27 noviembre, 2021

Primicias de la política, empresariales y de la farandula

De caudillos y pájaros: Son 50 años de Cóndores no entierran todos los días

De Infobae 

Tal día como hoy vio la luz la novela que dio carpetazo al costumbrismo y definió por sí sola la temática de La Violencia en la literatura colombiana 

Concluida en Torobajo, Pasto, en el año 1971, por un recién egresado profesor de literatura cuya monografía “La novela de la violencia en Colombia” era objeto de culto entre sus compañeros de la Universidad del Valle, Gustavo Álvarez Gardeazábal (Tuluá, Valle del Cauca, 1945) narró la vida agreste de León María Lozano en clave de tragedia griega en su novela Cóndores no entierran todos los días. 

El Cóndor, como llamaban a Lozano, vendedor de quesos en Tuluá, era el jefe de los “Godos” en Tuluá, conservadores que combatían con fusil y machete a los “Cachiporros”, liberales insurrectos luego de la muerte del caudillo Jorge Eliécer Gaitán en la tarde del nueve de abril de 1948.  

El asesinato, aún sin esclarecer, constituyó el inicio de La Violencia, un periodo histórico caracterizado por las acciones paramilitares en municipios del país y que, de manera directa, consolidó fenómenos como las guerrillas liberales, germen de lo que posteriormente serían las Farc. 

La novela tuvo un impacto superior a cualquier ejercicio académico, de los cientos que reciben polvo en las bibliotecas de Colombia, por razones que trascienden el fenómeno literario, pero que están definitivamente conectados con él: Gardeazábal, un ávido lector, puso en la boca de dos personajes, Gertrudis y el tonto del pueblo, el relato del despiadado Cóndor en un lenguaje coloquial, a la manera del chisme, lo que no solo dio peso de verdad a las tenebrosas anécdotas de León María y los Pájaros, sino que fijó en la memoria de los colombianos el horror vivido durante La Violencia. 

Este régimen de terror no solo floreció en el corazón del Valle, sino que, de una manera u otra, fue aupado por el establecimiento político colombiano durante una década, los años que van de la muerte de Gaitán hasta la institucionalización de una alternancia entre los “Godos” y los “Cachiporros” que ha sido denominada como el Frente Nacional. 

Esta alternancia, que concluiría avanzada la década del setenta, estancaría cualquier iniciativa de cambio en el país, permitiría el desangre en los municipios y forjaría el conflicto colombiano, aún vigente bajo las figuras del narcotráfico y las organizaciones residuales de las antiguas guerrillas liberales. 

Sin acudir al realismo mágico, el escritor superó el costumbrismo de sus predecesores, al poner a Tuluá, municipio ubicado en el corazón del Valle del Cauca, como el protagonista de los hechos violentos que ocurrieron con posterioridad a la muerte de Gaitán. 

El Cóndor, con mano firme, rigió los destinos del municipio e impidió que cualquier mención al inmolado Gaitán sembrara la semilla del inconformismo en sus vecinos. En un alarde de osadía, Gardeazábal narró la vida de personajes que, para ese año de gracia de 1971, aún caminaban las calles del pueblo, tomando tinto y mirando de reojo a sus opositores políticos. 

León María, un militante cerrero del Partido Conservador, no vio llegar los cambios, pero bastó su imponencia para contenerlos. Al detener a la turba que buscaba destruir el colegio municipal, fue ungido por los mismos que, posteriormente, harían la vista gorda ante el derrame de sangre que se vivió en los campos de Colombia. 

Con miedo a la muerte por asma, el protagonista va de calle en calle, y de puerta en puerta, tramando, señalando y ejecutando. Gertrudis, la voz de las “gentes de Tuluá” y quien se opuso al déspota, nunca dudó en reconocer el tamaño de León María: “Pues si la amenaza son los pájaros, a lo que nos enfrentamos es a un cóndor”. 

Gustavo Álvarez Gardeazábal ha publicado treinta libros, ‘Cóndores’ fue su primer éxito de crítica y comercial en su dilatada carrera, en la que ha combinado la literatura con la política (fue Gobernador del Valle del Cauca y pagó carcelazo por algunas actuaciones durante su mandato) así como el ejercicio de comentarista (estuvo nueve años en el programa radial La Luciérnaga, de Caracol Radio). 

La novela contó con una adaptación cinematográfica por parte del director Francisco Norden en el año de 1984. La película, estelarizada por Frank Ramírez y Vicky Hernández, es considerada un clásico del cine colombiano.