14 febrero, 2026

Primicias de la política, empresariales y de la farandula

Días de radio

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Por Oscar Domínguez G. 

Como en la aldea global siempre estamos festejando algo, hablemos de la radio que este 13 de febrero celebra su Día Mundial por decisión de la Unesco.

Ernesto Sábato lamentaba la muerte de una vecina suya en febrero cuando no hay nadie en Buenos Aires. No es el caso de la radio que nos acompaña día y nochemente.

Escucho radio desde la época en que todos somos inmortales: la niñez. La radio hacía las veces de televisión, periódico, internet, wasap. Si Dios estaba en todas partes, según el catecismo de Astete, la radio también tenía- tiene- ínfulas de omnipresencia.

El aparato era un miembro más de la familia. La mascota. Tan importante como el agua y la luz. Una prótesis. Ganas daban de invitarlo a enamorarse de alguna vecina o a jugar fútbol con los demás “anticristos” (niños) de la cuadra.

Nunca le permitiré al señor Alzheimer que borre de mi disco duro un radio Zenith transoceánico que mi padre encontró en algún mercado de las pulgas. Cuando todo el mundo estaba recogido debajo de las cobijas me las apañaba para prender ese radio que sintonizaba emisoras remotas.

Por el cachivache supe que no estábamos solos en el universo. No entendía lo que oía pero eso nunca me preocupó.

Y como madrugué a ser niño “genio” me preguntaba por dónde se metía la gente que hablaba dentro del aparato. Nunca resolví el enigma que le planteé a mi madre quien me miró con ojos de: “Vea, pues, cómo se me embobó el muchacho”.

Con el sol a la espalda, frente al pelotón de fusilamiento de la vejez, cuando “siento que estoy empezando a desaparecer”, tengo tantos radiorreceptores como biblias (6). También tengo a la mano el número de la policía, por si alguien se atreve a robarme alguno de mis aparatos.

El primer libro que “leí” me entró por el oído. Lo he contado, pero no con Trump repitiendo presidencia. Me refiero a “Lejos del nido”, radionovela. Al libro físico de don Juan José Botero, rionegrero, llegaría después. La historia del médico cubano Alberto Limonta, en “El derecho de nacer”, también la conocí por la radio.

Que el mundo se daba contra las paredes con prosaicas guerritas lo sabíamos por la cajita mágica. Por ese cachivache supimos del asesinato del líder Jorge Eliécer Gaitán. Nunca se me olvida que perdí el sueño y el insomnio cuando escuché por radio que el mundo se iba a acabar. Como la infalibilidad está reservada a los papas, parece que el mundo no se acabó. “La radio informa que Echandía va para Palacio”, le oigo decir a mi tía Débora.   La foto de Echandía y de Lleras Restrepo yendo a Palacio la tomó el gran Sady González. Ese y otros testimonios de lo ocurrido el 9 de abril están publicados en el libro “El saqueo de una ilusión” que editó su hijo Guillermo González Uribe.

Siempre lamenté no haber escuchado por radio la noticia sobre la invasión de platillos voladores en Nueva York dada por Orson Welles.

La banda musical de los primeros años corría por cuenta de boleros, tangos, guarachas, rancheras, pasodobles. La radio ofrecía ese menú.

Mi primer empleo fue en radio como mensajero en el noticiero de Todelar de los Tobón. Como patinador me tocaba llevarles a los locutores las cuartillas escritas en máquinas de escribir que hoy son bellas piezas de museo.

Y como el destino ha sido amable a morir conmigo, también fui corresponsal de La Voz de Alemania y de Radio Francia Internacional. En la madrugada me despertaban desde Colonia, Alemania, el gran Ricardo Bada, ya fallecido, y Ramón Chao, desde los parises de la Francia.

En fin, que en el Día de la Radio sea un pretexto para decir que estoy muy agradecido con la radio por los favores recibidos. (Líneas pasadas por el quirófano).