Por Eduardo Aristizábal Peláez
“El alma de la toga no está en el paño, sino en quien la lleva”
Angel Ossorio y Gallardo
El lanzamiento esta semana en Lima de la obra El inhumano derecho penal de una funesta concepción de los derechos humanos, escrita por el abogado peruano Luis Alberto Pacheco Mandujano, merece ser destacado como un acontecimiento intelectual de gran relevancia para el mundo jurídico latinoamericano. Su trabajo, particular y excelente, nos interpela con fuerza y nos recuerda que el Derecho no puede ser reducido a fórmulas vacías ni a interpretaciones acomodadas, es, ante todo, un compromiso ético con la justicia.
La publicación de este libro llega en un momento oportuno, cuando las cortes enfrentan el desafío de interpretar y aplicar la ley en medio de tensiones políticas que amenazan con desdibujar su misión esencial. La justicia debe estar por encima de cualquier interés, incluso del propio poder judicial.
Antes de ser abogados, jueces o magistrados, somos servidores de la justicia, y esa condición nos obliga a preservar su dignidad y su independencia.
Es fundamental que las cortes se aferren a la Constitución, no solo a su letra, sino al espíritu que la inspira, donde se proclama la justicia como valor supremo. Cuando los jueces olvidan ese espíritu, corren el riesgo de convertir la justicia en una herramienta de oposición o de sabotaje político. Y ello, lejos de fortalecer el Estado de Derecho, lo debilita, pues erosiona la confianza ciudadana en las instituciones.
Hoy vemos con preocupación cómo muchos magistrados parecen mirar con el lente de sus preferencias políticas, refugiándose en posiciones ideológicas que contaminan las decisiones judiciales. El poder judicial no está llamado a gobernar ni a deslegitimar gobiernos, su misión es garantizar que todos seamos iguales ante la ley. Actuar con sesgo político desde la función judicial es negarse a ver al otro como igual, es traicionar la esencia misma de la justicia.
La obra del Maestro Pacheco Mandujano nos recuerda que el Derecho Penal, cuando se construye sobre concepciones erradas de los derechos humanos, puede volverse inhumano y funesto. Su advertencia es clara: debemos rescatar la justicia de las manos de la instrumentalización política y devolverle su carácter universal, imparcial y ético.
Esta columna es, pues, un reconocimiento al aporte del Maestro del Derecho, pero también un llamado a todos quienes ejercemos esta profesión. Que su voz nos inspire a recordar que la justicia no es un recurso para el poder, sino un valor supremo que nos obliga a servir con rectitud, independencia y humanidad.


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