridad. Es costumbre escuchar que los ciudadanos no se sienten seguros en sus ciudades, o en los campos, por el temor a otros humanos. Tampoco, como es bien reconocido, en las escuelas donde se aprenden los valores de la convivencia, las buenas costumbres y la civilidad, es cada vez más frecuente que alumnos y maestros convivan con los riesgos para su seguridad e integridad física y mental.
En varios momentos de la historia, los niños y jóvenes fueron preparados para la guerra, como una manera de preservar la seguridad de sus comunidades o naciones. Hoy todavía se puede reconocer que niños y adolescentes son reclutados para la guerra en lugar de estar recibiendo formación familiar, escolar y social para la convivencia pacífica. Siempre sonará contradictorio que la escuela pueda ser un sitio de formación para el conflicto, el odio, la violencia y la guerra.
En el mundo interconectado, con el fácil acceso a recursos de comunicación, la inseguridad se ha acrecentado. Existe la seguridad que da la ternura maternal, el cariño de los amigos, el amor fraternal y aquel que acrecienta la ternura que el dios Eros tiene reservada para los que, en dulces romances, se aman. Si la calle y los distintos ambientes citadinos (y los rurales caracterizados como bucólicos e idílicos) son cada vez más cercanos a la siembra de la discordia y la violencia. La inseguridad del mundo físico ha sido trasplantada a los ambientes digitales, en donde parece no entenderse el valor de la civilidad, de las normas de la buena conducta ni las reglas del buen vivir como ciudadanos.
Así, la comunicación humana, como elemento fundamental de la construcción de humanidad, se ha tornado en un campo en donde la seguridad personal, física, psicológica, social y moral está permanentemente amenazada con abiertos comportamientos de libertinaje, con la aplicación de la regla de que todo cabe, de que no hay responsabilidad exigible por acciones y comportamientos amorales, impropios e ilegales y que, con infundada creencia, todo es anónimo y que todo se puede. Es decir, el mundo interconectado está regido por la ciberinseguridad.
Distintos países han avanzado en normas de ciberseguridad. Más recientemente, se han expedido regulaciones para prohibir la suscripción a redes sociales de niños y adolescentes; se ha fijado como límite la edad alrededor de 16 años; avances muy importantes, pero también insuficientes. Se requieren procesos formativos para toda la ciudadanía y el establecimiento de reglas de protección que mantengan la ciberseguridad para todos.
Si cuidamos a los niños en el mundo físico, es muy importante recordar que el mundo digital es igual o más peligroso, con la desventaja de que es más difícil ejercer control sobre las diversas conductas en que puedan incurrir los niños al ser arrastrados en tropel y de manera inmisericorde al universo de comportamientos en línea.
En la Unión Europea se ha expedido la clasificación de los riesgos online que tienen los niños y jóvenes, con las «Cuatro C» sobre. Esa clasificación se expresa en cuatro categorías: Contenido, Contacto, Conducta y Contrato (también denominado Comercio), cruzadas con tres componentes: Agresivo, Sexual y Valores.
El gráfico siguiente resume la propuesta:
Clasificación de los riesgos de los menores en línea
La propuesta agrega los siguientes componentes transversales:Violaciones a la privacidad (interpersonales, institucionales, comerciales), riesgos físicos y de salud mental (sedentarismo, uso excesivo de pantallas, aislamiento, ansiedad), desigualdades y discriminación (inclusión/exclusión, explotación de vulnerabilidad, sesgo algorítmico, analítica predictiva). (https://shorturl.at/TCluM, https://shorturl.at/aBbdg, https://shorturl.at/p5ctn).
A ellas, he agregado personalmente otras dos C para la ciberseguridad de los niños y jóvenes: Conciencia y Cooperación. Conciencia, para asegurar que los menores son conscientes y comprenden que en el mundo digital existen tantos, o más riesgos, como en el mundo físico; sin la conciencia y conocimientos de tales riesgos, seguirán siendo presas fáciles de la perfilación, de la intención abierta de llevarlos a la insanidad mental, de ser clínicamente adictos hasta alcanzar la humillante condición de la esclavitud digital. La C, de Cooperación, se refiere a la circunstancia de que no basta una clasificación de los riesgos, sino que se requieren acciones por parte de las entidades de orden mundial que aseguran el derecho de niños y jóvenes, de los gobiernos, de los padres de familia y también de los maestros; ese esfuerzo cooperativo podrá asegurar una vida mucho más segura, en el mundo físico y en el ciberespacio, para niños y jóvenes.


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