Por Darío Ruiz Gómez
El regreso al buen salvaje se le atribuye a Rousseau, algo que el rigor de pensamiento del ginebrino ni por asomo podría plantear. Una respuesta infantiloide a la hora de hacer frente a situaciones sociales difíciles como las que hoy, coincidencialmente, vivimos ante algo que como el nuevo orden mundial, es algo innegable.
El hipismo fue un intento de salvar al individuo abandonando las ciudades y regresando a la naturaleza. Esta generación de niños grandes quiso igualmente recuperar el reino de las ensoñaciones negadas por el tedio de la vida pequeño burguesa y acudieron a la marihuana, a la droga dura hasta convertirse en despojos humanos que además habían olvidado que era imposible mantenerse eternamente jóvenes y cuando se dieron cuenta de esta verdad eran pintorescos personajes con sus cuerpos arrugados, sus largas ojeras y su mirada que no era melancolía si no el hastío de saber que morirían sin conocer la belleza verdadera, la fraternidad.
Desde hace una década y con el wokismo y su cancelación de la cultura una imagen distorsionada del indígena ha sido impuesta hábilmente como la nueva rebeldía de la cual se apropiaron de inmediato ciertos grupos universitarios, el populismo desde luego y se erigió en ruta a seguir políticamente: el regreso a la vida del indígena colombiano como el buen salvaje que nos redimirá de las injurias del empresariado capitalista, de la ciencia, y de la engorrosa filosofía que nos hace pensar, cuando según ellos lo que se necesita es no pensar. Por eso prohibieron la lectura de “Tristes trópicos”, magistral descripción de la vida miserable de los indígenas en las selvas tropícales. Un indígena. Como en el Pacto Histórico- pero con sombreros, trajes, sandalias fashion para olvidarse del barro y los mosquitos. Traerlos como al ganado en incómodos camiones sacándolos de sus tierras para meterlos en un campus universitario como a una recua de ganado y darles flechas y lanzas para salir a destruir los edificios del “imperialismo norteamericano”. ¿A esto se le llama respetar y defender la identidad de los indígenas?
La mentira en Tlaxcala del Comandante Marcos, la manipulación del gobierno mexicano de las etnias indígenas sometiéndolas mediante el eslogan de ser una raza invencible, es una demostración de lo que supone esta aculturación con fines políticos que están copiados del nacional socialismo. ¿Qué tiene que ver el paramilitarismo de la “Guardia Indígena con el derecho a la renovación de las comunidades o es que Iván Mordisco es Emberá Katío y Feliciano Valencia es lo que es, un cacique postmoderno grotescamente rico con las ingentes ayudas que les da el Gobierno, caprichoso terrateniente que en lugar de la liberación de los territorios los ha convertido en guetos? ¿Quién inventó el secuestro de soldados- muchachos del pueblo- por indígenas que los desnudan, escupen, golpean?
Claro la justicia universal no opera en el gueto y por eso estas infamias no pueden ser un delito. De maquillar el rostro de agitador del nuevo Ministro de la Desigualdad se está encargada la propaganda oficial de Hollman Morris y algunos periodistas que hoy lo tratan de mostrar como a un luchador desde la cuna por los derechos de los indígenas ayer oprimidos por los blancos y hoy explotados por estos terroristas disfrazados del buen salvaje.
¿No siguen reclutando niños indígenas, prostituyendo niñas indígenas por parte de Calarcá o Mordisco, del ELN y con la colaboración de este terrorista que entregó la Panamericana al saqueo, al secuestro de viajeros, al robo de mercancías y ha permitido que la coca suplante a la agricultura, que la minería ilegal enriquezca a unos pocos?
Únicamente el pluralismo permite la idea de igualdad para que se destierre el nefasto ancestralismo donde se castiga el disenso y se impone la vulgar justificación de que “es más importante la universidad de la vida que la verdadera universidad”. La ignorancia encubre este totalitarismo.


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