18 enero, 2026

Primicias de la política, empresariales y de la farandula

La consulta como un gesto de país

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Sandra Milena Alvarado

Por Sandra Milena Alvarado P. 

La democracia cabe en un rectángulo de papel. No suena heroico, pero es cierto. Un tarjetón reúne lo que normalmente anda separado: convicciones, estilos, trayectorias. El ciudadano no llega a mirar desde la grada; llega a inclinar la balanza. Un trazo basta. Y en ese gesto, que dura segundos, ocurre algo extraordinario: el ciudadano deja de ser espectador y se convierte en el jurado.

Por eso vale la pena mirar con atención, y con gratitud, lo que significa la consulta de centro y centro derecha programada el domingo ocho de marzo. No como un trámite previo, sino como una decisión que le devuelve al país la idea de que la legitimidad no se construye a puerta cerrada, sino que se gana frente a la gente.

Que nueve aspirantes acepten medirse en una consulta es, en lo esencial, un acto de responsabilidad pública. Implica renunciar al camino individual para entrar en una competencia que exige humildad: la humildad de preguntarle al ciudadano quién debe encabezar.

La libertad no es un discurso abstracto; se vuelve tangible cuando uno puede comparar, dudar, inclinarse, corregir, decidir. Y eso cambia el tono, obliga a los candidatos a persuadir, a explicar, a conversar con el país completo y no con el círculo cercano. También exige al votante a hacer algo que merece recuperarse como hábito: informarse, leer un programa, preguntarse qué experiencia hay detrás de cada frase. No tienes que aplaudirlos a todos. La consulta ofrece comparación, no borra matices, los hace visibles y en una democracia, comparar es una forma de respeto por uno mismo, por el voto, por el futuro del país.

Lo más valioso de este mecanismo es que traslada el centro de gravedad de las encuestas a la urna; del aplauso al escrutinio. Una consulta es, en el fondo, una invitación a sustituir la frase corta por la conversación completa. Es el derecho a decir: “no me lo cuenten, yo lo decido”.

Y en el tarjetón, precisamente, cabe esa grandeza silenciosa de la libertad. Elegir entre nueve aspirantes no es un problema; es un privilegio. Demuestra que la democracia no consiste en alinearse detrás de un nombre, sino en tener alternativas reales. Demuestra que es posible competir sin desconocer al otro; que se puede discrepar sin descalificar; que el desacuerdo, cuando se tramita con reglas, no fractura: educa.

Por eso esta consulta merece ser defendida desde lo positivo: porque amplía opciones y mejora incentivos; premia la capacidad de persuadir, no la de imponer; obliga a explicar, a escuchar; y empuja a que el proyecto colectivo sea más importante que la carrera individual.

En esa pluralidad hay, además, una riqueza concreta: cada candidato aporta un énfasis, una herramienta, una forma distinta de entender el servicio público y la realidad del país:

De Paloma Valencia se reconoce una coherencia persistente en su defensa del país y una convicción incluso cuando no es popular; de David Luna su capacidad de diálogo, su tono mesurado y su permanente búsqueda de consensos; de Mauricio Cárdenas destaca el rigor académico y la capacidad de entender el Estado como arquitectura fiscal, productiva y social; de Juan Daniel Oviedo su forma cercana de comunicar, que ha refrescado la manera en que se relacionan los ciudadanos con la política; de Vicky Dávila su valentía en la defensa de la verdad y su compromiso con la libertad de expresión que incomoda al poder; de Aníbal Gaviria la experiencia territorial, autonomía regional en búsqueda de soluciones menos ideológicas, más prácticas y equitativas; de Juan Manuel Galán una mirada reformista y una vocación conciliadora que le hace falta al país; de Enrique Peñalosa, su experiencia en planificación urbana que representa el valor de la ejecución medible con gestión y visión; y de Juan Carlos Pinzón su experiencia y carácter firme, con énfasis en seguridad, economía y Estado, además del manejo de las relaciones internacionales.

No se trata de que los ciudadanos se identifiquen con todos. Al contrario, la consulta tiene sentido porque permite elegir con criterio. Y esa elección, si se hace bien, produce un efecto saludable: el ganador llega con un mandato más claro, y los demás aportan a un programa más robusto e integral.

Hoy a estos nueve candidatos los acercan valores que, en cualquier democracia seria, deberían poder enunciarse con naturalidad: seguridad entendida como protección efectiva de la vida y la libertad; respeto por las instituciones como garantía de límites al poder; defensa de la democracia como método y como cultura; respaldo a la actividad empresarial como motor de empleo y bienestar; y respeto por la propiedad privada como pilar de confianza social. A esa base se suma una consecuencia práctica que Colombia no puede seguir tratando como asunto menor: la inversión extranjera. No como un trofeo retórico, sino como termómetro de credibilidad. La inversión llega, y se queda, cuando hay estabilidad jurídica, reglas previsibles y un Estado capaz de hacer cumplir la ley sin arbitrariedad. Esa coincidencia no elimina diferencias, pero sí dibuja un terreno común desde el cual es posible construir, con seriedad, un proyecto de país que inspire confianza dentro y fuera de nuestras fronteras.

Ahora bien, nada de esto funciona si el ciudadano se queda por fuera.

Participar en una consulta es una forma concreta de elevar el estándar del país. Es decirle a la política: “tengo derecho a elegir, pero también tengo el deber de informarme”. Es pasar del comentario al compromiso. Es quitarle terreno a la manipulación, porque una ciudadanía que pregunta desactiva a quien sólo sabe repetir.

La invitación es simple, participemos en la consulta con curiosidad, sin fanatismo, sin etiquetas. Leamos las propuestas, escuchemos entrevistas completas, preguntémonos qué tipo de liderazgo necesita Colombia: quién tiene más templanza, más capacidad técnica, más visión social, más experiencia, más sentido de realidad; con quién comparto ideales. No se trata de exigir perfección, eso no existe, sino de escoger con responsabilidad entre opciones concretas.

La consulta es también una escuela de democracia para el ciudadano. Enseña que el que piensa distinto no es un enemigo, es un contradictor. Y que la grandeza de una sociedad no está en que todos repitan lo mismo, sino en que muchos puedan escoger distinto sin convertirse en adversarios morales.

Ese día, cuando el tarjetón se abra como un pequeño mapa de posibilidades, no se estará eligiendo sólo un candidato. Se estará defendiendo una forma civilizada de decidir el poder. Se estará premiando el gesto valioso, de quienes aceptaron competir en vez de imponerse.

Colombia necesita escuchar a sus propios ciudadanos: la democracia se honra participando. Hay esperanzas que no se declaran: se ejercen. Esta es una de ellas.