30 noviembre, 2025

Primicias de la política, empresariales y de la farandula

La Presidencia no es una pasantía

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Por Sandra Milena Alvarado P. 

En los últimos años, a los colombianos nos vendieron una peligrosa ilusión: que para llegar a la Presidencia bastaba con tener carisma, un buen relato y un par de frases virales en redes sociales. Como si gobernar un país fuera un experimento, una especie de pasantía bien paga para quien supiera encender emociones y apagar preguntas incómodas.

Hoy estamos pagando el precio.

Un país con el tamaño de las heridas de Colombia no puede darse el lujo de improvisar en la jefatura del Estado. No después de décadas de terrorismo, secuestro, narcotráfico y corrupción. No después de ver cómo, en cuestión de meses, se deterioran la seguridad, la inversión y el respeto internacional que con tanto esfuerzo se habían construido.

Hay algo de madurez democrática en reconocer que la hoja de vida sí importa. Que no da lo mismo alguien que nunca ha mandado un pelotón que alguien que ha tenido bajo su responsabilidad la vida de miles de hombres y mujeres de uniforme. Que no es igual quien habla de economía como consigna ideológica a quien la ha visto desde el Estado, desde la empresa privada y desde la diplomacia.

En un país como el nuestro, con zonas enteras disputadas por bandas criminales, disidencias y carteles, el próximo Presidente tendrá que tomar decisiones que no salen en los manuales de campaña. Tendrá que hablar con jefes de Estado, con inversionistas, con la tropa y con campesinos a los que la guerra les cambió la vida. Tendrá que entender un mapa de riesgo que va desde la frontera con Venezuela hasta las costas del Pacífico, pasando por ciudades donde el crimen organizado ya aprendió a usar corbata.

Eso no se aprende con un hilo en X ni con un taller de tres días.

También deberíamos preguntarnos algo incómodo pero necesario: ¿qué tipo de relación queremos que tenga el próximo Presidente con nuestras Fuerzas Militares y de Policía? ¿Una de sospecha permanente, de humillación y desconfianza, o una de exigencia firme pero basada en el respeto, el honor y la convicción de que sin seguridad no hay nada?

Colombia necesita un liderazgo que entienda que, sin soldados y policías respetados, bien mandados y bien equipados, toda conversación sobre justicia social es una quimera. Que sin inversión, sin empresas que arriesguen, sin estabilidad jurídica, no hay empleo posible ni clase media que aguante.

Ese liderazgo no se construye en la comodidad de una tribuna; se forja en la experiencia: en los años de servicio al Estado, en las negociaciones difíciles,
en los madrugones para revisar cifras, en las noches en vela por decisiones que no tienen aplauso inmediato.

Por eso, cuando pensemos en 2026, haríamos bien en hacernos una pregunta muy sencilla, casi doméstica: “¿Dejaría yo mi casa, mi familia y mi futuro en manos de alguien que nunca ha manejado nada complejo… solo porque habla bonito?”

Si la respuesta es no, entonces ya dimos un paso importante.

No se trata de buscar un mesías perfecto, de esos que prometen redención instantánea y terminan dejando ruinas. Se trata de elegir, con algo de serenidad, a quien tenga la combinación que esta época exige: conocimiento del Estado, experiencia en seguridad, entendimiento de la economía real, credibilidad internacional y raíces en la Colombia que madruga: la campesina, la militar, la que sabe lo que cuesta cada peso y cada vida.

La Presidencia no es una pasantía. Y Colombia ya no está para aprender a las malas, otra vez.