El Jodario: Censo chimbo @eljodario

 

Por Gustavo Alvarez Gardazábal (foto)

La memoria de gallina que embarga a los colombianos y que los manejadores de imagen y los medios enmermelados para sobrevivir aúpan con denuedo, ha llevado a muchos compatriotas a olvidarse del origen fraudulento del Censo remendado que ahora se están tragando periódicos y televisores y, sobre todo incautos gobernantes provincianos que creen en la verdad de semejante mentira.

Cuando el gomelo director del Dane dijo hace unos meses que el tal Censo había sido mal realizado, alcanzamos a aplaudirlo. Pero que para satisfacer el ego que domina la Casa de Nariño se haya puesto en la ingente tarea de remendarlo miserablemente, agregándole 6 millones más de habitantes al país sin siquiera confrontarlo con las cifras a la mano que tienen todos los departamentos y municipios para prestar el servicio de salud, y que son de fiar, da risa, pero también rabia. Afortunadamente la gobernadora del Valle, Dilliam Francisca Toro, ha salido con cifras en manos a decirle como buena guacariceña, que ese tal Censo es chimbo. Ella le demuestra al gomelo de marras que en el Valle hay un poco más de 4.3 millones de afiliados a los regímenes contributivos y subsidiados de Salud y que si él da la cifra de 3.78 millones de habitantes para el Valle, su tal Censo esta pifiado y le quedó mal remendado.

Más contundencia no se requiere, pero como la memoria de gallina le permite a los colombianos olvidarse de lo que sucedió en los últimos seis meses del gobierno de Santos, que decretó y realizó esa vagabundería de Censo a través del Fonade para poder contratar 30 mil personas esquivando la Ley de Garantías que debía cumplir el DANE, ahora solo se oyen aplausos para el gomelo remendón y cámaras de silencio para la gobernadora que lo confronta y críticas de antipatriotas para quienes llevamos más de un año advirtiendo del fracaso que iba a resultar el tal Censo.

GUAYACANAL

Con la misma floritura descriptiva de varias de sus obras anteriores William Ospina irrumpe con “Guayacanal”, una narración sobre sus ancestros del flanco oriental de la cordillera central caldense. Es una catapulta que dispara hasta la última página sus gigantescas balas de fuego poético y que acumula, familia por familia, la crecida parentela de apellidos paisas, temperamentos díscolos y actitudes verticales que llegaron, a lomo de mula, a tomar posesión con su sudor de las tierras que las concesiones de Aranzazu y González no delimitaron y en donde a más de la inteligencia bondadosa de William Ospina iban a surgir “Desquite” y “Sangrenegra”, aquellos dos bandidazos de la década del 60 del siglo pasado que ya casi nadie recuerda.

Escrita sobre el filo de la navaja que resulta siendo a la larga el peligroso oficio de narrar haciendo descripciones poéticas para enmarcar personajes y paisajes, y al mismo tiempo, contar el accionar impactante de semejante familión, el libro termina enmarañando al lector. Son tantos los personajes que a veces ni el narrador, personaje principal de sus memorias, llega a distinguirse sucumbiendo ante la permanente fotografía de la naturaleza, de su flora, su fauna, sus montañas, sus cañones, sus ríos tormentosos o sus aguas cristalinas.

Pero posee un dechado de virtudes que la hacen amable para cualquier lector mayor de 30 años: su cadencia narrativa que termina volviéndola más una pieza musical que literaria. Su batalla por el recuerdo basado en fotos y entrevistas y la insistencia en hacernos ver que es una crónica de viaje guiada por la mano tutelar de Mario Flórez Moreno, el gran gurú de ese núcleo intelectual que ha amamantado la carrera literaria de Wiliam Ospina, convierte el libro en un texto muy humano y muy creíble. Y, obviamente, en un homenaje grato y generoso a su gurú. Me la gocé leyéndola.

BALOTO

No hay nada más fastidioso para un comentarista diario que ser ave de mal agüero y, mucho peor, tener que reconocer que tiempo después de la advertencia se acierta. Aquí dije, y en mis cuentas de twitter y face, y en el podcast, que el remiendo innovador que le estaban haciendo al Baloto terminaría por espantar la clientela. Un informe que han presentado El Tiempo y Portafolio muestra que no solamente no estaba equivocado, sino que quienes se burlaron de mis opiniones van a tener que olvidarse de sus críticas y que los dueños del Baloto, y el ministerio de Salud y los gobernadores que se lucran de ese juego, no les queda más que meter la mano para tratar de no acabar de ahorcar la gallina de los huevos de oro.

Según el informe periodístico en mención, el Baloto jugó hasta el 2016 (cuando les dio por innovarlo) un promedio de 23 mil millones mensuales. El año pasado no pasó de 14 mil millones. Es decir, con esa genialidad que le inventaron rebajaron en un 50% la cantidad de jugadores y, por ende, la salud dejó de percibir nacional y departamentalmente lo que hasta entonces estaba recaudando. Las cifras deberían ser alarmantes si existiera un gobernante capaz de entender cuál país dice que está dirigiendo. La Salud recibió en el 2016 la nada despreciable suma de 128.500 millones del juego del Baloto y el año pasado apenas consiguió recaudar 75.800. Este año serán muchos menos porque los apostadores se mamaron de no poderse ganar el premio acumulado (va en más de 50 mil millones) ni siquiera de acertar la revancha (que anda por los 25 mil) porque se volvió imposible acertar simultáneamente cinco números entre 43 y además una balota entre 16. Cuando lo dijimos, ni Alejandro Gaviria, el Minsalud de entonces, con ancestro paisa de jugadores, lo entendió. Quién sabe ahora de rector de los Andes si ayudará a buscar una salida al Baloto para salvarlo.

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