1 febrero, 2026

Primicias de la política, empresariales y de la farandula

Queremos instituciones libres, autónomas, actuando en concordancia con un país profundamente desigual

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Por Claudia Posada 

Para elegir a quienes nos han de representar en Cámara y Senado a partir del 20 de julio del año en curso, una vez se agotó el tiempo de modificaciones y ajustes, se inscribieron 3 mil 144 aspirantes a ocupar curules en el Congreso; sus postulaciones se realizaron a través de herramientas tecnológicas en más de un 90%. Significa entonces que, la tecnología, léase, la virtualidad, es el nuevo mundo para percibirlo, interpretarlo, emocionarnos, entristecernos, asombrarnos, ilusionarnos o preocuparnos; y los políticos (o sus asesores y estrategas) lo saben. Aquellas épocas de vibrantes campañas políticas, se esfumaron. Abrirles la puerta a los candidatos que nos presentaban sus promesas de campaña, ellos, volante en mano, nos decían cara a cara, porque querían nuestro voto, y, de paso, cuál candidato para la presidencia apoyaban. A los que deseaban ocupar la Casa de Nariño, los veíamos asistiendo a las “manifestaciones” públicas o en transmisiones por televisión; ah, también podíamos ir a verlos echar sus discursos desde balcones de las grandes plazas. Sí, eso sí que era mover emociones. Bueno, no es que “el tiempo pasado fue mejor”, es que el mundo evoluciona al ritmo de la tecnología.

Particularmente sigo aferrada en materia política (valga la aclaración) a un postulado “religioso” como él, aquel al que le oí hace años, un amigo tan político como católico y hermoso ser humano: Roberto Hoyos Ruiz, hijo de un gran congresista marinillo, Roberto Hoyos Castaño, ambos ya en la Paz Eterna: “La cara del santo hace el milagro”. Y es que desconfío tanto de las redes sociales que es hasta maluco. Los colombianos estamos pasando por un periodo de incertidumbres dañino a la sociedad que nos cobija. Los dilemas que nos fustigan, alimentados por las estrategias de campaña política con el objetivo de crear desconcierto profundizando en la polarización, hacen mucho ruido, interferencia que castiga la capacidad de análisis para prepararnos a la llegada de la meta, puesto de votación: 8 de marzo – elegir congresistas- y luego domingo 31 de mayo elección del presidente de Colombia. Ahí vamos, sondeos y encuestas que muestran tendencias. Pero ¿Acaso hay que votar por el que las agencias encuestadoras indican? ¡Nos vamos a dejar arrastrar por puntajes, no, valoremos nuestro voto! Estamos en una democracia y eso es grandioso. Somos cada uno de nosotros, con criterio propio, quienes decidimos. Sí, somos electores inteligentes, discernir contenidos de posturas, mensajes, trayectoria y la “cara del santo”.  Toca ver en las redes sociales sus mensajes “ocultos” y descubrir “intenciones”. Todos esos personajes que son apoyados por influenciadores de toda naturaleza tienen amigos espontáneos, sinceros; y sabemos que también los hay contratados, libreteados; pero, aunque no sea fácil diferenciarlos, es de lo que hay que echar mano para tomar la decisión, interpretando racionalmente cómo es que èste, aquel   o aquella, nos toca la fibra más íntima de la percepción en armonía con el deber ser del ejercicio político: El bien común.

A las maquinarias proselitistas, que han existido, existen desde siempre y existirán por siempre, les debemos “los mismos con las mismas” y sus decisiones más comunes y frecuentes: el ejercicio de la política para satisfacer intereses personales y lo que sirve a los eternos dueños del poder y las decisiones. Romper con la perversidad de apoltronarse en las esferas que están al servicio de las clases dominantes ¡sí es posible! Se consigue caminando seguros y decididos al puesto de votación con un fin indestructible: ¡MI voto vale y cuenta! Allá aquellos que venden su conciencia y voto.  Tremenda satisfacción para el elector honesto, el de criterio propio. Cabe aquí una reflexión. ¿Qué es lo que quiero para mi país? ¿Esos candidatos, aspirantes a curul en el Congreso para vociferar “independencia de poderes” ¿cómo caballito de batalla vacío, arrogante? ¿O quiero instituciones libres, autónomas, actuando en concordancia con un país profundamente desigual?