Por Eduardo Aristizábal Peláez
Hace muchos años, cayó a mis manos un libro del Doctor en Ciencias Sociales, periodista, sociólogo y escritor español Vicente Verdú, Elche 23 octubre 1942-, cuyo título era, El Futbol: mitos, ritos y símbolos. Contenía como nos lo adelantaba en el título, narraciones maravillosas, costumbres, ceremonias, formas expresivas representativas, alrededor del fútbol.
Me llamó mucho la atención y por eso no olvido, la relación que establecía de la política con el fútbol y tratare de recordarlas y adaptar algunas a nuestro medio, ahora que en todo el país se habla más de política que de futbol.
En el fútbol hay partidos cuando 2 equipos se enfrentan en juegos amistosos o de campeonato y en la política también los hay: el partido conservador y el liberal, para hablar únicamente de los tradicionales en Colombia, porque si los mencionamos a todos, no nos alcanza el papel. O Gobierno y oposición.
Los equipos de futbol adoptan uniformes y colores tradicionales. En la política el azul distingue las camisetas del partido conservador, el rojo al liberal, el amarillo al Polo y el verde al equipo Verde y ahora, pues una policromía en esa base cada vez mayor de movimientos políticos.
En el futbol se habla de jugar de local en su plaza y los representantes de los partidos políticos reúnen a sus seguidores en las plazas y en ambos casos son muchas las personas que se reúnen alrededor de los equipos en los estadios o en las plazas públicas para acompañar a los oradores de los partidos.
Los equipos de futbol tienen su capitán y las organizaciones políticas también; entiéndase Vargas Lleras, Uribe, Fajardo, Gaviria, Galán, para poner unos pocos ejemplos.
Es muy común el paso de un jugador de un equipo de futbol a otro y los políticos aprendieron del futbol. La fidelidad de la política de épocas pretéritas ya no existe y ahora los políticos cambian de partido como cambiar de camisa, pero, así como en el futbol se sanciona la piratería, en política se castiga la trashumancia
No podemos olvidar los análisis previos y las apuestas, en algunos casos millonarias antes de los partidos de futbol. Lo mismo ocurre ahora cuando se aproximan las elecciones; se hacen conjeturas, cuentas, pronósticos y también apuestas.
En las charlas técnicas todos los entrenadores ganan los partidos, otra cosa es en la cancha. En los pronósticos políticos, encuestas todos son ganadores y que distintos son los resultados.
Los aficionados al futbol persiguen a los jugadores para pedirles autógrafos y tomarse fotos con ellos y es exactamente lo que vemos permanentemente, especialmente en temporada alta de política, autógrafos y fotos de los políticos más conocidos, con sus fans.
Y tanto se parece la política al futbol, que así como cada vez son más los equipos en los mundiales, para poder aumentar cada vez más las suculentas ganancias, en Colombia no nos quedamos atrás y también los partidos se multiplican escandalosamente, ya superan los 30, inclusive algunos son de familia, como Creémos de los Zuluaga.
A usted amable lector seguramente se le ocurrirán muchas más ideas sobre este simpático tema y lo invitamos a hacer el ejercicio.
La política, que en su origen fue concebida como un ejercicio noble de servicio y construcción colectiva, parece haberse degradado en muchos espacios hasta convertirse en un negocio. Lo que debería ser una actividad social orientada al bien común, se ha transformado en un mercado de intereses privados, donde los ideales se negocian y las convicciones se subastan al mejor postor.
Hoy asistimos a un escenario en el que la vocación de servicio se diluye frente a la ambición personal, y la representación ciudadana se reduce a una transacción económica. Los partidos políticos, otrora espacios de debate ideológico y formación cívica, se han convertido en maquinarias de inversión y retorno, donde las campañas se miden más por el capital invertido que por la calidad de las propuestas.
La consecuencia es devastadora: la ciudadanía percibe la política como un terreno de corrupción y privilegios, más que como un instrumento de transformación social. Se erosiona la confianza en las instituciones y se profundiza el desencanto democrático. En lugar de líderes comprometidos con la justicia y la equidad, proliferan administradores de intereses particulares, gestores de contratos y operadores de favores.


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