30 noviembre, 2025

Primicias de la política, empresariales y de la farandula

Elucubraciones: Política en tiempos de elecciones, del servicio al show

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Eduardo Aristizabal

Por Eduardo Aristizábal Peláez 

La política ha dejado de ser un ejercicio de servicio público para convertirse, en muchos casos, en una plataforma de intereses particulares. Lo que alguna vez fue concebido como un instrumento para canalizar el bien común y promover el desarrollo colectivo, hoy parece estar manipulado por intereses mercantiles que buscanan la rentabilidad personal sobre la responsabilidad social. Esta transformación ha erosionado la vocación ética del quehacer político, desplazando ideales como la justicia, la equidad o la solidaridad, y reemplazándolos por estrategias de acumulación de poder, clientelismo y cálculo electoral.

En lugar de responder a las necesidades reales de la ciudadanía, muchos actores políticos se comportan como empresarios de su propia imagen, invirtiendo en campañas como quien invierte en un negocio, esperando retornos en contratos, favores o cuotas de poder, lo cual, no solo debilita la confianza pública en las instituciones, sino que también vacía de contenido el debate democrático, reduciéndolo a una competencia de ambiciones más que a una confrontación de ideas.

En la Atenas de Sócrates, la política era inseparable de la ética. Gobernar implicaba cultivar el alma, buscar la verdad y formar ciudadanos virtuosos. Platón, en su «República», soñaba con un Estado regido por filósofos, donde la justicia no fuera una consigna sino una estructura del alma colectiva. Aristóteles, más pragmático, entendía la política como la más alta forma de vida en comunidad, orientada al bien común. Incluso Roma, con sus tensiones entre república e imperio, conservó por siglos una noción de civitas, el deber de servir a la ciudad antes que a uno mismo.

Hoy, en Colombia, esa tradición parece un eco lejano. A medida que nos acercamos a las elecciones de Congreso y Presidencia, la política se ha convertido en una guerra de egos, intereses y estrategias de manipulación. Las campañas se libran en redes sociales, donde la violencia verbal, la desinformación y el desprestigio reemplazan el debate de ideas. La retórica ya no busca persuadir con argumentos, sino incendiar con emociones. El adversario no es un interlocutor, sino un enemigo a destruir.

¿Dónde quedó la credibilidad, el carácter, la educación y formación integral que formaba ciudadanos capaces de deliberar sobre el destino común? En lugar de cultivar la virtud, se cultiva la polarización. En vez de educar para la libertad, se entretiene para la obediencia. La política, lejos de ser el arte de lo posible, se ha convertido en el espectáculo de lo impresentable.

Este no es un llamado nostálgico a restaurar modelos antiguos, sino una invitación urgente a recuperar lo esencial: principios, verdad, diálogo. Porque sin ellos, la democracia no se erosiona por golpes, sino por indiferencia. Y cuando la política deja de ser una búsqueda del bien común, se convierte en una lucha por el botín.