El Jodario: Los cupos @eljodario

 

Por Gustavo Alvarez Gardeazábal (foto)

Aquí lo dije una y otra vez. Los cupos indicativos manejados por el FONADE eran (o son ) una vagabundería. El sistema ideado por la corrupta democracia que albergamos, votamos y hasta defendemos, es grosero y provocador y, por ahora, nadie se ha atrevido a derrocarlo. Pero ya lo están conociendo y otras voces como los investigadores Juan Laverde y María José Medellín lo han logrado agarrar aunque sea de las mechas para mostrárselo a los colombianos y, para satisfacción mía, de que no era una exageración de novelista.
Este par de periodistas de El espectador han logrado describir en el espacio de una crónica larga todo lo sabido alrededor de la manera cómo se manejaron no solo los cupos que le correspondían al cartel de Sahagún, con Ñoños y Musas sino en general a través de la trapisonda del FONADE. Para ello hurgaron renglón tras renglón las declaraciones del exgobernador Lyons, quien contó con detalle de forense como se negociaban (o negocian aún) los cupos que el gobernante le entrega a cada congresista para que le voten el presupuesto y ,como tal,lo incluyen allí a nombre del FONADE, quien a su vez realizaba (o realiza aún) contratos interadministrativos con otras entidades del estado y entes territoriales para que la partida presupuestal llegare al municipio o departamento asignado por el congresista que depositaba su voto (o depositará por estos días cuando aprueben el presupuesto).
No estamos hablando de la mermelada que el gobernante repartía (o repartirán aún) sobre partidas globales para calmar los ímpetus y ambiciones de los congresistas y manejar las mayorías democráticas. Los cupos son de tradición y se pactan entre gobierno y Congreso para facilitar el tránsito del Presupuesto. Por supuesto, si se tiene además control sobre FONADE, imagínese el lector lo que sucedía…

ARABIA ASESINA

Se ha conocido, por fin, la transcripción de la grabación que el gobierno de Turquía hacía con sus potentes y permanentes equipos de escuchas en el consulado de Arabia Saudita en Estambul en el momento en que  funcionarios del gobierno de Riad asesinaban al periodista Kashogui. La grabación es cruel y descarnada y se oye hasta el último momento en que el asesinado periodista del Washington Post ruega que no lo asfixien porque es asmático. Pero, por supuesto, lo hacen y después, en un diálogo macabro, el médico legista que han llevado desde Arabia junto con el resto de asesinos a cumplir su cometido, deciden y explican entre unos a otros como van a desmembrar el cuerpo del periodista pese a que todavía está caliente y a meterlo en bolsas para sacarlo del recinto diplomático.

Más patetismo no puede vivirse y más conclusiones no pueden lograrse: el régimen de Arabia Saudita es un régimen asesino y ni tiene los escrúpulos de occidente ni respeta las normas elementales de la diplomacia. Pero lo grave no es que no nos convenzamos que ese país no es Arabia Saudita (de allí salió Bin Laden) sino Arabia Asesina. Es que, como tal, todos los periodistas del mundo no hayamos sido capaces todavía de encabezar desde ya una carta pública de rechazo absoluto a esta metodología, igual e importante como aquella carta  que firmamos hace 40 años contra Fidel Castro cuando el Caso Padilla.

No hay que pedirle ni a Trump ni a Alemania, ni siquiera a Macron, que condenen en la Onu o en donde sea al régimen del príncipe heredero que parece estar detrás de esta miserable masacre. Ninguno lo hará porque los árabes de Riad tienen el dinero y el petróleo fundamental para que esos países existan. Tampoco lo hará Turquía, aunque el asesinato se cometió en su territorio. Todos le temen a la plata o al poder de los sauditas o a sus cuchillos y venganzas.

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