26 octubre, 2021

Primicias de la política, empresariales y de la farandula

Démosles gusto a nuestros cavilosos deseos

Claudia Posada

Por Claudia Posada 

En Colombia resultaron con vocación de poder un número elevadísimo de políticos e “independientes de estos”, o mejor, independientes de los partidos, lo mismo que con rótulo, ofreciendo su nombre para rescatar al país de las garras humillantes de la discriminación, el desempleo y la pobreza. Si bien es cierto que con ello se está demostrando que no estamos en vísperas de alejarnos del Estado democrático que nos enorgullece, si nos hace pensar que estamos siendo muy generosos con quienes alegremente creen que ya están listos para gobernar. No sabríamos descifrar si se trata de ilusos con una muy alta autoestima, a los que de pronto y por lo mismo, les suene la flauta del neopopulismo, y se nos vuelvan a meter a la Casa de Nariño. 

El abanico de candidatos y precandidatos es tan amplio que apenas es comparable con la variedad de pisos térmicos con los que cuenta Colombia; desde casi todas las divisiones territoriales saltan aspirantes. Muy interesante tener de dónde elegir, siempre y cuando se pudiera asegurar con beneplácito que la dificultad está en decidirse entre la pluralidad de opciones que representan con lujo de competencia, tendencias ideológicas sustentadas con las más esclarecidas posiciones, al interpretar con nitidez por qué nuestro país perdió su rumbo, y en dónde está la clave para asegurarnos la nueva trayectoria bajo su mando.   

¿Acaso ya pasaron al olvido los paros, protestas limpias y sucias, y muertes de lado y lado en un estallido social indicativo de un país que ha soportado todo tipo de carencias, por lo demás azotado por violencias de toda naturaleza? ¿Acaso los colombianos estaremos eternamente de espaldas a la realidad despiadada de un pueblo que ostenta ante el mundo cifras altísimas de desplazamiento forzado? Es por esto y más, por lo que suena tan insensato que sigan saltando a la arena personajes de la vida pública con escasa talla presidencial, simpáticos y “carretudos” como preparados apenas sí, para las fiestas folclóricas en todos los departamentos del país, que son buenísimas y muy alegres. 

En Colombia le hacemos homenajes inmerecidos -gracias a la sociedad de los mutuos elogios- a cuanto politiquero asciende un escalón, o se brinca diez de una vez,  en la escalera ascendente de las burlas al pueblo que vota y lo elige dizque para que lo represente. Es tal la pobreza de los idearios que dicen defender los que gozan por repetidos periodos las mieles del poder, que lo más preocupante en una campaña local, regional, al Congreso o la Presidencia, es la foto: ¿Debo aparecer con las mangas remangadas o mejor con chaqueta? ¿No sería bueno usar siempre camisa blanca para dar la impresión de transparencia? ¿Qué tal si uso corbata? Pues claro que eso cuenta, pero no es lo fundamental como para hacer del equipo de imagen la principal fuente de asesoría y dejar de lado el análisis concienzudo de un ideario que sea el punto de partida, soporte y a la vez faro de un programa inspirador.  

Lanzarse para hacerse ver, hacerse contar tal vez, y más adelante pedir pista para aterrizar en un ministerio por el que riñen militantes, aportantes y parentela, es una completa socarronería. En el mundo de la política, a la candidez de uno que otro aspirante bien intencionado, le pagan con cinismo cruel; lo mismo que así funciona para los electores persuadidos en cada jornada de elecciones, con el cuento que “nosotros somos pulcrísimos en la forma de gobernar” para después salir con que fueron “engañados” y son inocentes de cuanto despilfarro y adjudicación de contratos chuecos se destapa.  La repartición de mermelada es, ha sido y será, vena abierta de desangre y formula eficaz para comprar conciencias. Sometidos a ese que es un somero panorama de la realidad colombiana, votamos con la convicción de un ejercicio ciudadano a favor de la democracia;  a sabiendas de que a los cuerpos colegiados o corporaciones públicas, lo mismo que a la Presidencia,  no siempre llegan los que preferimos, o el más conveniente para el país, un voto reflexivo y leal a nuestros cavilosos deseos, será inmensamente gratificante.