26 noviembre, 2021

Primicias de la política, empresariales y de la farandula

Encarnizamiento médico

Misael Cadavid

Por Misael Cadavid MD  

Inevitablemente, cada vida humana llega a su final. 

Seguramente la gran mayoría de personas tienen suficiente conocimiento de la eutanasia,pero para contextualizar al amable lector hay que tener claro la definición de 

distanasia como el encarnizamiento, obstinación o ensañamiento terapéutico, es decir, el empleo de todos los medios posibles, para prolongar artificialmente la vida y por tanto retrasar la llegada de la muerte en pacientes con pronta extinción de la vida natural, a pesar de que no haya esperanza alguna de curación, en otras palabras, significa prolongamiento exagerado de la agonía, sufrimiento y muerte de un paciente 

En los últimos años, con la introducción de más tecnología en los servicios de salud, principalmente en urgencias y unidades de cuidado intensivo, se ha visto el surgimiento de algunas reflexiones éticas acerca del problema, no de la abreviación sino de la «distanasia» (antónimo Eutanasia) o prolongamiento inútil de la vida humana. 

Se habla acerca de la eutanasia. ¿Pero por qué no de la distanasia? 

Hay aún un silencio cómplice y una carencia de nociones éticas, porque produce incomodidad llevar esta discusión con transparencia y honestidad. 

En los hospitales, el problema gira en torno al tratamiento terapéutico exagerado que no deja a la persona morir con dignidad, porque hay que intentar todo aunque no exista cura, aceptando sin crítica alguna el dogma: «mientras hay vida, hay esperanza». 

Y es que los médicos sentimos cierta incomodidad cuando no se aplica, o se interrumpe, un determinado procedimiento terapéutico frente a la muerte inminente e inevitable. 

En términos más populares se plantea el tema de la siguiente manera: ¿Hasta cuándo se debe prolongar el proceso del morir cuando no hay más esperanza de vida ni de que la persona vuelva a gozar de salud, y todo esfuerzo terapéutico en verdad solo retarda lo inevitable, y prolonga la agonía y el sufrimiento humano? ¿A quiénes les interesa mantener a la persona «muerta en vida»? 

En el proceso de morir hay dos extremos y entre estos, se encuentra la ortotanasia definida como la actitud que honra la dignidad humana para hablar de la muerte digna, sin abreviaciones innecesarias y sin sufrimientos adicionales, esto es, «muerte justo a tiempo». 

La ortotanasia, a diferencia de la eutanasia, es sensible al proceso de humanización de la muerte, al alivio de los dolores y no incurre en alargamientos abusivos con la aplicación de medios desproporcionados que solamente producen sufrimientos adicionales. 

Se puede percibir que la distanasia se ha convertido en un problema ético de primera magnitud, pues el progreso técnico científico comienza a interferir de forma decisiva en la fase final de la vida humana. 

Hoy el ser humano desea asumir el control de todas las cosas -de la vida y de la muerte-. 

La creciente presencia de la ciencia y la tecnología en el área de la salud y, especialmente, en el ámbito de la medicina, es expresión concreta del deseo humano de cambiarlo todo y, actualmente, se interviene decisivamente en la vida produciendo profundas transformaciones que obligan a una reflexión ética. 

Una situación específica que ilustra este drama es el dilema de la distanasia, en el que está en juego la dignidad humana. Los países más avanzados tecnológicamente reflexionan hoy acerca de los límites éticos de las intervenciones en salud en la fase final de la vida, una realidad siempre más crítica con referencia a escasez de recursos y atenciones en salud. 

Muchos son los recursos económicos gastados en situaciones consideradas «sin solución», mientras escasea la inversión en programas de promoción y prevención y en enfermedades para las cuales «hay solución», esto es, situaciones en que la salud es posible a un costo mucho más bajo y que podrían beneficiar a mucha más gente. 

En la lucha por la vida, en circunstancias de muerte inminente e inevitable, la utilización de todo el arsenal tecnológico disponible se traduce en obstinación terapéutica que obliga a quienes se encuentran en la fase final de la vida a una muerte dolorosa. 

Esta realidad suscita complejos interrogantes éticos, tales como: 

* ¿Estamos ampliando la vida o simplemente evitando la muerte? 

* La vida humana, ¿debe ser siempre preservada? 

* ¿Es deber del médico mantener indefinidamente la vida de una persona cuyo cerebro ha sido irreversiblemente lesionado? 

* ¿Se debe utilizar todo el arsenal terapéutico disponible para prolongar la vida del enfermo terminal o se podría interrumpir el tratamiento? 

* ¿Hay que mantener a los pacientes en estado vegetativo persistente? 

* ¿Se debe utilizar un tratamiento intensivo en neonatos con «serias deficiencias congénitas incompatibles con la vida»? 

* ¿Es posible mantener la vida en estas circunstancias? 

* ¿Deben ser mantenidas esas vidas? Y si no, ¿por qué? 

Estos son algunos de los dilemas que es necesario enfrentar y que han llamado la atención no sólo de los que actúan en el área de la salud como profesionales expertos, sino del público en general. 

Y es que el alivio del dolor, la reducción del sufrimiento y los cuidados paliativos para quienes no tienen perspectivas de vida debe constituirse en el faro ético de la misión médica. 

El clamor…antes de ser a favor de una «muerte digna», es de «vivir con dignidad».