27 noviembre, 2021

Primicias de la política, empresariales y de la farandula

Gardeazábal celebra medio siglo de su obra cumbre, 50 años de Cóndores

@eljodario  

Por Mauricio Ríos Giraldo. 

Jefe de Redacción. 

Diario Occidente. 

En medio de la exitosa y extensa obra del escritor vallecaucano Gustavo Álvarez Gardeazábal una novela destaca sobre todas las demás: Cóndores no entierran todos los días, libro que hoy, 50 años después de su publicación, se sigue editando, leyendo y estudiando por su gran valor literario e histórico. 

Gardeazábal logró con su novela lo que hoy no se ha podido ni siquiera con la creación de una comisión de la verdad, pues alrededor de su libro hay un acuerdo tácito que lo reconoce como la versión fiel de uno de los periodos más complejos de la historia de Colombia en el siglo XX. 

El paso del tiempo le dio a Cóndores no entierran todos los días el carácter de documento histórico; a lo allí recogido por el escritor, tanto sus vivencias y los datos de sus investigaciones, como los aportes de su prodigiosa imaginación, se le considera fidedigno, razón por la cual el libro es estudiado en colegios y universidades e insumo frecuente de investigaciones, análisis y documentales que abordan ese periodo conocido como La violencia. 

Con motivo de la celebración de los 50 años de esta novela y la publicación de una edición conmemorativa, hablamos con Gustavo Álvarez Gardeazábal: 

  • Usted nació en 1945, por lo tanto, vivió sus primeros 13 años durante el periodo conocido como La Violencia, que es la época en la que transcurre Cóndores no entierran todos los días. ¿Presenció algún hecho violento que lo marcara y que posteriormente registró en su novela? 

No los he seleccionado, pero casi todos los episodios narrados tienen un trasunto de vivencia que, contados a través del coro tulueño, terminan siendo creíbles y, sobre todo, expresión de la voz de un narrador colectivo. 

  • Muchas obras literarias tienen varias versiones antes de publicarse, ¿cómo fue el proceso de escritura de Cóndores no entierran todos los días? ¿Cuánto tiempo le tomó? ¿Dónde y en qué la escribió? 

Cóndores la hice muchas veces, pero en mi cabeza. Nadie leyó la novela mientras la hacía. Debí haberla hecho entre octubre de 1970, que me acomodé en Pasto, y abril de 1971, cuando la mandé al premio Manacor. La escribí en mi máquina Olivetti letera, unos días en la mesita que tenía en la ventana de mi casa, que daba a un patio interior lleno de flores de clima frío, en el barrio Las Cruces de Pasto. Otros días en mi cubículo de la ciudad universitaria de Torobajo. 

Siempre tuve frío cuando la hacía. No había vivido en tierra fría más de tres meses (cuando mis padres nos llevaban a temperar en Bogotá) y el frío me pegaba duro. Oía música en un radio de pilas, música clásica de una emisora de Quito. Las de Pasto eran emisoras de miedo. Vivía con Roke, con quien alcancé a vivir entre 1967 y 1999. A él nunca le interesó leer y mucho menos lo que yo escribía, estaba dedicado a sus matas y sus flores. 

  • ¿En qué momento comenzó a notar el impacto de Cóndores no entierran todos los días? 

El día que la pusieron a la venta, hacia marzo de 1972, en la Librería Nacional del Parque Caycedo. Había hecho una promoción por el mismo estilo de las que hago ahora (y que el jefe de la editorial de Unaula dice que él es quien la hace) y don Jesús Ordoñez, el fundador y dueño de la librería me organizó una firma de libros, metodología que entonces no se usaba en Colombia, y en menos de tres horas vendió los 300 ejemplares que había traído por barco desde España. 

Dos meses después, cuando el libro había sido comentado por muchos periodistas, a favor y en contra, empecé a verlo vender en las esquinas en ediciones piratas. Fue una confirmación de su poder y calidad. Ahora, 50 años después, cuando el libro se vende, se lee, se comenta, se estudia a un ritmo de pronto más grande que en 1972, y la película, hecha hace 37 años, se consigue en Prime TV de Amazon y se hacen foros y debates sobre la novela, reconfirmo ampliamente aquella sensación que tuve cuando vi la pelotera en la Nacional o el librito pirateado (no existía el offset) en las esquinas. 

  • Su novela tiene carácter de verdad sobre un momento de la violencia en Colombia, pero posterior al libro el país ha vivido muchas otras violencias y ha resultado imposible ponerse de acuerdo sobre cuál es la verdad, ¿por qué cree que es tan difícil lograr ese consenso? 

Porque la violencia nuestra es congénita. La heredamos de los españoles que venían, sin mujeres, de un país que cada 25 años ha buscado cómo hacer una guerra civil. La heredamos de 120 tribus indígenas que vivían en una sola guerra entre ellos y no habían dejado que se cuajara un imperio como el azteca, el maya o el inca. 

Y cuando los indios se acabaron, trajeron negros de África porque entre las pestes y el afán de quitarles sus mujeres se fueron perdiendo en la maraña, y el 98% de los esclavos que trajeron eran sobrantes y perdedores de las guerras africanas que los llevaban a las playas para venderlos a los portugueses o a los negreros. Y como caldo de cultivo, este país lo hizo y construyó la iglesia católica, apostólica y romana, versión española, y por ende inquisidora, cruel y despiadada. 

  • Después de Cóndores no entierran todos los días, usted escribió varias novelas basadas en otros momentos y formas de la violencia colombiana, ¿por qué le atrae tanto este tema? ¿Cuál es su propósito al abordarlo? 

No confunda violencia con ejercicio del poder. Yo he hecho casi todas mis novelas sobre la manera como se ejerce el poder en Colombia. La violencia es apenas un elemento adicional en esa batalla por ganarse el poder que desmenuzo en las otras novelas. 

  • Usted le cedió los derechos de autor de Cóndores no entierran todos los días a la editorial de la Universidad Autónoma Latinoamericana, Unaula, ¿por qué lo hizo, si es su obra más famosa y podría seguir recibiendo regalía por ella? 

Porque me aburrí de los editores. Porque Editorial Panamericana, que tenía los derechos por un contrato, al llegar la hora de renovarlo después de 15 años incluyó una cláusula en donde les daba autorización para cambiar el título de la novela. A más de una afrenta, era una demostración de brutalidad ocurrírseles botar por la ventana una marca. 

Como por esos días me andaba publicando Unaula, la editorial de la Universidad Autónoma Latinoamericana de Medellín y estaba y estoy convencido que la única manera de conservar el capital literario, que no el patrimonio rentable, de mis libros debe ser con una universidad, les doné por escritura pública los derechos de la obra con la condición que montaran a futuro y poco a poco la Biblioteca Gardeazábal para recoger mis títulos. 

Pude haberme equivocado, pero creía que me quitaba de encima el problema de los editores. La universidad y su rector se han portado muy bien conmigo, pero el jefe la editorial lleva dos años abusando de mi paciencia, menospreciándome, engañándome a mí y al rector, y aunque le he dicho una y otra vez al rector cuánto me ha perjudicado, sigue en su puesto. Estamos apostando a ver quién se muere primero… 

  • Tuluá, el universo de sus novelas, sigue siendo violento y usted lo sigue narrando, ¿nos acostumbramos en Colombia a vivir en medio de la matanza? 

No en vano escribí Las guerras de Tuluá, que resume el carácter violento de mi pueblo desde sus épocas precolombinas hasta ahora. Lo que pasa es que siempre me quedo corto. Debería seguir contando las muchas facetas que ha estado soportando últimamente. 

Las cortadas de cabeza volvieron a ser armas del terror. Las batallas de los extorsionistas contra los comerciantes a quienes, si no pagan la cuota exigida para poder ejercer su oficio, les cobran con la muerte o con una bomba en sus locales de trabajo. 

  • ¿Para cuándo su nueva novela, El papagayo tocando el violín? ¿Es o no es su biografía? 

Ya no puedo responderle. Con editores como el señor Osorio, que dirige la editorial de Unaula, no se puede pensar en publicar por ahora. Y las circunstancias del mercado del libro después de la pandemia y sus efectos son demasiado inciertas para cometer la aventura de poner a volar a mi papagayo, que puede ser más novela que autobiografía.