Decadencia del aplauso

 

Por Oscar Domínguez G. (foto)

El arte de aplaudir que nos diferencia de los canguros está en decadencia. Los aplaudidores profesionales han convertido el bello ritual del aplauso en un desgastado recurso para trepar egos.

Lo vimos anoche con el discurso del presidente Trump sobre el estado de la (des) Unión. “Pronunciaba” una coma, hacía una pausa, sonreía, y la galería aplaudía frenética.  Y de pie pa más piedra.

Y “como sorpresas te da la vida”, la presidenta de la Cámara, doña Nancy, se sumaba el coro genuflexo. En la noche del Óscar que se ve venir, siempre hay orgía de aplausos y de lágrimas.

Como los extremos se juntan, lo mismo ocurre cuando el presidente Maduro se deja venir con sus estrepitosas peroratas. ¡Ay del general que no aplauda! Adiós charreteras y privilegios.

Los hay que aplauden por todo. Pasa una nube, un taxi vacío, un bus o un ascensor repletos, y arrancan. Si el político en campaña ofrece el oro y el moro, la tribuna estalla frenética.

La bella que pasa a nuestro lado, desafiante, desplegando ante nuestros ojos  de voyeristas un tsunami de caderas,  exige aplausos para su erotismo. (Lea la columna).