El Jodario: Mónaco y Nápoles

 

Por Gustavo Alvarez Gardeazábal (foto)

Va haciendo carrera la tesis de quienes piensan igual que el alcalde de Medellín, Federico Gutiérrez. Él y otros poquitos buscan de una y otra manera que todo recuerdo de Pablo Escobar debe ser eliminado de la memoria de los antioqueños. Su criterio, muy respetable aunque perversamente moralista, choca empero con dos elementos fundamentales del antioqueño, la ambición y el orgullo por sus gentes. Fue precisamente por el desarrollo de la ambición, encajada en los parámetros evolutivos de la sociedad colombiana, que los paisas se abrieron campo colonizando media Colombia y llevando su semilla de comerciantes, negociantes y  trabajadores por la otra media nación. Y si algo ha distinguido al antioqueño frente al resto de tibios colombianos es la defensa solidaria de su prestigio, de sus líderes y de sus batallas por avanzar hasta volver orgullosos de su ancestro a generación tras generación. Muchas veces esa estirpe paisa ha logrado camuflar cuando no ocultar los errores que como humanos, algunas de sus gentes pueden haber cometido.

Con el caso de Pablo Escobar ha sido una combinación de todos esos factores, pero en el sentido inverso de las manecillas del reloj. La gloria y el recuerdo de Pablo lo tuvieron primero afuera (donde hay una gigantesca diáspora antioqueña) y fue allá donde lo mitificaron a los extremos a donde lo han llevado Netflix y Hollywood. Ese reconocimiento al capo de capos los conduce a comparar y superar la figura de Alcapone, quien tenía el mayor prestigio en el oficio.

El alcalde Federico, argumentando lo mucho que sufrió Medellín, se opone a este reconocimiento y ordenando que a fin de mes tumben el Edificio Mónaco y buscando que arranquen la avioneta de la Hacienda Nápoles y no permitiendo el funcionamiento del museo ni la leyenda turística, consigue tapar el sol con las manos. ¿Se lo perdonará la historia o se quemará las manos?

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