Enrique E. Batista J., Ph. D.
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Bien se ha afirmado que las dos decisiones más trascendentales que deben tomar los jóvenes son la de escoger profesión u ocupación y cónyuge o pareja. Con lo primero, se pretende garantizar un modo de vida con la satisfacción de necesidades humanas fundamentales; con lo segundo se da cumplimiento al mandato de «crecer y multiplicarse», de procrear para consolidar una familia, el fundamento de la vida social, y también para asegurar la existencia de la especie humana.
Se reconoce que la clase y naturaleza de una y otra decisión ha cambiado de modo sustancial, afectando y dando un nuevo curso a las prioridades de los jóvenes. Para muchos de ellos tener una familia, procrear y criar muchos hijos ya no es tan presionante como en épocas anteriores cuando, en especial para las niñas, existía la presión y hasta coacción familiar y social para conseguir cónyuge, ya que después de determinados años podrían correr el riesgo, se les decía, de que las «dejaría el tren» y vivirían el infortunio de ser una solterona insatisfecha.
Hoy, ellas han renunciado a la condición de ser sólo amas de casa para reclamar igualdad de condiciones frente a los hombres en el mundo laboral, lo cual pospone decisiones de unión en parejas maritales para consolidar una familia, con consecuencias visibles en todo el mundo sobre la reducción del número de hijos nacidos vivos por mujer, con efectos preocupantes en la reducción del ritmo de crecimiento de la población mundial.
La tasa de fertilidad global en 1965 fue de cinco niños por mujer; en 2025 ha llegado a menos de la mitad de esa cifra, muy cercano al valor «mínimo de reemplazo» para mantener la población actual, que se ha fijado en 2.1. Se ha dicho que «El descenso en la tasa de fertilidad es uno de los cambios sociales más fundamentales en la historia humana». (https://shorturl.at/tznUR).
En el pasado cercano, la escogencia de profesión u ocupación siempre tuvo algún grado de complicación, pero no tanto como en este momento. En ese pasado, las ocupaciones y profesiones estaban ahí, relativamente estables, con perfiles de desempeño ocupacional bien conocidos. A las profesiones se accedía por la vía de certificados de educación superior; dichos certificados acreditaban que la persona poseía, de por vida, las habilidades fundamentales para desempeñarse en una profesión, la cual cambiaba muy poco o tenía cambios predecibles que, con alguna forma de actualización, se alcanzaban los ajustes requeridos para el desempeño profesional.
Hoy es más complicado para las nuevas generaciones tomar las decisiones sobre ocupación o profesión debido a que todas están en constante transformación y muchas, por la vía de la automatización y desarrollos tecnológicos, desaparecen o cambian sustancialmente; en un futuro muy cercano existirán ocupaciones y profesiones que hoy no se conocen e incluso ni siquiera se puede prever cómo serán ellas. Así, la escogencia de profesión u ocupación pone a los jóvenes en una encrucijada, como también pone a los maestros y orientadores académicos y profesionales.
Dilema, disyuntiva, encrucijada o pequeña cruz. Un cruce de caminos sin que, literalmente, frente a la elección ocupacional, se pueda con certeza fundamentada saber o incluso predecir a dónde lleva cada uno de ellos. La selección de cónyuge se pospone y los jóvenes permanecen mucho más tiempo en casa de sus padres. El mundo los ha llevado al escepticismo y a la confusión. Tener familia y poseer una vivienda no son prioridades de las nuevas generaciones.
Y la educación sigue, como Johnny Walker, ¡Tan Campante!, recorriendo el mismo camino de antaño, desempeñando su crucial papel social alejada de las presiones vitales y de las realidades existenciales que viven hoy los jóvenes. El propósito de la educación se ha confundido, en una improductiva aleación, con los modos en que ella, en reconocida zona de confort, opera con una amalgama de rutinas altamente improductivas. El resultado es una disociación entre lo uno, la educación como institución social, y lo otro, los modos que en la práctica adquiere su operación.
Predominan los modos, las formas operativas, sobre la esencia, fines y metas de la educación. Estas últimas con frecuencia son olvidadas, llevando a una construcción ideologizada en donde lo que se hace, como quiera que se haga, configura el propósito educativo fundamental. Se confunden modos con metas, un error grave que compromete de manera fundamental el propósito fundamental de la educación a cargo de la institución social clave que la representa: la escuela.
La educación, la escuela y los modos de conducirlas no se han integrado en un propósito coherente que asegure la consecución de las metas sociales fundamentales. Los modos y medios, usualmente expresados como «didáctica», se sobreponen a la educación y la escuela.
Si surgen, desde fuera de la escuela, posibilidades de innovación, las acciones a las que se recurre se centran en las maneras de adecuarlas a lo tradicional, en lugar de explorar y conocer sus posibilidades para que la educación actualice o renueve metas y la escuela readquiera vigencia para la sociedad, para los niños y jóvenes estudiantes. Es decir, se privilegia la cómoda conveniencia y la tradición sobre la innovación y la transformación.
En mitad de la obnubilación que crea la improductiva tradición en los modos de conducir a la educación, a la escuela, a la enseñanza y a los aprendizajes, el mundo laboral envía hacia la educación sus mensajes, botes y boyas salvavidas, señalando mejores rutas para la formación escolar y para la correspondiente inserción laboral de los jóvenes; señales que indican los conocimientos y los nuevos conjuntos de habilidades requeridas. En medio de la obcecación, es preciso reconocer, para abundar en optimismo, que hay muchos estudiantes expresando su inteligencia y también un grupo crecido de maestros que reconocen e impulsan la importancia de la transformación de los improductivos métodos y medios tradicionales escolares. Reconocen y resaltan, unos y otros, la necesidad de prestar atención a las señales que se envían a la escuela desde los campos científicos, tecnológicos y laborales. (https://shorturl.at/lBpmZ).
Así, los cambios en los modos y medios de la educación entrarán a la escuela por la puerta de atrás en cabeza de los estudiantes y de maestros más aventajados, por encima de las consideraciones y talanqueras que, para la transformación de esos modos y medios educativos, impone la mal concebida escuela tradicional con sus estructuras basadas en el añejo e inútil concepto de currículo, espacios de aprendizaje rígidos que permanecen en extraño connubio con la improductiva tradición preservando lo que se necesita, dese hace décadas, ser transformado, ser cambiado e innovado. Transformación e innovación permanente para que la sociedad cuente en el futuro con ciudadanos bien formados y con una fuerza laboral altamente productiva, con ingresos adecuados y garantizada seguridad social.
Pero tal futuro depende de la calidad de vida y de la calidad de los procesos formativos escolares. No habrá futuro promisorio frente a un presente lleno de confusión y prohijador de la confusión, del desespero y de la alienación social y mental. El futuro es cercano; se vive a cada instante en el muy pasajero presente.
En el contexto mundial en el que vivimos es altamente imprevisible la esencia de los cambios; por ello, resultan imperativas las preguntas de cómo y en qué preparar a las nuevas generaciones para un mundo laboral donde no se sabe exactamente cuáles nuevos frentes de trabajo existirán, cuál será la naturaleza y transitoriedad de los mismos, cuáles serán sustituidos por procesos de automatización y por las máquinas superinteligentes, qué nuevo conjunto de habilidades diferentes se requerirán aprender y cuáles nuevos frentes de trabajo podrán estar disponible para que las nuevas generaciones de jóvenes encuentren oportunidades de progreso, de realización y satisfacción personal. (https://shorturl.at/YRafx).
La sociedad necesita jóvenes con futuro, con más futuro, en una sociedad fértil para su inteligencia y voluntad de progreso. No necesita jóvenes en la encrucijada, a punto de sufrir un tortuoso e indeseable martirio.


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