El Oasis de la vida

 

Por Luis Carlos Correa Restrepo (foto).

CAMBIO DE ESTILO DE VIDA

En los últimos 50 años, nuestro estilo de vida familiar cambió drásticamente como consecuencia de un nuevo sistema de producción. La inclusión de la mujer en el circuito laboral llevó a que ambos padres se ausenten del hogar por largos períodos creando como consecuencia el llamado “síndrome de la casa vacía”.

El nuevo paradigma implicó que muchos niños quedaran a cargo de personas ajenas al hogar o en instituciones. Esta tercerización de la crianza se extendió y naturalizó en muchos hogares. Algunos afortunados todavía pueden contar con sus abuelos para cubrir muchas tareas: la protección, los traslados, la alimentación, el descanso y hasta las consultas médicas.

Estos privilegiados chicos que tienen padres de padres, y lo celebran eligiendo todos los apelativos posibles: abu, abuela, nana, bobe, tata, yaya, opi, oma, baba, abue, lala, o por sus nombres, cuando la coquetería lo exige. Los abuelos no solo cuidan, son el tronco de la familia extendida, la que aporta algo que los padres no siempre vislumbran: pertenencia e identidad, factores indispensables en los nuevos brotes.

La mayoría de los abuelos siente adoración por sus nietos.

Es fácil ver que las fotos de los hijos van siendo reemplazadas por las de los nietos. Con esta señal, los padres descubren dos verdades: que no están solos en la tarea, y que han entrado en la madurez. El abuelazgo constituye una forma contundente de comprender el paso del tiempo, de aceptar la edad y la esperable vejez. Lejos de apenarse, sienten al mismo tiempo otra certeza que supera a las anteriores: los nietos significan que es posible la inmortalidad. Porque al ampliar la familia, ellos prolongan los rasgos, los gestos: extienden la vida. La batalla contra la finitud no está perdida, se ilusionan. Los abuelos miran diferente. Como suelen no ver bien, usan los ojos para otras cosas. Para opinar, por ejemplo, o para recordar. Como siempre están pensando en algo, se les humedece la mirada; a veces tienen miedo de no decir todo lo que quieren. La mayoría tienen manos suaves y las mueven con cuidado. Aprendieron que un abrazo enseña más que toda una biblioteca. Los abuelos tienen el tiempo que se les perdió a los padres; de alguna manera pudieron recuperarlo. Leen libros sin apuro o cuentan historias de cuando eran niños. Con cada palabra, las raíces se hacen más profundas; la identidad más probable. Los abuelos construyen infancias, en silencio y cada día.

Son incomparables cómplices de secretos. Malcrían profesionalmente porque no tienen que dar cuenta de sus actos. Consideran, que la memoria es la capacidad de olvidar algunas cosas. Por eso no recuerdan que las mismas gracias de sus nietos las hicieron sus hijos. Pero entonces no las veían, de tan preocupados por educarlos.

Algunos todavía saben jugar cosas que no se enchufan. Son personas expertas en disolver angustias cuando, por una discusión de los padres el niño siente que el mundo se derrumba.

La comida que ellos sirven es la más rica; incluso la comprada.

Los abuelos siempre huelen a abuelo. No es por el perfume que usan, ellos son así. ¿O no recordamos su aroma para siempre?

Los chicos que tienen abuelos están mucho más cerca de la felicidad. Los que los tienen lejos no deberían preocuparse (siempre hay buena gente disponible).

Finalmente los abuelos nunca mueren, solo se hacen invisibles. Escrito por Enrique Orchansky.