29 enero, 2023

Primicias de la política, empresariales y de la farandula

Duros de corazón 

Carlos Alberto Ospina


Por Carlos Alberto Ospina M.

Son muchos los que creen que las enfermedades mentales y la salud de los colombianos se deterioró a causa de la pandemia por COVID; a vista de pájaro, el territorio está plagado de gente con varias patologías que persisten a partir del período de la colonización española y posterior emancipación. Sin duda alguna en las entrañas reside la crueldad, la falta de compasión con el prójimo, la intolerancia, la ausencia de humidad, la doble moral y la ira a flor de piel. No se precisa de un profundo estudio sobre la realidad humana ni establecer el código deontológico para saber a ciencia cierta que nos domina la violencia de diferente índole. 

Desde el punto de vista de la condición propia de cada persona y la perspectiva histórica parece mentira que haya individuos con la inclinación natural al odio, a la destrucción y a pelearse con su sombra. A diario tropezamos con el amargado de turno, el buscapleitos y el resentido social echándosela de valiente delante de cualquier desprevenido transeúnte.  

No dejan respirar la condición despótica de unos cuantos especialistas de la medicina, el maltrato de ciertos conductores de servicio público, la superioridad moral de distintos periodistas, la indolencia con los discapacitados, el hostigamiento propio de los extremistas, el perifoneo a grito herido, la provocación de las organizaciones sindicales, la histeria colectiva de los motociclistas, el doblez de los congresistas, el abandono de familia o no lastimarse del mal ajeno; entre otras manifestaciones que encarnan el desprecio del ofendido. En suma, abundan hombres de mala voluntad que propalan la violencia y la insolidaridad. 

El choque simple que solo ocasiona el daño de latas y no deja heridos, por golpe de gracia, termina en el asesinato de un conductor a puñaladas; y el ocupar una silla reservada en la sala de cine, produce la vigésima versión de La masacre de Texas 1973, debido a improperios y agresiones físicas entre dos familias que, cambiaron el entretenimiento, por la serie de puños consecutivos y haladas de pelo. Esa pendenciera diversión siguió en las cloacas de las redes sociales y la correspondiente instigación a devolver los golpes. ¡Locos de atar! Así y todo, con lo repudiable que son las amenazas, el interés malsano rebasa la razón. 

En un sentido simbólico hay personajes que andan en permanente estado de prevención, hasta cuando duermen, perciben maldad en la equivocación de saltarse el turno o poner encima del carrito de compras un pan atajado que, la ofendida, traslada al punto de calificar como ‘invasión de su espacio particular’. Ilógica representación mental e indisposición repentina por el hecho de cruzarse en el camino de alguien propenso a disparar con las armas de su amargura interior. 

¡Qué pereza salir a gatas para evitar colisionar con duros de corazón! Estar en desacuerdo no puede costar la vida ni negar la capacidad de superar los eventuales conflictos. Tampoco dejarse llevar por la corriente del uso de la fuerza física ni renunciar a disfrutar la sorpresa que trae cada día. Es posible reducir el riesgo bajando la guardia y respondiendo con una risa, puesto que allá arriba habitan sinnúmero almas y acá quedan pocos instantes de felicidad.