2 marzo, 2021

Primicias de la política, empresariales y de la farandula

Cuando los venezolanos no nos querían; cuando los venezolanos nos quisieron

Por Jorge Alberto Velásquez Peláez 

No creo que el presidente Duque haya hecho otra cosa buena durante su gobierno, pero sin duda acertó con el Estatuto de Protección Temporal para Migrantes Venezolanos, con el cual se pretende normalizar la situación actual y futura de miles de hermanos “chamos” en nuestro país. 

Y así, con la acogida que ya le hemos brindado a quienes huyendo del gobierno opresor y bandido de Nicolas Maduro y de su traqueto compañero Diosdado Cabello, llegaron a nuestras ciudades, retribuimos a Venezuela el favor que nos hizo durante muchas décadas recibiendo colombianos.  

La hermana nación fue siempre rica, fue el país saudita que nacionalizó el petróleo generando enormes ingresos para sus ciudadanos, con una tasa de cambio que permaneció casi en paridad con el dólar durante mucho tiempo, y que después adoptó mecanismos especiales de control de cambios que enriquecieron a todos.  

Los venezolanos eran los clientes principales de los casinos y hoteles de Aruba y Curazao, y eran los turistas que más gastaban en las playas de Santa Marta, pero también asiduos visitantes de supermercados, almacenes y la “Casa de las Muñecas” de Cúcuta, ésta con muñecas de verdad. 

Fueron ellos bautizados como la “tribu tabarato” en Miami, pues “ta’barato, dame dos”, decían al oír los precios de cualquier producto en esa ciudad, la cual recibía un desfile diario de aviones de Avensa, Servivensa y Viasa, y de las aerolíneas estadounidenses, repletos de venezolanos forrados de dinero para gastar, el que quizás sobraba después de comprar un yate, una casa en la playa, comer muy bien en La Castellana, y comprar, —también lo hacían en Caracas—, zapatos y muebles italianos, solo de marca. Y obviamente, con tanto dinero, la empleada del servicio doméstico y los albañiles tenían que ser colombianos, y los jardineros no podían ser venezolanos pues eran de ellos los jardines, tenían que ser colombianos.  

Y esa gran inmigración colombiana en Venezuela, después de un tiempo, fue manipulada allá por los medios de comunicación y por los políticos, según sus intereses del momento, a veces para cuestionarla por supuestamente quitarle oportunidades de empleo a los venezolanos; a veces para culpar a nuestros connacionales por la inseguridad; a veces para utilizar al hombre colombiano, común y corriente, trabajador y honrado, como un estorbo en una nación que pelea con su vecina por límites fronterizos. Y se fue creando así una horrible xenofobia en contra nuestra, liderada por muchos, entre ellos despreciables líderes y manejadores de opinión, como José Vicente Rangel, Marcel Granier, la familia Capriles desde el periódico El Mundo, Radio Caracas Televisión, y muchos otros, todavía algunos sobrevivientes, que ahora dicen querer mucho a Colombia. Pero nos odiaron, como muchos colombianos, ignorando la historia, odian en este momento a los venezolanos que se encuentran en el país. 

Pero llegó la diplomacia y con ella llegaron los negocios, y con estos una real integración binacional que después la dupla Uribe-Chávez se encargó de desintegrar, casi hasta desaparecer en la actualidad. 

Llegaron a Venezuela embajadores de verdad como Noemi Sanín, Rodrigo Pardo y Guillermo Alberto González (hubo otros muy malos, como Mario Suárez Melo), y a todos ellos tuve el privilegio de acompañar. 

Venezuela se llenó de empresas colombianas que generaban empleo, de excelentes productos nuestros, que afectada la capacidad adquisitiva de los venezolanos desde los primeros años de los 90, se convirtieron en la mejor opción de compra; de inversiones nuevas y frescas en ese país; y de publicidad que había que contratar con los medios que antes nos odiaban, y que obviamente, ante esa realidad, “sin querer queriendo”, se volvieron nuestros mejores amigos.  

Y los colombianos dejamos de ser malos, y si a los bolsillos de Radio Caracas Televisión entraba dinero colombiano por “cuñas comerciales” contratadas por compañías nuestras, pues los colombianos eran buenísimos, decentes y honradísimos.  

Y nos quisieron los venezolanos. Y los hombres comunes y corrientes de los dos lados de la frontera, que en realidad nunca nos odiamos, pero hemos permitido que nuestras mentes y corazones sean manipulados por los poderosos a su conveniencia, (como el absurdo cuento del castrochavismo), entendimos que somos hermanos; y hoy, que los venezolanos necesitan de nuestra ayuda y decidida solidaridad, tenemos que extenderles las manos, como lo acaba de hacer el presidente Duque.  

Muy bien por el gobierno nacional, aunque borraré lo escrito, si no me vacuna.