Por Juan Guerra – Publicista.Â
El pasado fin de semana, la carrera 70 en MedellÃn se convirtió en un testigo silencioso de una tragedia que va más allá de un simple suicidio. En el último piso de un hotel, una persona estaba al borde del abismo, desesperada, angustiada, mientras la multitud se reunÃa en la calle abajo. Sin embargo, lo que más impactó no fue solo el acto final, sino la cruel narrativa que se desplegó entre los espectadores, quienes, en lugar de ofrecer compasión, instaban a la persona a dar el fatÃdico paso.
Vivimos en una era conectada, donde la tecnologÃa nos une en una red virtual pero, paradójicamente, nos desconecta en lo más básico: la empatÃa. ¿Cómo hemos llegado a un punto en el que la desesperación humana se convierte en un espectáculo macabro para algunos, en lugar de un llamado de auxilio para todos?
La crisis de empatÃa es una enfermedad silenciosa que inunda todos los rincones de la ciudad. La frialdad de la multitud refleja una falta alarmante de conexión humana. La indiferencia de aquellos que animan a la tragedia revela no solo la ausencia de compasión, sino una profunda desconexión de la realidad que todos compartimos.
El dolor ajeno no es un entretenimiento. ¿Cuándo perdimos la habilidad de sentir el dolor del otro, de entender que la desesperación de uno deberÃa movilizar la solidaridad de todos? A medida que MedellÃn avanza, parece distanciarse de su propia humanidad.
La tecnologÃa, lejos de acercarnos, a menudo nos aÃsla en burbujas digitales donde la realidad de los demás se diluye en pixels y bytes. Las redes sociales, en lugar de construir puentes emocionales, a menudo se convierten en plataformas para el juicio y la crueldad.
MedellÃn necesita despertar del letargo de la indiferencia. La crisis de empatÃa no es solo un problema individual, es un mal que permea la estructura misma de nuestra sociedad. Debemos preguntarnos a nosotros mismos, ¿cuándo fue la última vez que realmente nos preocupamos por el bienestar de nuestros padres, hermanos, amigos, esposos, hijos?
El doloroso suicidio en la carrera 70 debe ser un llamado de atención, una alarma sonora que nos recuerde que la empatÃa es la fuerza vital que nos une como humanidad. No podemos permitirnos vivir en una sociedad donde la desesperación sea respondida con indiferencia.
La falta de empatÃa no se resuelve con simples palabras, sino con acciones concretas. Mayor acceso a servicios de Salud Mental, los escuchaderos, formación en primeros auxilios psicológicos, programas de concientización y educación en habilidades para la vida son algunas ideas para enfrentar esta crisis. Es hora de mirarnos en el espejo, de cuestionar la calidad de nuestras interacciones diarias y de reconstruir los lazos que nos unen como seres humanos. Solo asà podremos superar el abismo de la indiferencia y vivir en una ciudad donde la empatÃa sea la fuerza que nos guÃe hacia la comprensión mutua y la solidaridad.
Si tiene a alguien al lado, salúdelo, abrácelo, pregúntele cómo se siente. MedellÃn puede reconstruir la empatÃa, esa que siempre ha sido una parte integral de nuestra identidad.


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