15 julio, 2024

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Crónica # 915 del maestro Gardeazábal: Un obispo venido del pasado

Gardeazabal

@eljodario

Desde mi ya muy lejana niñez no había oído hablar a un obispo en el tono y maneras en que lo ha hecho por estos días monseñor Francisco Javier Múnera, arzobispo de Cartagena, y quien acaba de ser elegido como presidente de la Conferencia Episcopal Colombiana.

Usando la primera persona del plural, como lo hacían los monseñores de antaño, el obispo Múnera contesta sin contestar, afirma sin afirmar y declara su intransigencia ocultándola con maquiavelismo vaticano en ropajes de bondad y generosidad. No estoy exagerando.

Cuando el periodista de El Espectador le pregunta al arzobispo de Cartagena y mandamás desde antier de todos los obispos de Colombia, si ya no es el momento de que la iglesia católica se abra, el misionero de la Consolata responde que es importante el diálogo y con él la apertura es posible, pero… entre comillas “Nosotros tenemos como iglesia valores que son irrenunciables. Nosotros respetamos opciones distintas, pero proponemos las nuestras con profundo respeto. No podemos renunciar a lo que son nuestros valores…”. Por supuesto para poderlo entender hay que hurgar en sus orígenes.

Antioqueño ungido como sacerdote de la orden misionera de los Consolata. Educado en la Javeriana de Bogotá y en la Gregoriana de Roma, se desempeñó como obispo de San Vicente del Caguán desde 1999 hasta el 2021, cuando fue elevado al cargo de arzobispo de Cartagena. Como tal entonces puede ser considerado como el obispo que más tiempo ha regido una diócesis en tiempo de guerra y en territorios inexpugnables de las FARC, donde los guerrilleros se movían como dueños de vida, honra y bienes de los ciudadanos.

Escuche al maestro Gustavo Alvarez Gardeazábal.

Nunca fue acusado de colaboracionista de las guerrillas de izquierda, pero tampoco se enfrentó públicamente a ellos. Por supuesto él si debe entender que los llamados disidentes no son tales y que la guerra de estos días la hacen los traquetos que heredaron el negocio y no la convicción.