29 septiembre, 2020

Primicias de la política, empresariales y de la farándula

El ángel del progreso

Por Darío Ruiz Gómez  Walter Benjamin  hace una  certera reflexión sobre un cuadro de Paul Klee. “El ángel del progreso”  aquel que  con las alas desplegadas  avanza con dificultad enfrentado al fuerte viento del progreso, el ángel mira hacia atrás y lo que ve son  ruinas amontonándose a su paso. Para justificar cualquier  tipo de obra pública  generalmente se  colocaba  un anuncio que señalaba  que se estaba  “haciendo una obra de progreso”,  para que se perdonaran  las molestias que estas obras suelen causar a  la ciudadanía. La feliz culminación de una de estas obras se agradece porque beneficia a la comunidad o incorpora un nuevo sentido de belleza a un sector deprimido. Otra cosa es cuando esta obra por una evidente falta de planeación se prolonga indefinidamente en el tiempo  causando  un inmenso malestar. O cuando se termina y su resultado es una ofensa a la ingeniería y al sentido común porque además de que no sirve para nada incorpora para siempre al paisaje un elemento de fealdad. En las ciudades modernas  han sido muchos los casos de puentes elevados, cruce de vías,  que debieron ser demolidos a causa de que  su presencia era una agresión al paisaje urbano.  Hacia los años 53 una serie de grandes obras públicas  cambiaron para siempre la noción de nuevas tecnologías constructivas en edificios públicos, canalizaciones. Aquello que se ha considerado como una conquista estética de la tecnología. Pero esta tradición se pierde ya hacia los años 60 cuando  un vulgar pragmatismo se apodera de la ingeniería en manos de un  contratismo  galopante y el concepto de obras públicas  estéticamente se pervierte para siempre. ¿Vías? ¿Cuáles vías?  La llegada a la Alcaldía de Fico supone el remate de esta  degradación  del concepto de obras públicas con  el implante de  caprichosas  ciclovías  y la caotización total de los diversos sistemas de transporte que en lugar de integrarse  des-integran la malla urbana. Las calles de toda la ciudad aparecen con interminables  “intervenciones” – infinitos contratos en realidad-  que  destruyen la lógica del tráfico y destruyen las rutas peatonales consagradas.  Pero es más: recordemos otra vez que la ciudad que no se puede caminar no existe. ¿Qué le hace falta a Medellín? La pregunta tiene en casi todos los entrevistados la misma respuesta: volverla  a caminar. ¿Corredores verdes que desconocen los hábitos del caminante,  la semántica de los bulevares, de los paseos donde se produce lo más importante en la recuperación de los significados  urbanos o sea el intercambio social? “Cuando se comience  a hablar de ciclovías, salgan corriendo”, dice un viejo adagio urbanístico y en este caso la mayoría de las llamadas  ciclovías  se han convertido en una agresión  contra el peatón, el vehículo y en un hito más en la carrera  de  atentados contra  la función de la calle como factor de equilibrio en la trama urbana  y el  olvido de que  el peatón es  quien concede  escala a los diversos espacios de una ciudad. El Alcalde Quintero para su posesión  repitió  el recorrido que hacía cuando era un estudiante hambriento entre el Tricentenario y  la Universidad de Antioquia: ¿Lo hizo acaso por un amable bulevard  con un amoblamiento  lleno de calidad  y un recorrido que ha logrado unir  sectores que antes estaban  fragmentados, carentes de iluminación, peligrosos? Para mirar la ciudad debe partirse de la debida modestia  que nos  permitirá constatar las falencias urbanísticas  que han  negado  la  armónica relación con la ciudad que nombramos y nos nombra. Antes que ostentosas  nuevos elefantes blancos   está la restitución de la ciudad humana que  camina el ciudadano  y va identificando  cotidianamente  como sus territorios.