Desde Cartagena para Colombia: las incoherencias del presidente

Por Claudia Posada

“Yo me pregunto ¿por qué hay algunos que quieren hacer llamados a la agresividad, cuando como sociedad somos mucho más fuertes cuando tenemos un propósito?” Ante este interrogante del presidente de los colombianos, Iván Duque, expresado en Cartagena esta semana, los ciudadanos seguimos desconcertados; la desesperanza aumenta alimentada por el radicalismo de  los que creen ser “dueños” del gobierno ignorando que Duque dejó de ser candidato para convertirse en presidente electo, por cuenta de una importante votación depositada a su favor en buena parte porque era el “ungido”; aunque por igual,  gracias a electores esperanzados y  convencidos de su buena fe, honestidad e independencia. Aclarando que “Honestidad” no es solamente honradez, la que él ha demostrado hasta el momento, en especial atacando la corrupción; pero también es actuar conforme a lo que se piensa, es decir “palabras, hechos y conciencia”, en perfecta concomitancia. Mejor dicho, está muy envolatada la coherencia en Iván Duque.

Si acaso el mandatario se refiere, al igual que nosotros, a la fortaleza que ha unido a miles de manifestantes para encontrarse en las calles con quienes, inspirados en el mismo propósito, cual es el de expresar la inconformidad con el gobierno que él preside, en movilizaciones pacíficas, alteradas claramente por unos cuantos antisociales, parece que nos hemos equivocado. Ingenuamente lo creíamos así, hasta entender, o mejor, presumir, a pocas horas de lo señalado por Duque, que las suyas son palabras alentadas por quienes, desde su misma orilla, se cerraron a la concertación para salvar el país. Precisamente los que llaman a la agresividad, con su tono, su lenguaje y sus posiciones, están demostrando una y mil veces que su propósito es el de atajar cualquier avance en materia de soluciones concertadas. En ese sector de la sociedad colombiana se alinean funcionarios de todos los rangos, “caciques” regionales y por supuesto veneradores de tales dirigentes; como también centenares de incondicionales sin criterio propio, a quienes hemos llamado de años atrás “loras insoportables”.

Al referirse Duque, en el mismo escenario, a los denunciados excesos del ESMAD, entre otras, dijo: “…lo cierto es que se ha tenido el rigor para buscar que las investigaciones se adelanten con una revisión exhaustiva de todos los protocolos, pero de ahí, a llamar a la fuerza pública, asesina, creo que a todos nos conviene hacer la reflexión porque no solo no es justo, sino, no es apegado a la realidad. También hay más de 300 miembros que fueron vilmente agredidos por vándalos, no por salir a reprimir sino para defender los locales comerciales; y entendamos que la fuerza pública de Colombia es la que ha contenido al terrorismo, al narcotráfico, y a muchas expresiones de violencia en nuestro país”; en este punto es en el que somos nosotros, ciudadanos que participamos o no en las movilizaciones, los que nos preguntamos ¿por qué en los discursos del gobierno, de ministros y de corporados, quienes desde sus curules desconocen pandos y orondos que, como colombianos y como electores hemos sido ingenuos creyéndoles, ya nos estamos sacudiendo, movilizando y expresando de diversas maneras, para decirles que hay engaños en las reformas pretendidas, en las ya llevadas a efecto, y en esos discursos que nos tienen recontra “mamados” porque exclusivamente obedecen, los de muchos, a libretos

Tenemos clarísimo cuál es el deber de las fuerzas a las que se les encomendó defender a los ciudadanos,  no es prioritario que nos recuerden lo que sabemos y no intentamos cambiar: “Colombia ha demostrado ante el mundo, primero, que se pueden hacer expresiones pacíficas, pero también que hay una institucionalidad vigorosa y también que todos somos capaces de rechazar el vandalismo y el pillaje”; lo que queremos es que sea cierto, a la hora de la verdad, la aplicación de esta obligación: Los escuadrones antidisturbios se crearon en 125 países para proteger la vida, honra y bienes de todos los ciudadanos, y reprimir con las armas permitidas, en el momento oportuno y según las presiones de las circunstancias, a todo aquel que pretenda dañar e incitar al daño (de manera evidente, para seguir las guías y protocolos) o esté llevando a cabo actos vandálicos en cualquier sitio, perturbando, como se vio en Colombia por todos estos días, la intención de reclamar pacíficamente en el marco de los derechos constitucionales.

En conclusión, como ciudadanos sabedores de nuestros derechos y deberes, seamos gobernantes o gobernados, de derecha, centro o izquierda, asustados o valientes manifestantes, más no vándalos, nos preguntamos ¿por qué la fuerza pública no nos protege por igual a estudiantes, profesores, jubilados, obreros, emprendedores, amas de casa, profesionales, desempleados…salgamos a protestar o no, de los vándalos oportunistas? ¿Por qué no actúan contra ellos en particular? Además de darnos la cifra los policías y civiles heridos o muertos en disturbios, lo que nos duele profundamente como ciudadanos de bien y sin discriminaciones odiosas, ¿por qué no nos tranquilizan contándonos a cuántos vándalos detuvieron por los delitos ciertos cometidos? ¿Quiénes son, y si actúan por iniciativa propia, o acaso tienen a terceros detrás, influenciándolos? ¿Se han descubierto financiadores internacionales patrocinado los actos que sin duda rechazamos?

“Creo que la juventud que está en las calles de Colombia, y la que no, todos tienen la expectativa de que la clase dirigente supere las diferencias y las ponga al servicio colectivo. Que no estemos cobrando victorias individuales y seamos capaces, de una vez por todas en nuestra historia, de hablar de nosotros, y no de quien fue el artífice. Si desprendemos el país de las vanidades seremos mucho mejores”. Esto tan bonito en boca del mandatario Iván Duque, además de sonar en sintonía con la realidad que expresa el común de los colombianos, en principio nos hace pensar que “recuperamos” el presidente por el que votó un poco más de la mitad de los electores, pero a renglón seguido vuelve la incertidumbre por esta última frase: “Si desprendemos el país de las vanidades seremos mucho mejores”. ¿Será una bien intencionada invitación que cubre a todo tipo de destinatarios, sea de la ideología que sea? ¿O será una irónica sentencia, tal vez parecida a las frases tipo “loras insoportables” que se despachan con arrogancia desde las curules del Congreso? ¿O acaso un buen hombre (así como suena y sin comillas) se nos contagió del cinismo y desfachatez de aquel y aquellos que lanzan dardos envenenados “envueltos en huevo”?