5 Junio, 2020

Primicias de la política, empresariales y de la farándula

Cuando un niño pierde un año escolar, pierde usted, pierdo yo y perdemos todos

Por Enrique E. Batista J., Ph. D.

https://paideianueva.blogspot.com/

Tanto la repetición como la deserción escolar significan un alto costo económico y social para el país, la sociedad, los padres de familia y los mismos alumnos. Es decir, nadie gana, todos perdemos.

Los alumnos no asisten a la escuela para ver si ganan o pierden el año. No, es para darles oportunidad a todos para que se formen adecuadamente para una vida personal y socialmente útil. Esto significa que hay que cambiar nuestros modos de concebir la escuela, así como las estrategias de aprendizaje activos esenciales para alcanzar logros escolares apropiados para todos. De lo contrario, cada vez que un estudiante pierde un año estamos todos perdiendo mucho.

En el “Informe Nacional de Competitividad 2019 – 2020” se destaca que sólo el 44% de los niños que entran a primer grado alcanza el título de bachiller. También, el 44% la población económicamente activa tiene nueve o menos grados de formación escolar. La mitad de los ingresan a la educación superior desertan. (https://bit.ly/2FtuF43).

Colombia invierte cerca de $40 billones anuales en educación. Por alumno la cifra se aproxima a $4 millones. A estas cifras hay que agregar la cuantía que invierten los padres en educación de sus hijos. Entre los factores que más incidencia tienen en la pobreza multidimensional está la educación con una presencia del 35%. ( https://bit.ly/2sZ3VWq). Con la pérdida de años todos nos empobrecemos más. Las personas con inadecuado nivel educativo llegan a empleos nada dignos, nada estables, abundarán en el desempleo o en la informalidad laboral con ingresos económicos casuales y lejos de la muy necesaria seguridad social. A la vez tendrán poco oportunidad de educar a sus hijos.

Con el inicio del año escolar son muy importantes algunas consideraciones sobre la evaluación, las calificaciones y la promoción escolar constante para asegurar sólida formación de todos y cada uno de los alumnos. Muchos de ellos y sus padres encaran el proceso escolar como si existiera la amenaza de un verdugo dispuesto a descabezar a muchos con el castigo de las bajas calificaciones, pérdida de asignaturas, áreas curriculares o pérdida del año.

Las calificaciones no son un método de enseñanza, menos una estrategia formativa sólida. No hay evidencia que indique que la “pérdida del año” tenga un efecto en el mejoramiento de la calidad de la educación.  Por el contrario, pervierte las más altas metas formativas de la educación.

Cerca de un tercio de los alumnos en Colombia les toca repetir al menos un grado escolar. Evitar la deserción escolar y la repitencia o pérdida de años tiene que ser un propósito permanente. La deserción escolar, la inasistencia a la escuela y la pérdida de años son hechos aún más grave en las zonas rurales.

La tasa nacional de deserción escolar es de 3.08%, la que se espera bajar en 2022 al 2.07%; cifra global que esconde las altas tasas de deserción que se da en las zonas rurales y en los Departamentos en la periferia del país. Ha propuesto recientemente el Ministerio de educación Nacional estrategias contra la repitencia y la deserción con proyectos y programas en arte, deportes, patrimonio cultural, ciencia y tecnología, emprendimiento naranja, jornada única y énfasis en las zona rurales. (https://bit.ly/2T568dC).

Sabemos que por sí mismos exámenes y calificaciones no son elementos motivadores para el aprendizaje. La alegría de aprender se bloquea con la estrategia de calificaciones punitivas. Si se sigue pensando a la escuela como era antes y no como debe ser hoy no habrá posibilidad de tener una educación para un aprendizaje y formación constante de todos los alumnos .

Para muchos, por el peso de la tradición, les es difícil entender el asunto de la promoción formativa constante y la eliminación de calificaciones en los primeros grados. Ha sido difícil que se entienda y aplique la denominada “promoción social escolar” de la que hay sólida evidencia en el mundo sobre cómo funciona y de sus ventajas educativas, sociales y psicológicas. Hay un mejor camino para cambiar nuestro modo de pensar la escuela, una escuela sin calificaciones, sin la desmotivación que ellas crean, sin repetición de años, sin la pérdida de valía y autoestima del alumno, sin la promoción de la deserción forzada y de la exclusión programada.

En 1987 se expidió una norma (decreto 1469) que estableció lo que se denominó “promoción automática” para la escuela primaria (se reglamentó el decreto 088 de 1976 donde por primera vez se incluyó el concepto de “promoción automática”). Tal estrategia fue concebida como un mecanismo para disminuir los índices de repetición de años y de deserción escolar. Esta norma fue en la práctica sustituida por otras. La misma idea de “automática” llevó a la creencia de que no era necesario estudiar, que se “ganarían” los años sin ningún esfuerzo. Los maestros sintieron que no podían promover un trabajo escolar de dedicación constante al aprendizaje, tampoco se aplicaron de modo generalizado las acciones pedagógicas mal llamadas de “recuperación” para permitir que todos alcanzaran los logros deseados. El propósito loable fue ampliar la cobertura escolar, mejorar la calidad de la educación y favorecer prácticas innovadoras de promoción social.

A lo que se agregó la falta de motivación de los alumnos frente a procesos escolares ajenos a sus expectativas y  a sus  necesidades, con metas, contenidos y propuestas formativas lejanas de la realidad de cada grupo de estudiantes en sus regiones, con reconocida carencia de estrategias para conocer y desarrollar procesos formativos individualizados. A esta situación se adiciona la ausencia de medios y recursos didácticos apropiados, presencia imperecedera y recurrente de acciones pedagógicas pasivas, recorridas por la inducción al temor hacia las calificaciones, con frecuencia esbozadas como armas y medios impropios para asegurar motivación y lograr dedicación y amor al estudios.

Se ha reconocido que el poder de cambio está en las escuelas y en el trabajo en ambientes activos, innovadores y motivadores del aprendizaje más que en disposiciones legales o directrices oficiales. Los gobiernos han seguido insistiendo en calidad de la educación concebida desde el desempeño en prueba académicas, a pesar de que desde 2009 (decreto 1290) cada institución escolar quedó con la autonomía para definir y estructurar su propio sistema de evaluación, así como el correspondiente plan de estudios.

Todavía estamos recorridos por un servicio educativo basado en la selección y exclusión en lugar del progreso constante y la inclusión social, cultural, laboral y económica, lejos de la alegría de aprender y de progresar a diario y por siempre. Es como si la escuela enseñara a fracasar y a temer al esfuerzo arduo y gratificante que significa aprender para comprender y transformar el mundo natural, social y psicológico.

Si la práctica de la “pérdida de año” escolar no ha ayudado a mejorar la calidad de la educación y tampoco facilitar y promover el progreso social colectivo, ¿para qué insistir en lo inoficioso e ineficaz, en una práctica que contradice el deseo y la meta de una sólida formación y aprendizaje continuo de nuestros niños y jóvenes? Hay, como se indicó, ejemplos de prácticas y procedimientos pedagógicos alternativos de vieja data que han funcionado y funcionan en buena parte del mundo.

Nos queda a todos una tarea importante: Educar, aprender, formar y progresar. En lugar de perder el año, no perdamos el tiempo y cambiemos, para el bien de niños y jóvenes, los muy desuetos y alienantes procesos educativos que obnubilan el progreso colectivo.

Todos, todos: ¡A ganar el año!