28 julio, 2021

Primicias de la política, empresariales y de la farandula

El escritor como el ciego cantor pinta lo que no ve

Por Enrique E. Batista J., Ph. D. 

https://paideianueva.blogspot.com/

«¡Viva la paz, viva la paz!» -Luis Carlos López 

Recuerdo que en este mes de octubre hace 70 años falleció el poeta Luis Carlos López apopado el «Tuerto», cuando en realidad era bisojo. Su estrabismo fue una ventaja. Con sus ojos podía leer y comunicar la realidad vivida en su ciudad nativa, esa realidad a la que la gente se habitúa y no ve, aunque tengan dos ojos bien puestos con visión 20/20. Videntes ciegos que no ven o no quieren ver, o solo ven lo que por apariencia les conviene. Con metáfora, que bien lo describe, Luis Carlos López no veía doble su circundante mundo, ese mundo que fue el noble rincón de sus abuelos, una ciudad amurallada a la que le había pasado su era de folletín.  

Luis Carlos López era capaz de retratar la vida cotidiana, de copiarla y divulgarla, con el poder que da la palabra, con suma fidelidad en una, dos, tres y hasta en cuatro dimensiones. Eran sutiles, pero precisas sus ironías sobre lo que bien veía en su tierra natal, aquella que fue heroica en tiempos coloniales cuando el aceite llegaba en botijuelas. Fueron estampas policromáticas de su ciudad expresada en bellos versos recorridos de fino humor, ironías, sarcasmos y elegantes metáforas. Les recordaba a todos que la gloria y el heroísmo de sus habitantes estaban anclados en el pasado y que consentían con su ceguera a gobernantes que eran una caterva de pendejos. (Un buen texto con la vida y obra literaria de Luis Carlos López el lector la encuentra aquí: https://rb.gy/rhk9wl).  

La riqueza de su versión narrativa la expresó Luis Carlos López en versos simples, pero de alta y profunda significación, lo que permitía a todos sus lectores recitarlos en distintos ambientes, en las escuelas, colegios, universidades, en las tertulias y en improvisados atriles callejeros a voz limpia antes de que llegarán los micrófonos y parlantes.  Llegó por ello a ser el ciudadano más reconocido en la ciudad y el orgullo de todos. Recibió en compensación por sus escritos una bella, emblemática y muy singular escultura en un sitio privilegiado en Cartagena de Indias, esa a la que cantó con mágicas palabras sobre añoranzas inútiles de tiempos idos: 

Pues ya pasó, ciudad amurallada,
tu edad de folletín… Las carabelas
se fueron para siempre de tu rada…
¡ya no viene el aceite en botijuelas!
  

Parece ser que un designio divino otorga a las personas que padecen algún desorden o trastorno visual la capacidad de usar el poder de la palabra para mostrar la riqueza interior que inunda sus intransigentes almas y corazones, lo que les permite compensar sus aparentes limitaciones físicas que no son intelectuales o espirituales. Se apoyan ellos en el don supremo que es el poder de la palabra, ya que con la palabra se ve y se siente lo que los ojos no ven o no quieren ver. Con la filigrana, ya poética  ya en prosa, pueden urdir y tejer con finura y para gozo de quienes los leen o escuchan los más bellos textos. Sus composiciones siguen reverberando en el espacio como ecos testigos de magistrales logros. Ecos que aseguran la eternidad de la palabra y del discurso bien urdido.  

El «Tuerto» López miraba y veía más que los demás porque las palabras ven y dejan ver. La gente le reconoció la fortaleza que da el poder de la palabra y en especial la manera en que ella puede enriquecer la percepción y la visión por todos de la cruda realidad. Con algo de sarcasmo e ironía se burló de algunos poniendo de por medio su propia condición de bisojo y de medio cínico representándose como carcajeante guacamayo en el poema que el llamó «Fabulita»

«¡Viva la paz, viva la paz!» …
Así
trinaba alegremente un colibrí
sentimental, sencillo,
de flor en flor… 

Y el pobre pajarillo
trinaba tan feliz sobre el anillo
feroz de una culebra mapaná.
Mientras que en un papayo
reía gravemente un guacamayo
bisojo y medio cínico: 

—¡Cua cua! 

De otro muy reconocido juglar, Leandro Díaz, ciego de nacimiento, se dijo que escribía con los ojos del alma. Fue este ciego aedo quien dijo: «Sé que existe el sol porque me quema», el mismo que prestó el epígrafe a «El Amor en los Tiempos del Cólera»: «En adelanto van estos lugares/Ya tienen su diosa coronada»

Y con la fortaleza y belleza de sus hilvanadas palabras, las  que le salían de alma y el corazón que sí veían, escribió y cantó a «Matilde Elina»:   

Un mediodía que estuve pensando
en la mujer que me hacía soñar.
Las aguas claras del Río Tocaimo
me dieron fuerzas para cantar.
Llegó de pronto a mi pensamiento
esa bella melodía. 

Este sentimiento se hizo más grande
que palpitaba mi corazón:
El bello canto de los turpiales
me acompañaba esta canción,
canción del alma, canción querida
que para mí fue sublime. 

El extraordinario bardo Adolfo Pacheco, cantor pleno de superior lirismo, recordó con precisión en uno de sus cantos, «El Pintor», que Leandro Díaz, a pesar de ser ciego «pinta lo que no ve». El mismo Pacheco como poeta, en representación de todos los vates, se considera el mejor pintor: 

Saco cuadros del folklor 

y de la naturaleza 

pinto negro la tristeza 

la acuarela del dolor. 

Y pinto al óleo el amor 

sin pincel y sin paleta 

buscando como el poeta 

la armonía en el color. 

Desde la más tierna edad se descubre el poder de las palabras como ese niño de primer grado escolar quien en sus primeros microrrelatos, con la magia de sus recién aprendidas palabras, pinta con ellas la inexplorada belleza de las sombras del desierto, esa belleza que en la aridez muchos no ven. 

Domina tu idioma, usa tu lengua para esculpir bellas emociones.  Enriquece tu vocabulario cada día, te dará riqueza interior para vivir, gozar y amar. Amar a los demás, amar a la humanidad, amarte a ti mismo. La palabra sustenta el humano amor, el pasional, el fraternal, el filial y el ágape o amor puro e incondicional. La palabra construye el amor y pone énfasis en el bien vivir con los demás. Las palabras nos permiten construir nuestro sentido humano para ser seres sociables, para vivir en armonía y en paz, con todos y con la naturaleza. La palabra es, por la vía de oración y la plegaria, el invaluable e insustituible recurso para la comunicación con el Ser Supremo. 

Pinta las palabras con los colores que desees, píntalas para descubrir el poder mágico que ellas encierran. Hay un tesoro encerrado en cada una de ellas y juntas te permiten ver y recrear mundos llenos de alegría.   

Pinte las nubes con los colores del arco iris porque así de bellas serán tus expresiones de afecto.  Deja que también ellas, las nubes, se conviertan en tu instrumento de comunicación tal como alguna vez lo hicieron comunidades nativas con sus señales de humo lanzadas al aire. 

Gustavo Adolfo Bécquer, el autor de «Rimas y Leyendas», en la rima XXXVIII escribió: 

¡Los suspiros son aire y van al aire! 

¡Las lágrimas son agua y van al mar! 

Dime, mujer, cuando el amor se olvida 

¿sabes tú adónde va? 

Rima que después la retomó Willie Colón y la insertó en un rítmico canto de salsa titulado «Gitana». Cantó: 

Las palabras son de aire y van al aire
Mis lágrimas son agua y van al mar
Cuando un amor se muere
¿Sabes chiquita a dónde va? 


Las palabras son de aire y van al aire sólo si son palabras necias, pero no aquellas que se emplean para que la magia que encierran haga el trabajo de dar sentido a la existencia humana. La palabra es añoranza y también futuro, es crecimiento y superación. La palabra se usa para enriquecer tu idioma y también a diario el corazón. Úsala para la paz, para añorar, para amar y nunca para destruir. 

En el origen divino de la palabra se fundamenta la concordia entre todos. Si en el principio fue la palabra, como dice el Libro Sagrado, ella es el origen de la santidad y de la relación armónica entre las mismas palabras.  

Hay que agradecer el don de la palabra que sólo lo poseemos los seres humanos. Las palabras son un don divino que nos permite ser humanos, sensibles y fraternales. 

Tenemos que ser seres humanos con aprecio y respeto por la palabra. Así, seremos personas de buen carácter. O sea, hombres y mujeres de palabra.