Por Gerardo Emilio Duque
En una reunión dentro del proceso de paz que manejábamos en Medellín, en el barrio La Iguaná, un sitio que se llama la Isla de La Fantasía, una dantesca alegoría a la miseria; una niña del barrio me dijo: doctor, que pena venga a mi casa, venga p’a que conozca. Me llevó a un rancho miserable, me entró a la cocina: doctor a qué le huele me dijo. A nada, le conteste. Usted tiene razón, aquí no se cocina, no ve que no hay comida. Yo quiero ser médica, pero así no se puede, imagínese que me gané una olla pitadora en una rifita y ahí tenemos sembrada una mata.
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Callejas era un músico merenguerito que en Yarumal andaba con su guitarrita y de sombrerito por todo el pueblo ofreciendo su música. Un día Callejas se fue a la iglesia de sombrero y con el tiple en la mano, en plena misa, caminó hasta el altar y toda la gente le decía: Callejas, el sombrero, Callejas, el sombrero, Callejas el sombrero. El músico llegó hasta el altar y dijo: para complacerlos a todos les voy a cantar el sombrero y empezó el sombrero, el sombrero de ala ancha donde guardo mi cabeza.
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En una oportunidad un ciudadano de Medellín logró conseguir una cita con el gerente de los correos en esa época para pedirle trabajo. El gerente lo recibió cordialmente: ¿qué se te ocurre? le dijo. Yo quiero trabajar en la oficina de los correos. ¿Pero en qué cargo si no hay vacantes? No, es que yo tengo la idea de un puesto que está vacante o que no existe pero que sirve mucho, le dijo el gerente ¿Y cuál es ese puesto? Pues sacando la lengua pa’ que la gente pegue las estampillas.
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En el barrio La Iguaná había un bobito que iba siempre acompañado por James, su hermano, quien siempre lo llevaba de la mano. Por donde caminaban la gente le preguntaba: ¿cuál es el bobo de su casa y él inmediatamente contestaba James, James.
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En el municipio de Guarne ha existido un bobito al que la gente le dice diga chocolate y contesta cacao, cacao.


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