Por Sandra Milena Alvarado P.
El domingo pasado, el Super Bowl, celebración norteamericana alrededor del deporte, que muestra una idea muy particular de “nación”, se convirtió, por unos minutos, en otra cosa. En el centro del espectáculo apareció un puertorriqueño cantando en español, Benito Martínez, Bad Bunny, con símbolos de su isla puestos sin timidez en el corazón del evento. Su presentación estableció un récord de cuatro mil millones de visualizaciones tras las primeras 24 horas.
Bastaron segundos para que la conversación se dividiera entre celebración e incomodidad. Hubo quienes entendieron la escena como una fiesta cultural y quienes la sintieron como una provocación.
Hubo, además, un rechazo que dijo más de quienes lo lanzaron que del show mismo: “¿por qué canta en español?”, “¿por qué lo ponen si no es estadounidense?”. Como si el español fuera una intrusión y no una realidad cotidiana; como si Puerto Rico fuera un país extranjero y no un territorio de Estados Unidos, con ciudadanos estadounidenses desde hace más de un siglo; o como si el inglés fuera el idioma oficial de Estados Unidos. Y Bad Bunny, sin necesidad de entrar en el pleito, respondió donde más duele al sectario: amplió la palabra “América”. Finalizó con un “Dios bendiga a América” y, en vez de reducirla a una sola bandera, la estiró hasta el continente, enumerando países, recordando que americanos somos todos, desde Canadá hasta Argentina.
Ese reflejo, la reacción, es el punto a resaltar. Porque ahí está la enseñanza que nos sirve a los colombianos justo cuando entramos a la fase más delicada del ciclo electoral: la pregunta quién “cabe” en la patria.
En Colombia, la patria se ha vuelto una palabra peligrosa. La usan los bandos como si fuera propiedad privada, como si tuviera dueño, como si requiriera carné. Y cuando la patria se vuelve carné, lo siguiente es el señalamiento: “usted no es de los nuestros”. Ese es el umbral que precede a todas las formas de violencia política: primero se expulsa al otro del “nosotros”, y después se normaliza que lo callen.
La Constitución de 1991, la que juramos respetar incluso cuando incomoda, dijo exactamente lo contrario. Colombia se definió como Estado social de derecho, democrático y pluralista. Pluralista no es un adorno de prólogo, es una orden de convivencia. Es reconocer que el desacuerdo no es una falla del sistema, sino su condición. La inclusión no es cortesía, es exigencia.
Y, sin embargo, lo que hoy vemos es un país tentado por un atajo emocional, convertir la política en identidad total. La psicología social lo describe con crudeza, cuando el grupo deja de ser una preferencia y se vuelve “yo”, ya no se discuten ideas, se disputan dignidades. Ya no se debate una propuesta, se descalifica a una persona. Ya no se vota por, se vota contra. La política, que debería ser el arte de tramitar conflictos sin rompernos, se vuelve el arte de rompernos para ganar.
Eso explica el clima electoral. El insulto que se volvió saludo. La sospecha que se volvió argumento. El algoritmo que premia el escándalo. También explica por qué se confunde carácter con grito, liderazgo con humillación, firmeza con desprecio. En esa lógica, la moderación es traición, la duda es debilidad, el matiz se vuelve sospechoso.
En su show hubo “raíces”, literalmente representadas en elementos visuales vinculados a Puerto Rico. Benito no se subió a pedir permiso por su origen. Esa afirmación, traducida a Colombia, es una terapia colectiva pendiente: reconocer que la nación no se reduce a una capital, a una élite, a un partido o a una consigna.
Colombia también es acento, región, campo y ciudad, es empresario y sindicalista, es fuerza pública y derechos humanos, es creyente y no creyente, es quien teme por la seguridad y quien teme por el abuso del poder, es quien se siente abandonado por el Estado y quien lo ve capturado por intereses. Y todos caben, todos, dentro del mismo pacto, dignidad, igualdad, libertad de expresión, participación política, alternancia, controles.
El problema no es que exista diferencia, la diferencia es normal en una sociedad democrática. El problema aparece cuando la diferencia deja de tramitarse con reglas y empieza a tramitarse con odio. Ahí el Estado de derecho se agrieta. Ahí la política se vuelve psicología de masas, sustitución de argumentos por pertenencias, de pruebas por rumores, de controles por fanatismos.
Por eso el calendario ya no es un dato técnico, es un recordatorio de responsabilidad. El 8 de marzo de 2026 tendremos elecciones legislativas y consultas interpartidistas. Entramos al territorio donde el lenguaje empieza a producir hechos. Y en Colombia, cuando el lenguaje se degrada, el riesgo no es solo institucional, también es físico. La MOE -Misión de Observación Electoral- viene alertando sobre riesgos para la participación y sobre variables de violencia e interferencia en el ciclo electoral.
Qué hacer sin caer en el sermón de “unámonos”, y más bien adoptar un concepto menos romántico y más útil, el “patriotismo constitucional”. No es amar a un gobierno, es amar las reglas que impiden que cualquier gobierno, del signo que sea, aplaste a los demás. No es idolatrar líderes, es exigirles límites. No es “mi bando primero”, es “la dignidad primero”. Ese patriotismo no elimina la disputa, la civiliza.
Traducido al terreno social, empieza por lo que parece pequeño y en realidad es decisivo, desarmar el lenguaje. Dejar de usar “uribista”, “mamerto”, “facho”, “vendido”, “guerrillero”, “santista”, “petrista”, “tibio” o “paraco” como atajos que reemplazan argumentos. El insulto puede ser rentable, pero suele ser el preludio de la exclusión, y la exclusión, el primer peldaño de la violencia.
Luego viene lo práctico, blindar el proceso electoral. No basta con votar. Hay que pedir garantías, transparencia, controles, pedagogía, observación. Hay que tomarse en serio la presencia ciudadana, jurados, testigos, veedores. La democracia no se defiende sólo con opiniones, se defiende con acciones.
Y, quizá lo más difícil, reconocer al contradictor como compatriota. La oposición no es “enemigo interno”, y el gobierno no es “usurpación”. La democracia se compone de mayorías y minorías, alternancia y control. Cuando ese equilibrio se vuelve pecado, el país empieza a tratarse como botín.
El “fenómeno Benito” deja una frase no escrita pero clarísima, las raíces no son para atacar a otros, son para no olvidarse de uno mismo. Puerto Rico no apareció en el Super Bowl para humillar a nadie. Apareció para existir sin pedir permiso. Y ahí está el espejo colombiano, ¿vamos a permitir que la política nos quite el permiso de coexistir por pensar distinto?
En estas semanas, Colombia no necesita unanimidad, necesita algo más difícil, reglas compartidas y respeto básico por el otro. Si no lo logramos, la campaña será un combate, el Congreso una trinchera y el país terminará gobernado por el resentimiento del ganador y el odio del perdedor. Eso no es victoria, es demolición.
La patria no es un bando. La patria es el único lugar donde, si hacemos bien las cosas, incluso el contradictor ayuda a construir el país que todos deseamos.


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