No son élite política, son clase dominante

 

Por Claudia Posada (foto)

Es evidente que las denominadas élites colombianas, no son lo que comúnmente creemos, no; para pertenecer a una élite cualquiera, no se necesita apellido “almidonado”, o billones en las cuentas personales, empresariales o familiares. Antioquia tuvo verdaderas élites, ellas posibilitaron riqueza industrial, desarrollo económico, seguridad urbana y rural, crecimiento intelectual. “Hubo una Antioquia grande y altanera…”.

Las características que diferencian a los líderes de ayer, con relación a   las clases dominantes de hoy en todo el país, son   las que hicieron de Antioquia una región próspera y de oportunidades. Al prevalecer la rectitud, las habilidades para generar entusiasmo y el ímpetu al crear expansión con profundo sentido solidario estimulando a otros, las élites de aquel entonces, sin perder reciedumbre, fueron respetuosas e inspiraron respeto. Siguiendo el ejemplo de esos grandes generadores de riqueza nacional, quedan muy pocos, y, en general, no quieren estar en el mundo de lo público.

¿Por qué, mantenerse en los escenarios de los privilegiados, sin méritos, los hace parte de la clase dominante y no élite? Simplemente porque determinar el orden social, económico y político del país, no es suficiente condición para cerrar la brecha de la desigualdad en Colombia, y menos, les permite aportarle como debería ser, al perfeccionamiento del tipo de democracia que tenemos.

Necesitamos de la clase política, más capacidad de transformar, de resolver crisis, de orientar hacia la estabilidad socio-económica; y en todo caso, que obren con miras al bienestar integral de los ciudadanos. Estas características en la dirigencia colombiana, hace años se perdieron, de ahí que lo que se dicta desde las tribunas del quehacer público, no tenga credibilidad.

Colombia padece las consecuencias de la desmaña en la clase política, de sus ambiciones, de su carencia de solidaridad, y de su falta de respeto por quienes defienden con argumentos, posiciones distintas a las propias.

Está Colombia como corcho en remolino dándole vueltas a lo mismo, agitada por polémicas que obedecen a rencores personales, o al cumplimiento de directrices maquiavélicas. De esta manera limitan las acciones propias del empoderamiento en una sociedad como la nuestra, en la que urge despertar de la peligrosa indiferencia a la que hemos llegado. Tristemente convencidos de que no existen herramientas para alcanzar objetivos en el marco de la legalidad, la igualdad, la sensatez y el respeto, el país se hunde.

Lo que podría rescatar al país de la insensatez que impide avanzar en la siguiente etapa de procesos, indudablemente de alta complejidad por los difíciles componentes inherentes a ellos, no es de ninguna manera ignorando posiciones que pretenden atajarlos, irracionalmente, por satisfacer egos personales

Con respecto a las situaciones que afectan al colectivo ciudadano en cualquier ámbito de sus derechos, la clase dominante no cumple con responsabilidad los deberes constitucionales, porque teniendo en sus manos el destino de los colombianos, sea cual sea el cargo de elección popular que ostenten, o las funciones que desempeñen, son inferiores a los principios éticos que caracterizaron a las élites.

Está en manos de nosotros como pueblo, al igual que en las de la dirigencia, constituirnos en grupos de presión cuyo poder sea equivalente o superior al de la clase política, impidiendo que sigan ganado terreno pretensiones de movimientos radicales que no dan espacio a la libertad ideológica. Extrañamente, somos los ciudadanos mismos quienes aceptamos esa especie de sometimiento pasivo, desconociendo los mecanismos e instrumentos contenidos en la Carta Magna para el ejercicio de ciudadanía.

En conclusión, es inminente recuperar el verdadero sentido de lo que significa pertenecer a las élites; una condición humana que, particularmente en los escenarios políticos, se demuestra tomando grandes decisiones para lograr una sociedad fuerte democráticamente; es decir, creando -sin exclusiones perversas- las estrategias o Políticas de Estado, que garanticen el creciente bienestar de los sectores conformados por buenos ciudadanos.

La XIV estrofa del Himno Antioqueño, bien vale la pena recordarla y reflexionar en torno a cómo nuestros ancestros, con menos conocimientos y ninguna tecnología, tenían mucha más conciencia de lo verdaderamente esencial para el bien común. Interpretémosla como se nos antoje:

Perdonamos al rendido
porque también hay nobleza
en los bravos corazones
que nutren las viejas selvas.