@eljodario
· Intermedio Editores
Quienes hemos tenido el privilegio de habernos aguantado durante 10 años, todos los días de cada año, a Pedro González, conocido nacionalmente como Don Jediondo, por fin pudimos encontrar una explicación a ese vivaz temperamento, a esa capacidad de mamar gallo y de quedarse serio, pero, sobre todo, de poder entender cómo se forja un cuenta chistes de categoría excepcional como lo es el boyacense de marras.
Por alguna razón que no explica en ninguna de sus 248 páginas de su autobiografía, titulada EL DIA QUE SE RIERON DE MI, Don Jediondo no nos da alguna pista sobre quién le sopla los libretos, quién le ilumina o le nubla sus demostradas inhabilidades para ser hombre de empresa y, mucho menos que nos dice en qué consiste su facilidad para volver sátira o parodia hasta los versículos de la Biblia y añicos su capital fracasando estruendosamente en los vendederos de sopas y sopitas que montó en medio país.
Por supuesto, se acaba el libro y tampoco sabemos sus lectores quién le dijo a este genial boyaco o quién lo convenció que hasta podía escribir su autobiografía y contarla como cualquiera de sus intervenciones en La Luciérnaga y Sábados Felices. Porque no hay que exagerar, Don Jediondo es una máquina de humor y un armador del putas de las parodias, pero escribiendo resulta siendo un viejo desocupado.
Sin embargo, leer su cháchara es finalmente tan divertido como oírle echar sus cuentos. Saber de sus penurias de niño. Oírle del amor inmenso por su madre, que le enseñó a hacer empanadas, pero no a hacer cuentas. Y, en especial, conocer todos los vericuetos que ha pasado desde cuando se creía un locutor con un palo de escoba como micrófono en su natal Sutamarchán, produce risa en ascenso.
Quizás si yo no hubiese trabajado con él, pero protegido por Hernán Peláez, en la inolvidable Luciérnaga con que alumbramos por años al país, no habría metido el diente a este libro. Pero me ha resultado tan divertido que al terminarlo soy capaz de afirmar, en serio y no en broma, que Don Jediondo aprendió a escribir y que hasta al más hosco lector le arranca una sonrisa. (Opinión).
Escuche al maestro Gustavo Alvarez Gardeazábal


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